^^a^0>^s0^^-

w

% \A

HISTORIA

DE LA

POESÍA CASTELLANA

EN LA EDAD MEDIA

POR EL DOCTOK

DON MARCELINO MENÉNDEZ Y PELAYO

EDICIÓN ORDENADA Y ANOTADA

DON ADOLFO BONILLA Y SAN MARTIN

TOMO 111

MA ÜRID

LIBRERÍA GENERAL DE VICTORIANO SUÁREZ Calle de Preciados, 4S

1 g 1 6

Digitized by the Internet Archive

in 2009 with funding from

University of Toronto

http://www.archive.org/details/obrascompletas06men

OBRAS COMPLETAS

DON MARCELINO MENENDEZ Y PELAYO

HISTORIA

DE LA

POESÍA CASTELLANA

EN LA EDAD MEDIA

n5^Z7 \ OW*S> Covr^l«Ta$, <¿\

HISTORIA

DE LA

POESÍA CASTELLANA

EN LA EDAD MEDIA

POR EL DOCTOR

DON MARCELINO MENÉNDEZ Y PELAYO

EDICIÓN ORDENADA Y ANOTADA

DON ADOLFO BONILLA Y SAN MARTIN

TOMO III

MADRID

LIBRERÍA GENERAL DE VICTORIANO SUÁREZ Calle de Preciados, 48

1916

..cO^

ES PROPIEDAD

Madrid.— Establecimiento tipográfico de Fortanet, Libertad, 29. Teléfono 991.

CAPITULO XXI

[ españa en tiempo de los reyes católicos. reformas políticas y

sociales. la expansión española. desarrollo de la cultura; la

arquitectura; la escultura; la pintura; la música. influencia triunfante de los humanistas; los geraldinos; pedro mártir; lu- cio marineo; alonso de palencia; neerija; la universidad de alcalá

y cisneros . introducción y desarrollo de la imprenta . la

historia. la elocuencia política. la novela.]

Hoy, con la misma verdad que en tiempo del buen Cura de los Palacios, repite la voz unánime de la historia, y afirma el sentir común de nuestro pueblo, que en tiempo de los Reyes Católicos «fué en España la mayor empinación, triunfo é honra é prosperidad »que nunca España tuvo». Porque si es cierto que los términos de nuestra dominación fueron inmensamente mayores en tiempo del Emperador y de su hijo, y mayor también el peso de nuestra espada y de nuestra política en la balanza de los destinos del mundo, toda aquella grandeza, que por su misma desproporción con nuestros recursos materiales tenía que ser efímera, venía preparada, en lo que tuvo de sólida y positiva, por la obra más modesta y más pecu- liarmente española de aquellos gloriosos monarcas, á quienes nues- tra nacionalidad debe su constitución definitiva, y el molde y forma en que se desarrolló su actividad en todos los órdenes de la vida durante el siglo más memorable de su historia. Lo que de la Edad Media destruyeron ellos, destruido quedó para siempre: las institu- ciones que ellos plantearon ó reformaron, han permanecido en pie hasta los albores de nuestro siglo; muchas de ellas no han sucum- bido por consunción, sino de muerte violenta; y aun nos acontece

5 HISTORIA DE LA POESÍA CASTELLANA

volver los ojos á algunas de ellas cuando queremos buscar en lo pasado algún género de consuelo para lo presente.

Aquella manera de tutela más bien que de dictadura, que el genio político providencialmente suele ejercer en las sociedades anárquicas y desorganizadas, pocas veces se ha presentado en la his- toria con tanta majestad y tan fiero aparato de justicia.

«Recebistes de mano del muy alto Dios» (decía á los Reyes el Dr. Francisco Ortiz, en 1492, en el más elocuente de sus Cinco Tra-r tados) «el ceptro real en tiempos tan turbados, cuando con peligro- »sas tempestades toda España se subvertía, cuando más el ardor de »las guerras civiles era encendido, cuando ya los derechos de la »república acostados iban en total perdición. No había ya lugar su »reparo. No había quien sin peligro de su vida sus propios bienes é »sin miedo poseyese: todos estaban los estados en aflicción, é con »justo temor en las cibdades recogidos; los escondrijos de los cam- »pos con ladronicios manaban sangre. No se acecalaban las armas »de los nuestros para la defensa de los límites cristianos, mas para »que las entrañas de nuestra patria nuestro cruel fierro penetrase. »E1 enemigo doméstico sediento bebía la sangre de sus cibdada- »nos: el mayor en fuerza é más ingenioso para engañar, era ya más »temido é alabado entre los nuestros; y asi estaban todas las cosas » fuera del traste de la justicia, confusas é sin alguna tranquilidad »turbadas. E allende daquesto, la lei é medida de las contratacio- nes de los reinos, que es la pecunia... con infinitos engaños cada »día recebía nuevas formas é valor diverso en su materia segund la »cobdicia del más cobdicioso, habiendo todos igual facultad para la » cuñar é desfacer en total perdición de la república. Pues ¿á quién »eran seguros los caminos públicos? A pocos por cierto: de los ara- »dos se llevaban sin defensa las yuntas de los bueyes: las cibdades é » villas por los mayores ocupadas, ¿quién las podrá contar? Ya la » majestad venerable de las leyes había cubierto su faz: ya la fe del » reino era caída...»

Ni se tengan éstos por encarecimientos retóricos, de que poco necesitaba el orador que tan dignamente supo ensalzar la conquista de Granada. Los documentos públicos y privados, que dan fe del miserable estado del reino en tiempo de Enrique IV, abundan de

CAPITULO XXI 9

tal suerte, que casi parece un lugar común insistir en esto. Hasta los embajadores extranjeros, por ejemplo, los del duque de Borgo- ña, en 147 3, unían su voz al clamor general contra el menosprecio de la justicia y la licencia de los poderosos para abatir á los que no lo eran, y la desolación de la república, y los robos que se hacían del patrimonio real, y la licencia que se concedía á todos los malhe- chores, «y esto con tanto atrevimiento como si no hubiera juicio »entre los hombres». Bien conocido es, y quizá puede juzgarse apa- sionado, aunque por su misma insolencia sea notable testimonio del escándalo á que las cosas habían llegado, el terrible memorial de agravios que los proceres alzados contra Enrique IV formularon en Burgos en 29 de Septiembre de 1 464. Pero no puede negarse entera fe á lo que no con vagas declamaciones, sino enumerando casos particulares, nos dejó escrito Hernando del Pulgar en la 25.a de sus Letras, dirigida en 1473 al obispo de Coria, documento doblemente importante por su fecha, anterior en un año sólo al advenimiento de los Reyes Católicos. Allí se encuentran menudamente recopila- dos «las muertes, robos, quemas, injurias, asonadas, desafíos, fuer- »zas, juntamientos de gentes, roturas que cada día se facen abun- y>danter en diversas partes del reino». «Ya vuestra merced sabe »(dice el cronista) que el duque de Medina con el Marqués de Cá- »diz, el conde de Cabra con Don Alonso de Aguilar, tienen cargo »de destruir toda aquella tierra de Andalucía, é meter moros » cuando alguna parte destas se viere en aprieto. Estos siempre tie- »nen entre las discordias vivas é crudas, é crecen con muertes é »con robos, que se facen unos á otros cada día. Agora tienen tre- »guas por tres meses, porque diesen lugar al sembrar; que se aso- »laba toda la tierra, parte por la esterilidad del año pasado, parte »por la guerra, que no daba lugar á la labranza del campo... Del »reino de Murcia os puedo bien jurar, señor, que tan ajeno lo repu- »tamos ya de nuestra naturaleza como el reino de Navarra; porque »carta, mensajero, procurador ni cuestor, ni viene de allí ni va de »acá más ha de cinco años. La provincia de León tiene cargo de »deslruir el clavero que se llama maestre de Alcántara (i), con

(1) D. Alonso de Monroy.

I O HISTORIA DE LA POESÍA CASTELLANA

» algunos alcaides é parientes que quedaron sucesores en la enemis- tad del maestre muerto. El clavero sive maestre, siempre duerme »con la lanza en la mano, veces con cient lanzas, veces con seis- cientas... ¿Qué diré, pues, señor, del cuerpo de aquella noble » cibdad de Toledo, alcázar de emperadores, donde grandes y me- » ñores todos viven una vida bien triste por cierto y desaventurada? ^Levantóse el pueblo con don Juan de Morales é prior de Aroche, »y echaron fuera al conde de Fuensalida é á sus fijos, é á Diego de ^Ribera que tenía el alcázar, é á todos los del señor maestre (i). »Los de fuera echados han fecho guerra á la cibdad, la cibdad tam- »bien á los de fuera: é como aquellos cibdadanos son grandes inqui- sidores de la fe, dad qué herejías fallaron en los bienes de los labra- »dores de Fuensalida, que toda la robaron é quemaron, é robaron »á Guadamur y otros lugares (2). Los de fuera, con este mismo celo »de la fe, quemaron muchas casas de Burguillos, é ficieron tanta »guerra á los de dentro, que llegó á valer en Toledo sólo el cocer »de un pan un maravedí por falta de leña... Medina, Valladolid, »Toro, Zamora, Salamanca, y eso por ahí está debajo de la cobdi- »cia del alcaide de Castronuño (3). Hase levantado contra él el señor »duque de Alba para lo cercar; y no creo que podrá, por la ruin dis- »posición del reino, é también porque aquel alcaide... allega cada vez »que quiere quinientas ó seiscientas lanzas. Andan agora en tratos »conél, porque seguridad para que no robe ni mate. En Campos »naturales son las asonadas, é no mengua nada su costumbre por la »indisposición del reino. Las guerras de Galicia de que nos solíamos »espeluznar, ya las reputamos ceviles é tolerables, immo lícitas. El ^condestable, el conde de Treviño, con esos caballeros de las Monta- »ñas, se trabajan asaz por asolar toda aquella tierra hasta Fuenterra- »bía. Creo que salgan con ello, según la priesa le dan. No hay más »Castilla; si no, más guerras habría... Habernos dejado ya de facer al- »guna imagen de provisión, porque ni se obedesce ni se cumple, y »contamos las roturas é casos que acaescen en nuestra Castilla, como

(1) El de Santiago, D. Juan Pacheco.

(2) Alude á los desmanes contra los conversos.

(3) Pedro de Mendaña, uno de los mayores facinerosos de aquel tiempo. Puso á rescate la mayor parte de las ciudades de Castilla la Vieja.

CAPITULO XXI II

»si acaesciesen en Boloña, ó en reinos do nuestra jurisdicción s>no alcanzase... Certificóos, señor, que podría bien afirmar que »los jueces no ahorcan hoy un hombre por justicia por nin- »gún crimen que cometa en toda Castilla, habiendo en ella asaz »que lo merescen, como quier que algunos se ahorcan por injus- ticia... Los procuradores del reino, que fueron llamados tres »años ha, gastados é cansados ya de andar acá tanto tiempo, »más por alguna reformación de sus faciendas que por conser- vación de sus consciencias, otorgaron pedido é monedas: el s>qual bien repartido por caballeros é tiranos que se lo coman, »bien se hallará de ciento é tantos cuentos uno solo que se ^pudiese haber para la despensa del Rey. Puedo bien certificar »á vuestra merced, que estos procuradores muchas é muchas » veces se trabajaron en entender e dar orden en alguna reforma- »ción del reino, é para esto ficieron juntas generales dos ó tres »veces: é mirad quán crudo está aún este humor é quan rebelde, »que nunca hallaron medicina para le curar; de manera que, deses- »perados ya de remedio, se han dejado dello. Los perlados eso mis- »mo acordaron de se juntar, para remediar algunas tiranías que se »entran su poco á poco en la iglesia, resultantes destotro temporal; »é para esto el señor arzobispo de Toledo, é otros algunos obispos, »se han juntado en Aranda. Menos se presume que aprovecha- rá esto.»

Basta este cuadro, cuyas tintas (conforme al genio blando y mi- sericordioso de Pulgar) son más bien atenuadas que excesivas, para comprender el caos de que sacó á Castilla la fuerte mano de la Reina Católica, asistida por el genio político y la bizarría militar de su consorte. El mal exigía remedios heroicos, y por eso fué apli- cado sin misericordia el cauterio. Ninguno de los más ardientes pa- negiristas de la Reina Católica (¿y quién puede dejar de serlo?) ha contado entre sus excelsas cualidades la tolerancia y la mansedum- bre excesivas, que, cuando hacen torcer la vara de la justicia, no han de llamarse virtudes, sino vicios. Todos, por el contrario, con- vienen en que fué más inclinada á seguir la vía del rigor que la de la piedad; «y esto facía (añade su cronista Pulgar) por remediar á s>la gran corrupción de crímenes que falló en el reino cuando sub-

12 HISTORIA DE LA POESÍA CASTELLANA

»cedió en él» (i). Más de I.500 robadores y homicidas desaparecie- ron de Galicia en espacio de tres meses, ante el terror infundido por los dos jueces pesquisidores que la Reina envió en 1481: cuarenta y seis fortalezas fueron derribadas entonces, y veinte más tarde: ajus- ticiados como principales malhechores Pedro de Miranda y el ma- riscal Pero Pardo. Cuando en 1477 la Reina puso su tribunal en el alcázar de Sevilla, «fueron sus justicias (según el dicho de Andrés »Bernáldez) tan concertadas, tan temidas, tan executivas, tan es- »pantosas á los malos», que más de cuatro mil personas huyeron de la ciudad, unos á Portugal, otros á tierra de moros. Aquietados los bandos de Ponces y Guzmanes; convertido en héroe épico y en Aquiles de la cruzada granadina el más terrible de los banderizos andaluces; allanada en Mérida, en Medellín y en Montánchez la de- sesperada resistencia del feudalismo extremeño, sostenido en los hombros hercúleos del clavero de Alcántara D. Alonso de Monroy; organizada en las hermandades la resistencia popular contra tiranos y salteadores, pudo ponerse mano en la restauración interior del reino, empresa harto más difícil que lo había sido la de vengar la afrenta de Aljubarrota en los llanos de Toro, y depositar los tro- feos de aquella retribución sobre la tumba del malogrado D. Juan I. No bastaba decapitar materialmente la anarquía mediante aque- llas terríficas y espantables anatomías de que habla el Dr. Villa- lobos, sino que era preciso cortarla las raíces para impedirla reto- ñar en adelante. Y entonces se levantó con formidable imperio la potestad regia, nunca más acatada y más amada de nuestro pue- blo, porque nunca, desde los tiempos de Alfonso XI, habían tenido nuestros reyes tan plena conciencia de su deber, y nunca había hecho tanta falta lo que enérgicamente llamaban nuestros mayores el oficio de rey. Y con este oficio cumplieron los Reyes Católicos, no

(1) «En tiempos de los Reyes Católicos, de gloriosa memoria (dice el »Dr. Villalobos en el metro 38 de sus Problemas morales) había tanta severi- dad en los jueces, que ya parecía crueldad, y era entonces necesaria, por- •>que aún no estaban apaciguados del todo estos reinos, ni acabados de do- »mar en ellos los soberbios y tiranos que había, y por eso se hacían muchas >carnecerías de hombres, y se cortaban pies y manos y espaldas y cabezas, *sin perdonar ni disimular el rigor de la justicia.»

CAPITULO XXI 13

ciertamente á sabor de los que hoy reniegan de la tradición, ó qui- sieran amoldarla á sus peculiares antojos, pero en consonancia con las leyes de nuestra civilización y con el impulso general de las monarquías del Renacimiento. Puede decirse que en aquel momento solemne quedó fijada nuestra constitución histórica.

La reforma de juros y mercedes de 1480, verdadera reconquista del patrimonio real, torpemente enajenado por D. Enrique IV; la incorporación de los maestrazgos á la corona, con lo cual vino á ser imposible la existencia de un estado dentro de otro estado; la pro- hibición de levantar nuevas fortalezas, y allanamiento de muchas de las antiguas, con cuyos muros la tiranía señorial se derrumbó para siempre; la centralización del poder mediante los Consejos; la nueva planta dada á los tribunales, facilitando la más pronta y ex- pedita administración de justicia; el predominio cada día creciente de los legistas; la anulación de la aristocracia como elemento polí- tico, no como fuerza social; las tentativas de codificación del doctor Montalvo y de Lorenzo Galíndez, prematuras sin duda, pero no in- fecundas; la directa y eficaz intervención de la corona en el régi- men municipal, hondamente degenerado por la anarquía del siglo anterior; el nuevo sistema económico que se desarrolló en innume- rables pragmáticas, las cuales, si pecan de prohibitivas con exceso, porque quizá lo exigía entonces la defensa del trabajo nacional, son dignas de alabanza en lo que toca á la simplificación de monedas, pesos y medidas, al desarrollo de la industria naval y del comercio interior, al fomento de la ganadería; la transformación de las bandas guerreras de la Edad Media en ejército moderno, con su invenci- ble nervio, la infantería, que por siglo y medio había de dar la ley á Europa; y en otro orden de cosas, muy diverso, la cruenta depu- ración de la raza mediante el formidable instrumento del Santo Ofi- cio y el edicto de 1 492; la reforma de los regulares claustrales y observantes, que, realizada á tiempo y con mano firme, nos ahorró la revolución religiosa del siglo xvi... son aspectos diversos de un mismo pensamiento político, cuya unidad y grandeza son visibles para todo el que, libre de las pasiones actuales, contemple desinte- resadamente el espectáculo de la historia.

A la robustez de la organización interior; á la enérgica disciplina

I \. HISTORIA DE LA P02SIA CASTELLANA

que, respetando y vigorizando la genuina espontaneidad del carác- ter nacional, supo encauzar para grandes empresas sus indomables bríos, gastados hasta entonces míseramente en destrozarse dentro de casa, correspondió inmediatamente una expansión de fuerza ju- venil y avasalladora, una primavera de glorias y de triunfos, una conciencia del propio valer, una alegría y soberbia de la vida, que hizo á los españoles capaces de todo, hasta de lo imposible. La for- tuna parecía haberse puesto resueltamente de su lado, y como que se complaciese en abrumar su historia de sucesos felices y aun de portentos y maravillas. Las generaciones nuevas crecían oyéndolas, y se disponían á cosas cada vez mayores. Un siglo entero y dos mundos, apenas fueron lecho bastante amplio para aquella desbor- dada corriente. ¿Qué empresa humana ó sobrehumana había de arredrar á los hijos y nietos de los que en el breve término de cua- renta y cinco años habían visto la unión de Aragón y Castilla, la victoria sobre Portugal, la epopeya de Granada y la total extirpa- ción de la morisma, el recobro del Rosellón, la incorporación de Navarra, la reconquista de Ñapóles, el abatimiento del poder fran- cés en Italia y en el Pirineo, la heguemonía española triunfante en Europa, iniciada en Oran la conquista de África, y surgiendo del mar de Occidente islas incógnitas, que eran leve promesa de in- mensos continentes nunca soñados, como si faltase tierra para la di- latación del genio de nuestra raza, y para que en todos los confines del orbe resonasen las palabras de nuestra lengua?

A tan prodigioso alarde de fuerza y poderío; á tanta extensión de imperio, no podía menos de acompañar un desarrollo de cultura más ó menos proporcionado á la grandeza histórica de aquel pe- ríodo. Y así fué, en efecto, aunque no con la misma intensidad en todos los órdenes de la actividad intelectual, porque no maduran todos los frutos á un tiempo, ni las peculiares evoluciones del arte se ajustan siempre con estricto rigor á la cronología política, por más que remota é indirectamente nunca dejen de enlazarse con ella. En aquel período están los gérmenes de cuanto floreció en nuestro siglo de oro, pero casi nunca son más que gérmenes. En aquel reinado nacieron, y en parte se educaron, los grandes refor- madores de la poesía y de la prosa castellana en tiempo del Empe-

CAPITULO XXI 15

rador Carlos Y, los Boscán, los Garcilaso, los Mendoza, los Villalo- bos, los Guevara, los Valdés, los Oliva, pero sus triunfos pertenecen á la generación siguiente. Salvo la maravilla de la Celestina, todavía la literatura del tiempo de los Reyes Católicos corresponde más bien á la Edad Media que al período clásico, aunque de mil modos le anuncia y prepara. El teatro se emancipa y seculariza, pero sin salir todavía de sus formas elementales, églogas, farsas, representa- ciones, de tosquísimo artificio. La lírica se remoza en parte por in- fusión, de elementos populares, pero, en el campo de la imitación erudita, no avanza un paso sobre el arte de los Menas y Santillanas. La historia, ni en Pulgar mismo, se atreve á abandonar la forma de crónica. Los moralistas más originales parecen un eco de los del reinado de D. Juan II. Los monumentos más importantes de la no- vela, como el Amadís de Garci Ordóñez de Montalvo, son refundi- ciones de libros anteriores. En toda esta literatura de fin de siglo, por otra parte tan digna de consideración, lo que más se echa de menos es espíritu de novedad, audacia para lanzarse por rumbos desconocidos; lo que, á primera vista, parece que debía faltar me- nos en tiempo de los Reyes Católicos. Un fenómeno idéntico, pero más general, observamos en la literatura del primer tercio de nues- tro siglo. Es evidente que el romanticismo, sobre todo en Francia, germinó en imaginaciones excitadas desde la cuna por el grandioso tumulto de la Revolución y de las guerras del Imperio; y sin em- bargo, nada más lejano del romanticismo que la tímida, acompasa- da y académica literatura de la Revolución y del Imperio.

No pretendemos extremar la comparación entre cosas tan diver- sas, mucho más cuando, estudiando atentamente la literatura de las postrimerías del siglo xv, descubrimos en ella esperanzas y prome- sas que indican un vigor latente, y explican y preparan la magnífi- ca eflorescencia del tiempo del Emperador. Pero no hay duda que aquella edad fué de transición en todas las esferas del arte, y que en ninguna llegó á crear una forma propia y definitiva, si se pres- cinde de la excepción solitaria antes indicada.

¡Pero qué lujo de detalles, qué exuberancia de fantasía, qué pom- pa y suntuosidad en algunas de estas formas de transición, espe- cialmente en las maravillas de decoración que entonces produjo la

1 6 HISTORIA DE LA POESÍA CASTELLANA

arquitectura! Parece que el arte ojival, en este postrer período, su- cumbe ahogado bajo una lluvia de flores en Burgos, en Valladolid, en Toledo. La ligereza, la esbeltez y la elegancia de las líneas, que- dan en segundo término, ante la riqueza y el lujo de la ornamenta- ción. Diríase que no se construye más que para decorar, para hala- gar los ojos con visiones espléndidas, trabajando la piedra como labor de encajes, convirtiendo las fachadas y los patios en escapa- rates de orfebrería, pidiendo á una fauna y á una flora fantásticas motivos incesantemente renovados por una imaginación caprichosa é inagotable.

Es condición de toda forma de arte sobrevivirse á misma, y coexistir con la que la sucede. Por más de sesenta años siguieron levantándose en España fábricas ojivales, más ó menos floridas, al lado de los primeros edificios del Renacimiento. Y lejos de ser vio- lento el choque entre los dos estilos, ni poder tirarse bien en los primeros momentos una línea divisoria, vemos que el segundo apa- reció tímidamente y casi á la sombra del primero, combinándose con él en diversas proporciones, de donde resultó un conjunto abi- garrado, pero no falto de originalidad: un estilo de transición que en Castilla llamamos plateresco, profuso en menudísimas labores. Poco á poco las bóvedas se rebajaban, el arco apuntado iba cedien- do al semicircular, si bien las columnas greco-romanas aparecían más altas de lo que tolera Vitrubio, y el frontón se aguzaba hasta cerrarse en pirámide; la invasión de los nuevos elementos era, con todo eso, indudable, por mucho trabajo que á veces cueste reco- nocerlos: ¡tan desfigurados están! Los primores incomparables de ejecución salvan de la tacha de falta de armonía esta manera licen- ciosa, pero elegante, que se personifica en el gran nombre de Enri- que Egas. Al mismo tiempo, Fr. Juan de Escobedo, educado sólo en las prácticas ojivales, se arroja nada menos que á la restauración de un monumento de la antigüedad, y casi por instinto levanta los arcos derruidos del acueducto de Segovia.

El predominio de la arquitectura romana iba creciendo por días, á medida que los españoles dilataban su paseo triunfal por Italia. Los Egas, los Fernán Ruiz, los Diego de Riaño, los Covarrubias, los Bustamante, los Juan de Badajoz, son ya arquitectos de pleno Re-

CAPITULO XXI 17

nacimiento, en las obras de los cuales, si las medidas y proporcio- nes antiguas no andan muy exactamente observadas, la tendencia á sujetarse á ellas es innegable, siquiera la regularidad que en sus obras buscan, yazga oprimida por la pomposa, alegre y lozana vege- tación que campea en sus portadas, y que hace el efecto de una selva encantada del Ariosto ó de los libros de caballerías. Los acce- sorios ahogan el conjunto y sin duda lo enervan; pero son tales los detalles de menudísima escultura, tal la belleza de los medallones, frontones y frisos, que el crítico más severo no puede. menos de darse por vencido ante un arte que de tal modo busca el placer de los ojos, y lamentar de todo corazón la triste, seca y maciza regula- ridad que después vino á agostar todas aquellas flores, á ahuyentar de sus nidos á aquellos pájaros y á interrumpir aquella perpetua fiesta que tal impresión de regocijo y bienestar produce en el áni- mo no preocupado por teorías exclusivas é inexorables.

Pero este arte tan español, tan halagüeño y tan gracioso, llevaba en propio el germen de su ruina. Al vestir la desnudez de los miembros de la arquitectura romana, lo mismo que al sustituir la crestería de la antigua iglesia gótica con los relieves del Renaci- miento, se procedía como si el ornato tuviese por un valor inde- pendiente de la construcción. Las artes, que en la Edad Media fue- ron auxiliares de la arquitectura y se confundieron en la grandiosa unidad del templo, se sobreponían al arte principal, le ahogaban con sus abrazos, y le quitaban robustez y virilidad á fuerza de abru- marle de galas. La escultura, que ya se levantaba pujante y trans- formada, encontraba en esto sus ventajas, acelerándose el instante de su emancipación. El cincel lozanísimo de Gil de Siloe apuraba en los sepulcros de la Cartuja de Miraflores todos los primores y delicadezas del arte ojival en sus postrimerías, convirtiendo el ala- bastro en sutilísima tela labrada como á punta de aguja. La antigua imaginería, próxima á caer envuelta en las ruinas del templo góti- co, hacía el derroche y alarde más ostentoso de sus riquezas en los colosales retablos de varios cuerpos, en los nichos con doseletes, en las portadas de las iglesias y de los palacios; pero, sobre todo, en los monumentos funerales, tan risueños á veces, que parecen imaginados para hacer apacible la idea de la muerte. No hay acci-

Mknkndkz t Pela yo. Poesía castellana. 111. ¿

1 8 HISTORIA DE LA POESÍA CASTELLANA

dente del traje que no se reproduzca en la piedra con tanta minu- ciosidad como si el artista bordara en seda ó en terciopelo. Y al mismo tiempo que Damián Forment, en cuyas obras se siente algo del aliento y de la fiereza de Donatello, inunda las iglesias de Ara- gón con sus figuras de magnífica grandeza esculpidas con terrible resolución y manejo, según la expresión de Jusepe Martínez, el arte de los entalladores; el trabajo en madera llega á su apogeo en las sillerías de coro de Felipe de Borgoña; y el arte (que entonces lo era y maravilloso) de los rejeros y herreros, se adelanta con firme paso en las vías del Renacimiento, inmortalizando su nombre el burga- Íes Cristóbal de Andino en la reja de la capilla del Condestable, una de las primeras obras en que artífice español procuró regirse por las medidas clasicas. Era llegado el momento de la iniciación pura y directa en el gusto italiano, y ésta se verificó en la escultura de los monumentos sepulcrales antes que en ningún otro género de obras. Artífices toscanos y genoveses dieron en Andalucía los pri- meros ejemplares del nuevo estilo: en el sepulcro del arzobispo Hurtado de Mendoza; en los mausoleos de la Cartuja de las Cuevas de Sevilla. Pero en los de la Capilla Real de Granada, enterramiento de los Reyes Católicos y de sus hijos doña Juana y D. Felipe, quizá el cincel del florentino Domenico Fancelli quedó vencido por el del español Bartolomé Ordóñez, aunque la fortuna, avara con él de sus favores, haya mantenido hasta nuestros tiempos en la obscuridad su nombre, el más digno de ser citado entre los predecesores de Berruguete, que en 1520 volvía de Italia, trayendo en triunfo el arte de Miguel Ángel. Al lado de la enérgica vitalidad que en aquel fin de siglo mostraba la escultura, produciendo obras que ni antes ni después han sido igualadas en nuestro suelo, parecen pobre cosa los primeros conatos de la pintura, oscilante entre los ejemplos del arte germánico y los del italiano, y más floreciente en la corona de Aragón que en la de Castilla, como lo prueba la famosa Virgen de los Conselhres, de Luis Dalmau, memorable ensayo de imitación del primitivo naturalismo flamenco. Pero fuera de ésta y alguna otra oxcepción muy señalada, las tablas que nos quedan del siglo xv, interesantísimas para el estudio del arqueólogo, y no bien clasifica- das aún, dicen poco al puro sentimiento estético, y los nombres de

CAPITULO XXI 19

sus obscuros autores Fernando Gallegos, Juan Sánchez de Castro, Juan Núñez, Antonio del Rincón, Pedro de Aponte, no despiertan eco ninguno de gloria. Sin embargo, el progreso de unos á otros es evidente; ya Alejo Fernández rompe la rigidez hierática y realiza un notable progreso en la técnica. Y, por otra parte, la pintura mural y decorativa tiene alta representación en las obras de Juan de Bor- goña. El arte pictórico español, propiamente dicho, el único que tiene caracteres propios y refleja el alma naturalista de la raza, no ha nacido aún; tardará todavía un siglo en nacer, un siglo de tímida y sabia imitación italiana, que cubre y disimula el volcán próximo á estallar.

También la música asoció su voz á los triunfos y pompas de este reinado, y vio cumplirse durante él notables evoluciones en su par- te especulativa, á la vez que en la práctica empezaban á ampliarse los términos de su dominio. Los Reyes mismos daban el ejemplo de protegerla: más de cuarenta cantores fueron asalariados por la Reina Isabel, tan famosos algunos como Anchieta y Peñalosa, ade- más de los tañedores de órgano, clavicordio, laúd y otros instru- mentos. El Libro de la Cámara del Príncipe D. Juan, que compuso Gonzalo Fernández de Oviedo, nos muestra cuánta importancia se concedió á la música en la educación del primogénito de la corona. «Era el principe Don Joan mi Señor (dice Oviedo) naturalmente ^inclinado á la música, é entendíala muy bien, aunque su voz no »era tal como él era porfiado en cantar... En su cámara avía un >claviórgano, é órganos, é clavecímbanos, é clavicordio, é vihuela de j>mano é vihuelas de arco é flautas, é en todos estos instrumentos »sabía poner las manos. Tenia músicos de tamborino é salterio é ^dulzainas et de harpa, é un rebelico muy precioso que tañía un »Madrid, natural de Caramanchel, de donde salen mejores labrado- res que músicos, pero éste lo fué muy bueno. Tenia el Principe »muy gentiles menistriles, altos de sacabuche é cheremías é corne- jas é trompetas bastardas, é cinco ó seys pares de atabales: é los >unos é los otros eran muy hábiles en sus oficios, é como conve- lían para el servicio é casa de tan alto principe.»

Existía, pues, además de la música religiosa, un arte cortesano, cuyas relaciones con la música popular son evidentes en algunos

2 O HISTORIA DE LA POESÍA CASTELLANA

villancicos y cantarcillos de Juan del Encina, cuyos tonos, junta- mente con la letra, nos ha conservado el inestimable Cancionero de la biblioteca de Palacio, transcrito y publicado por Barbieri. Y aun- que todavía los compositores profanos de este tiempo no hubiesen alcanzado á emanciparse de los artificios del contrapunto, ya es visible en ellos la tendencia expresiva y el deseo de acomodar la música á la letra. Igual fenómeno acontecía simultáneamente en el campo de la poesía, y á veces por virtud de los mismos hombres, puesto que Juan del Encina (por ejemplo) era á un tiempo músico y poeta. Los temas del arte popular pasaban al arte erudito, lo pro- fano y lo religioso se compenetraban estrechamente, y la labor in- consciente y genial de los artistas se reforzaba con las audacias de los preceptistas y escritores técnicos, que eran ya en bastante nú- mero, y que si bien en los fundamentos especulativos suelen per- manecer aferrados á la doctrina de Boecio, la modifican y atenúan con originales interpretaciones, arrojándose algunos á sentar prin- cipios notablemente revolucionarios y de no pequeña trascendencia para la estética musical. Autorizado el carácter matemático de la Música y su puesto entre las disciplinas liberales por Casiodoro, por Boecio, por San Isidoro, por todos los grandes institutores de la Edad Media, había logrado el arte del sonido penetrar desde muy temprano en las escuelas episcopales y monásticas, y luego en las más famosas universidades, donde nunca tuvieron asiento el arte de la mazonería ni el de la imaginería, á pesar de los portentos que cada día creaban. El Bachiller Alfonso de la Torre, autorizado in- térprete de la ciencia oficial del siglo xv, expone bellamente en aquella novela alegórica y enciclopédica que llamó Visión Delecta- ble, la elevada noción que entre sus contemporáneos prevalecía so- bre la Música y sus efectos. «Tanta es la necesidad mía (hace decir á la propia Música), que sin no se sabría alguna sciencia ó dis- »ciplina perfetamente. Aun la esfera voluble de todo el universo »por una armonía de sones es traída, et yo soy refeción et nudri- » mentó singular del alma, del corazón et de los sentidos, et por »se excitan et despiertan los corazones en las batallas, y se animan »et provocan á causas arduas y fuertes; por son librados et re- levados los corazones penosos de la tristura, y se olvidan de las

CAPITULO XXI 21

acongojas acostumbradas. Y por son excitadas las devociones »et afecciones buenas para alabar á Dios supremo et glorioso, et »por se levanta la fuerza intellectual á pensar transcendiendo las »cosas espirituales, bienaventuradas y eternas.»

Este concepto científico de la Música, si es cierto que la realzaba sobre sus hermanas las otras artes, injustamente desheredadas, traía consigo el peligro, muy sensible para la Música misma, de ver olvi- dada y sacrificada su verdadera importancia estética en aras de fantásticos idealismos ó de un vano y pedantesco aparato geomé- trico. Por fortuna y como reacción y contrapeso á esta tendencia dogmática y estéril, los cantores y músicos prácticos, los organis- tas y maestros de capilla, comenzaron á imprimir ciertos epítomes ó cuadernos puramente prácticos, sumas de canto llano y canto de órgano. Guillermo Despuig, uno de los más antiguos, declaraba francamente en 1495 que la institución musical de Boecio, aunque singular y divina, «era casi enteramente inútil para el arte de can- tar». Y todavía fué más allá Gonzalo Martínez de Bizcargui (1511), acusado por su adversario Juan de Espinoa «de enseñar á poner en escripto herejías formales en Música, contradiciendo á Boecio... é á todos cuantos autores antes dellos et en su tiempo han escripto desta mathemática». Pero el gran revolucionario musical de enton- ces, el que la historia general del arte no ha olvidado, por más que tardase más de cien años en fructificar su reforma, adoptada y des- arrollada luego por Zarlino, fué el andaluz Bartolomé Ramos de Pareja, que desde 1482 se había hecho famoso en la Universidad de Bolonia con su doctrina del temperamento, que inició nueva tonali- dad y levantó nueva escala contra el hexacordo tradicional, supo- niendo necesariamente alteradas las razones de las cuartas y quin- tas en los instrumentos estables.

Trazado rápidamente, y no otra cosa permiten los límites de esta digresión, el cuadro de la vida nacional en aquellos órdenes que más ó menos inmediatamente se ligan con el que es objeto de nues- tras indagaciones, procede ya concentrar nuestra atención en la literatura, haciéndonos cargo ante todo de los dos grandes hechos que aceleraron su progreso durante este reinado y abrieron las puertas de una nueva era. Estos dos hechos son la influencia triun-

22 HISTORIA DE LA POESÍA CASTELLANA

fante de los humanistas, y la introducción de la imprenta en nues- tro suelo.

La cultura clásica, que de un modo imperfecto y á veces de se- gunda mano, había penetrado en la corte de D. Juan II, y que con más severa disciplina habían recibido algunos españoles en la corte napolitana de Alfonso V, triunfa en tiempo de los Reyes Católicos,, merced á los esfuerzos combinados de humanistas italianos residen- tes en España y de humanistas españoles educados en Italia. Ni á unos ni á otros faltó altísima y regia protección y estímulo y re- compensa, que no nacían de vano dilettantismo, ni de efímero ca- pricho de la moda, sino del convencimiento en que nuestros mo- narcas estaban de cumplir así una misión civilizadora. Aunque el Rey Católico distase mucho de ser ajeno á las buenas letras, como lo persuade el hecho de haber sido educado clásicamente por un traductor de Salustio, el maestro Francisco Vidal de Nova, la prin- cipal y más directa y eficaz iniciativa en este orden pertenece á la Reina Isabel, que ya en edad madura llegó á superar las dificulta- des de la lengua latina, bajo el magisterio de Doña Beatriz Galindo, y protegió el estudio de las humanidades con tal ahinco, que hizo exclamar al protonotario Lucena, en su Epístola exhortatoria d las- letras: «La muy clara ninpha Carmenta letras latinas nos dio: per- adidas en nuestra Castilla, esta Diana serena las anda buscando; »quien sepa de las letras latinas que perdió Castilla, véngalo á de- >cir á su dueño, é avrá buen hallazgo... ¿Non vedes quantos co- »mienzan aprehender, mirando su realeza?... Lo que los reyes fasen »bueno ó malo, todos ensayamos de lo facer: si es bueno, por apla- »cer á nos mesmos: si es malo, por aplacer á ellos. Jugaba el rey, »eran todos tahúres: estudia la Reina, somos agora estudiantes.»

Y no sólo estudiaba la Reina, sino las Infantas, sus hijas, cele- bradas todas cuatro por Luis Vives como mujeres eruditas, sin ex- cluir á la infeliz Doña Juana, que contestaba de improviso en lengua latina á los discursos gratulatorios que la dirigían en las ciudades de Flandes. Del príncipe D. Juan refiere su criado Gonzalo Fernández de Oviedo, que «salió buen latino é muy bien entendido en todo aque- » lio que á su real persona convenía saber». Todavía tenemos car- tas latinas suyas entre las de Marineo Sículo; y Juan del Encina, al

CAPITULO XXI 23

dedicarle su traducción de las Bucólicas de Virgilio, dice de él que «favorescía maravillosamente la sciencia, andando acompañado de » tantos é tan doctísimos varones».

El ejemplo de la casa real fué prontamente seguido por los pro- ceres castellanos, que en todo aquel siglo venían ya distinguiéndose por la afición más ó menos ilustrada á las letras y á sus cultivado- res. El Almirante D. Fadrique Enríquez hizo venir en I484 á Lu- cio Marineo Sículo; el Conde de Tendilla, embajador en Roma, trajo en 1487 á Pedro Mártir de Anglería, el cual empezó por co- mentar en Salamanca las sátiras de Juvenal, con tal aplauso y con- curso de gentes, que tenía que entrar en clase llevado en hombros de sus discípulos.

A estos dos principales educadores de la nobleza castellana, hay que añadir los nombres, literariamente menos famosos, de los dos hermanos Antonio y Alejandro Geraldino, encargado el primero de la enseñanza de la Infanta Doña Isabel, y el segundo de la de sus hermanas. Uno y otro dejaron más fama de pedagogos que de escri- tores: del hermano mayor sólo se citan unas Bucólicas Sagradas; del menor, que fué protonotario apostólico y poeta laureado, y últi- mamente obispo de la isla de Santo Domingo, una oración gratula- toria al Papa Inocencio VIII. Tiene, no obstante, el mérito de haber sido uno de los primeros que empezaron á recoger lápidas é ins- cripciones romanas en España.

Mucho mayor es la importancia del lombardo Pedro Mártir, no sólo por el gran número de discípulos que tuvo en Valladolid y en Zaragoza, 'figurando entre ellos los primeros nombres de la aristo- cracia castellana, sino por la originalidad de su persona, por su talento nada vulgar de escritor, y por el grande interés histórico de sus libros, considerados como fuente histórica, abundantísima, aunque no siempre segura, para las cosas de su tiempo. Pedro Már- tir de Anglería ó Anghiera, andante en corte de los Reyes Católi- cos y de sus sucesores desde 1488 á 1526; preceptor de la juventud cortesana en las artes liberales; canónigo de Granada, en cuya gue- rra había tomado parte y á cuya conquista asistió; primer abad de la Jamaica, donde no residió nunca; embajador al sultán del Cairo: miembro del primitivo Consejo de Indias; corresponsal asiduo de

24 HISTORIA DE LA POESÍA CASTELLANA

Papas, Cardenales, Príncipes, magnates y hombres de letras, ofrece en su persona uno de los más antiguos y clásicos tipos de lo que hoy diríamos periodismo noticiero. Mientras otros latinistas se esfor- zaban en renovar las formas clásicas de la historia y vestir con la toga y el laticlavio á los héroes contemporáneos, él escribía día por día, en una latinidad muy abigarrada y pintoresca, llena de chis- tosos neologismos, cuanto pasaba á su lado, cuantos chismes y mur- muraciones oía, dando con todo ello incesante pasto á su propia curiosidad siempre despierta, y á la de sus amigos italianos y espa- ñoles. Tenía para su oñcio la gran cualidad de interesarse por todo y no tomar excesivo interés por ninguna cosa, con lo cual podía pasar sin esfuerzo de un asunto á otro, y dictar dos cartas mientras le preparaban el almuerzo. Acostumbrado á tomar la vida como un espectáculo curioso, gozó ampliamente de cuantos portentos le brindaba aquella edad, sin igual en la historia; y estuvo siempre colocado en las mejores condiciones para verlo y comprenderlo todo, desde la guerra de Granada hasta la revuelta de las Comuni- dades. Su espíritu, generalmente recto, propendía más á la benevo- lencia que á la censura, sobre todo con aquellos de quienes espe- raba honores y mercedes que contentasen su vanidad, muy subida de punto, aunque inofensiva, y su muy positivo amor á las comodi- dades y á las riquezas, que la fortuna le concedió ciertamente con larga mano. Hombre de ingenio fino y sutil, italiano hasta las uñas, quizá presumía demasiado de su capacidad diplomática; pero, á lo menos, poseyó en alto grado el don de observación moral, el cono- cimiento de los hombres. Sus juicios no han de tomarse por defini- tivos; pero reflejan viva y sinceramente la impresión del momento. El mismo, como todos los escritores de su género, rectifica á cada paso y sin violencia alguna lo que en cartas anteriores había consig- nado. El Opus Epistolarum es un periódico de noticias en forma epistolar, dividido en 812 números, y no de otro modo debe ser juzgado. Más aparato histórico tienen sus ocho Dccadcs de Orbe novo, que fueron un libro de revelación, el primer libro por donde la historia del descubrimiento de América vino á difundirse en Euro- pa. La latinidad no era muy clásica que digamos; pero á pesar de este defecto, que en aquellos tiempos difícilmente se perdonaba,

CAPITULO XXI 25

todo el público letrado de Italia devoró ávidamente estas Decadas, dando ejemplo de ello el mismo Papa León X, que las leía de sobre- mesa á su sobrina y á los Cardenales. Pedro Mártir, siguiendo su peculiar instinto, había elegido lo más ameno, lo más exótico, lo más pintoresco y divertido de aquella materia novísima, detenién- dose, no poco, en las rarezas de historia natural, en los detalles an- tropológicos, y en notar maligna y curiosamente los ritos, las cos- tumbres y supersticiones de los indígenas, en aquello en que más contrastaban con los hábitos del Viejo Mundo. Esta especie de cu- riosidad científica realza sobremanera su libro, además del agrado de su estilo, incorrectísimo ciertamente y á veces casi bárbaro, pero muy suelto, chispeante é ingenioso. Tiene Pedro Mártir, como preceptor y gramático, su importante representación en la historia del humanismo español, y pudo escribir sin mucha nota de jactan- cia, aunque en frases de pedantesco y depravado gusto, que habían mamado la leche de su doctrina casi todos los proceres de Castilla (suxerunt mea litteraria ubera principes Castellae fere omnes), pero cuál fuese la calidad de esta leche, no poco desemejante de la láctea libertas de Tito Livio, lo están pregonando á voces los mismos escritos de Mártir; y ciertamente que si la severa disciplina de otros maestros indígenas, como los Nebrijas, Barbosas, Núñez y Verga- ras, no hubiese llevado el gusto por senderos más clásicos que los de esta latinidad viciada y barroca, que viene á ser el calco de una fraseología moderna, no hubiera emulado ni menos excedido la España clásica del siglo xvi los esplendores de la Italia del siglo xv. De todos modos, es harto evidente el servicio que Pedro Mártir hizo á la historia de nuestro más glorioso reinado, para que por defectos de forma hayamos de regatearle sus méritos de observa- dor incansable y curioso, no menos que de narrador sensato y lúci- do. Más modestos, aunque no menos positivos, fueron los que la prestó el siciliano Lucio Marineo, discípulo de Pomponio Leto, y profesor en Salamanca de Elocuencia y Poesía latina desde 1484 hasta 1496, en que pasó á ejercer su ministerio al aula regia, acom- pañando luego al Rey Católico en su viaje á Ñapóles (l5°7) como capellán suyo. Su vida, lo mismo que la de Pedro Mártir, se prolongó mucho dentro del reinado de Carlos V, y lo permitió dejar varios

26 HISTORIA DE LA POESÍA CASTELLANA

libros enteramente consagrados á la ilustración de nuestras cosas, con espíritu sobremanera encomiástico, y quizá adulatorio en algún caso. Su correspondencia familiar en diez y siete libros, menos explotada hasta ahora que la de Mártir, abunda en noticias singu- lares para nuestra historia política y literaria. En ilustrar los anales de Aragón, especialmente en el período próximo á su tiempo, fué de los primeros; y siempre será consultada con utilidad, aunque no sin cautela, la vasta enciclopedia histórico-geográfica que tituló De rebus Hispanice memorabilibús, cuyos primeros libros, por su traza y por la variedad de especies que en ellos se mezclan, tienen mucho parecido con los modernos libros de viajes, así como los últimos pertenecen enteramente á la narración histórica, y conducen mucho para la ilustración de los reinados de D.Juan II de Aragón y de los Reyes Católicos.

El mismo Marineo Sículo, en una oración dirigida á Carlos V, nos dejó curiosa conmemoración de los eruditos españoles de su tiempo, contando entre ellos á sus propios discípulos y á los de Pedro Mártir, muchos de los cuales nada dejaron impreso, pero cuyo ejemplo influyó mucho por la alta prosapia de los que le daban. El Arzobispo de Zaragoza, D. Alfonso de Aragón, hijo bas- tardo del Rey Católico; el Arzobispo de Granada, D. Francisco de Herrera; los Obispos de Salamanca y Plasencia, I). Francisco de Bovadilla y D. Gómez de Toledo; el futuro Arzobispo de Sevilla é Inquisidor general, D. Alonso Manrique, que en su juventud había enseñado griego en Alcalá, grande amigo y protector de Erasmo; el Cardenal de Monreal, D. Enrique de Cardona, y su hermano don Luis, Obispo de Barcelona; el Abad de Valladolid, D. Alfonso En- ríquez, á quien califica Marineo de liitcratissimits juveuis; el Obispo de Osma Cabrero, concionator egregias; el Condestable D. Pedro de Velasco, á quien Marineo oyó explicar en el gimnasio de Sala- manca, siendo muy joven, las epístolas de Ovidio y la Historia natural de Plinio; el Marqués de los Vélez, D. Pedro Fajardo; el Duque de Arcos, D. Rodrigo Ponce de León; el Marqués de Denia, D. Bernardo de Rojas y Sandoval, que emprendió sexagenario el estudio de la gramática latina, y llegó á ser eminente en ella; el doctísimo Conde de Oliva, D. Serafín Centelles; el Conde de Ten-

CAPITULO XXI 27

dilla, D. Iñigo López de Mendoza, «vir sapiens et litteris exctdtuss>; el Marqués de Tarifa y Adelantado de Andalucía, D. Fadrique En- ríquez de Rivera, gran conocedor de la historia antigua, y vastago de una dinastía de Mecenas y de cultivadores de las letras y de las artes; Rodrigo Tous de Monsalve, patricio hispalense, lomni genere doctrinae doctissimus»... Si á todos estos nombres aristocráticos, recordados en el discurso de Marineo, se añaden los de sus pro- pios corresponsales y los de Pedro Mártir, tales como el Duque de Braganza y Guimaraens, D. Juan de Portugal, D. Alonso de Silva, D. Diego de Acevedo, Conde de Monterrós, D. García de Toledo y D. Pedro Girón, no podrá menos de formarse muy ven- tajosa idea del ardor desplegado por la nobleza española para ini- ciarse en la nueva cultura, secundando el ejemplo de los Reyes Católicos.

Pero ni Pedro Mártir, ni Lucio Marineo, ni los Geraldinos, aven- tureros literarios más ó menos brillantes, preceptores meramente aristocráticos, hombres harto medianos de carácter y de inteligen- cia, y en los cuales se trasluce siempre algo del advenedizo y del parásito, hubieran podido extender la acción del Renacimiento fue- ra del recinto cortesano, si no les hubiese secundado, y en parte pre- cedido, una legión de humanistas españoles, que con mayor celo y desinterés y con más espíritu didáctico, trabajaron por difundir en las escuelas de España la noción clásica que habían recogido en Ita- lia. Lo primero era la reforma de los métodos gramaticales, el aban- dono de los antiguos y bárbaros textos, la formación de los prime- ros vocabularios, y la difusión de los autores clásicos, ya en su original, ya en versiones más ó menos ajustadas. Y es cierto que en esta parte pocos pueden disputar la prioridad de tiempo á Alonso de Palencia, que si no llegó á poseer la lengua griega pesar de haber vivido en la domesticidad del Cardenal Bessarion y de haber tenido familiar trato con Jorge de Trebisonda y otros doctos bizan- tinos), por lo cual sus infieles y revesadas traducciones de Plutarco y de Josefo lograron muy poco aprecio, mereció bien de las huma- nidades latinas por trabajos estrictamente filológicos, que son los más antiguos de su genero en Castilla: el Opus sinonimorum, que tenía ya terminado en 1472, y el Universal Vocabulario en latín y

28 HISTORIA DE LA POESÍA CASTELLANA

romance, trabajo de su vejez, emprendido por orden de la Reina Isabel, y dado á luz en 1490, un año antes del Diccionario de An- tonio de Nebrija, que le lleva grandes ventajas y que inmediata- mente le sepultó en el olvido. Hoy vive Palencia en la memoria de las gentes más bien á título de cronista que de lexicógrafo, por más que en la latinidad, vigorosa y pintoresca á veces, aunque crespa y enmarañada, de sus Décadas, bien se trasluzcan los esfuerzos de su autor para dominar la prosa clásica, cuyo estudio le sirvió para en- sanchar los lindes de la nuestra hasta el grado de relativa perfección que muestra la Batalla de los lobos y perros, y más todavía el tra- tado de la Perfección del triunfo militar (1).

Pero los trabajos de Palencia, si se le considera meramente como humanista, no fueron más que el preludio de los de Antonio de Nebrija, el extirpador de la barbarie, el que mezcló (como cantaba el helenista Arias Barbosa) las sagradas aguas del Permeso con las del Tormes (2). «Fué aquella mi doctrina tan noble (decía el mismo >Nebrija, con justo aunque poco disimulado orgullo), que aun por »testimonio de los envidiosos y confesión de mis enemigos, todo » aquesto se me otorga: que yo fui el primero que abrí tienda de la

»lengua latina y osé poner pendón para nuevos preceptos y que

»ya casi de todo punto desarraigué de toda España los Doctrinales, »los Peros Elias y otros nombres aun más duros, como los Gaiteros, »los Ebrardos, Pastranas y otros no qué apostizos y contrahechos »gramáticos, no merecedores de ser nombrados. Y que si cerca de »los hombres de nuestra nación alguna cosa se habla de latín, todo »aquello se ha de referir á mí. Es, por cierto, tan grande el galar-

(1) [Consúltense: G. Cirot: Les Decades d' Alfonso de Palencia, en el Bulle- tin hispanique (1909), tomo xi, págs. 425-437. A Paz y Mélia: El cronista Alonso de Palencia; Madrid, 1914. {A. B.)\

^ / Miscuit lúe sacris Tormi/i Permessidos uncus,

Barbaricum nostro rep///it orbe genus: Primus et in palriam Phoebum, doctasqut sórores Non tdli tacta detulit ante dio: Pegasidumque ausus puro defonte sacerdos Nostra per ausonios orgia ferré choros.

(Esta elegía de Arias Barbosa anda al principio de muchas ediciones anti- guas de la Gramática de Nebrija.)

CAPITULO XXI 29

»dón deste mi trabajo, que en este género de letras otro mayor no »se puede pensar» (i).

Nebrija, en efecto, que tornaba de Italia en 1473, después de una residencia de diez años, y muchos antes que Pedro Mártir ni Lucio Marineo pensasen en venir á nuestro suelo, traía como triunfal des- pojo de su largo viaje, é iba á difundir por medio de la enseñanza, primero en Sevilla, después en Salamanca (2) y finalmente en Al- calá, la última palabra de la filología clásica de entonces, es decir, el método racional y filosófico de Lorenzo Valla, contrapuesto al em- pírico y rutinario de los gramáticos anteriores. Su doctrina, derra- mada en innumerables opúsculos, y condensada al fin en su extensa Gramática (cuya primera edición es de 1481), se alzó triunfante sobre las ruinas del alcázar de la barbarie, por él abatido en desco- munal certamen. Su nombre se convirtió en sinónimo de gramático, y desde el siglo xvi hasta nuestros días, los artes para enseñar la lengua latina siguieron intitulándose con su nombre, aunque poco conservasen de su doctrina, ni menos del generoso espíritu de alta cultura que la informaba. Casi nadie, por ejemplo (salvo Simón Abril, y éste muy tardíamente), le siguió en lo que constituía la se- gunda parte de su método, en lo que implicaba un apartamiento de la tendencia escolástica, una dirección popular. Si en su volumino- sa Gramática, escrita para uso de los maestros, había seguido la cos- tumbre, universal entonces, de exponer los preceptos en lengua la- tina, no por eso cayó en el absurdo (triunfante hasta el siglo pasa- do) de creer que fuera cosa conveniente, ni siquiera posible, iniciar á nadie en los rudimentos de una lengua, valiéndose de la misma lengua que el principiante ignoraba. Por eso, siguiendo la alta ins- piración de la Reina Católica, escribió, en romance contrapuesto al latín, sus Introducciones «para que con facilidad puedan aprender » todos, y principalmente las religiosas y otras mujeres consagradas »á Dios». De este modo (como él decía) «sacaba la novedad de sus obras de la sombra y tinieblas escolásticas á la luz de la corte».

(1) Prefación de su Vocabulario.

v2/ Spectatrix aderat tota Salmantica nutro...

Cum veni, vidi, vid...

listóla i I'< dro Mártir.)

30 HISTORIA DE LA POESÍA CASTELLANA

Y aun dio un paso más, y por él le debe eterna gratitud nuestro idioma. Su Arte de la Lengua Castellana, publicado casi providen- cialmente el mismo año de la conquista de Granada y del descu- brimiento del Nuevo Mundo, fué la primera gramática que de nin- guna lengua vulgar se hubiese dado á la estampa: es, sin disputa, el más antiguo de todos los libros de filología romance.

Nebrija, en igual ó mayor grado que cualquier humanista italiano de su tiempo, renovó y amplió en su persona aquel enciclopédico saber que los antiguos consideraban inseparable de la profesión, en otro tiempo tan honrada é ilustre, de gramático. Porque no sólo fué versado en las lenguas griega y hebrea, de las cuales sabemos que compuso también gramáticas que no han llegado á nuestros tiem- pos, sino que abarcó en el círculo de sus estudios la interpretación de los autores, así en la materia como en la forma, lo cual le obligó á hacer frecuentes excursiones al campo de la teología, como lo prueban sus Quincuagenas; al del derecho, como lo acredita su Lexicón juris civilis; al de la Arqueología, cuando estudió por pri- mera vez el circo y la naumaquia de Mérida; al de las ciencias natu- rales, como editor de Dioscórides; al de la Cosmografía y la Geode- sia, y esto no meramente en calidad de compilador erudito, sino midiendo, por primera vez en España, un grado del meridiano te- rrestre, como base para la unidad de un sistema métrico: que á esto y á otras innumerables cosas se extendía en el Renacimiento la ciencia de los llamados gramáticos. Y si á esto se añade que Nebri- ja fué historiador elegante (aunque excesivamente retórico y poco original), de las cosas de su tiempo, y fué además poeta latino, de sincera inspiración, y no de los fabricantes de centones, para prue- ba de lo cual bastaría la hermosa elegía que compuso al visitar, des- pués de muchos años, su patria, nadie podrá dejar de ver en el ilus- tre maestro andaluz la más brillante personificación literaria de la Kspaña de los Reyes Católicos, puesto que nadie influyó tanto como él en la general cultura, no sólo por su vasta ciencia, robusto enten- dimiento y poderosa virtud asimiladora, sino por su ardor propa- gandista, á cuyo servicio puso las indomables energías de su carác- ter, arrojado, independiente y cáustico. Gracias á ello, y á la pro- tección resuelta de la Reina Católica y de Cisneros, pudo en toda

CAPITULO XXI 31

ocasión reivindicar altamente los fueros de la libertad científica, y proseguir impertérrito la reforma de los estudios, sin que las fuer- zas le desfalleciesen aun en la extrema ancianidad. Y todavía en su lecho de muerte, contemplando imperfecta su obra, llamaba con- sus votos quien la completase, y repetía incesantemente aquel ver- so virgiliano, que luego había de recoger el Brócense, considerán- dose á propio como el vengador invocado por Xebrija:

Exoriare aliquis ?iostris ex ossibus ultor.

A su nombre debe ir unido inseparablemente el de su grande amigo, y comprofesor de lengua griega, el portugués Arias Barbo- sa, discípulo de Angelo Policiano. Poco dejó escrito, y su nombre fué eclipsado muy pronto por el de su más egregio discípulo el Comendador Griego, Hernán Núñez; pero hay justicia en reconocer que Arias Barbosa fué el patriarca de los helenistas españoles, y el que en Salamanca inauguró esta enseñanza, por lo cual dijo bien Andrés Resende en su Encomium Erasmi:

docuit ?iam primus iberos

Hippocrenaeo Gratas componere voces Ore

Pero la Universidad de Salamanca, nacida en los tiempos medios, y aferrada todavía á la tradición escolástica, debía presentar, como la de París, larga resistencia á los humanistas innovadores, que tan diverso sentido traían de la vida y de la ciencia. Por otra parte, el régimen excesivamente democrático de aquellas aulas, solía alejar de ellas á profesores muy beneméritos. Una votación de estudian- tes en oposición á cátedra desairó á Xebrija, cargado de años y de méritos, y le obligó á trocar las aulas de Salamanca por las de Al- calá. Esta Universidad, creada de nueva planta por el Cardenal Ji- ménez en 1508, ofrecía un asilo más hospitalario á los nuevos es- tudios. Su fundador había excluido de aquellas aulas la enseñanza del Derecho civil, reduciendo mucho la del canónico. La Teología continuaba imperando, pero no ya en su forma antigua, dogmática y polémica, sino más bien en la de estudio é interpretación del texto sagrado, para lo cual el conocimiento de los originales hebreo

32 HISTORIA DE LA POESÍA CASTELLANA

Y grieg° Y e^ trabajo crítico de los humanistas eran preciso y nece- sario instrumento. Por eso en el período de gloria de la escuela complutense, que abarca los primeros sesenta años de su vida, se cultivaron en ella con igual amor la antigüedad profana y la sagra- da (i). Allí brillaron simultáneamente el cretense Demetrio Ducas, maestro de lengua griega; los hebraizantes conversos Alfonso de Zamora, Pablo Coronel y Alfonso de Alcalá; los dos hermanos Ver- garas, traductor el uno de Aristóteles y el otro de Heliodoro, y autor de la más antigua gramática griega compuesta en España, que fué al mismo tiempo una de las más difundidas en Europa durante aquel siglo; el toledano Lorenzo Balbo de Lillo, á quien se debieron correctas ediciones de Valerio Flaco y Quinto Curcio; el reforma- dor filosófico Hernán Alfonso de Herrera, primero que osó levantar la voz contra los peripatéticos en su Disputación de ocho levadas con- tra Aristótil y sus secuaces, precediendo, no sólo á las tentativas de Pedro Ramus, sino á las del mismo Luis Vives; Diego López de Stúñiga, docto y acérrimo contradictor de Erasmo; Mateo Pascual, fundador del Colegio Trilingüe; Pedro Ciruelo, que hermanó el es- tudio de las Matemáticas con el de la Teología. De las cuarenta y dos cátedras que el Cardenal estableció, seis eran de gramática lati- na, cuatro de otras lenguas antiguas, cuatro de retórica y ocho de artes, ó sea de filosofía. Erasmo reconoce y pondera en muchas par- tes el esplendor científico de Compluto, de la cual dice que con más razón podía llamarse tcocvtiaoutov, por ser rica en todo género de sabiduría.

La grande obra de aquellos egregios varones fué la Políglota C omplutetise, monumento de eterna gloria para España, sean cuales fueren sus defectos, enteramente inevitables entonces; obra que

(i) Este carácter distintivo cíe la Universidad de Alcalá en la que pode- mos llamar su edad de oro, fue perfectamente expresado por Erasmo (ep. 755): Academia Complutensis non aliunde celebritatem nominis aaspicata est ijuam a complectcndo linguas ac bonas liiieras.

[Consúltense, acerca de Lebrija y la Universidad de Alcalá: P. Lemus y Rubio: El maestro Elio Antonio de LcbrLxa, 1 (en Revue Hispanique, 1910); A. de la Torre y del Cerro: La Universidad de Alcalá; dalos para su historia; Ma- drid, 1910. (A. B.)]

CAPITULO XXI 33

hace época y señala un progreso en la lectura del texto bíblico, y que era en su línea el mayor esfuerzo que desde las Hexaplas de Orígenes se había intentado en el mundo cristiano. La Políglota se hizo incluyendo, además del texto hebreo, el griego de los Setenta, el Targum caldaico de Onkelos (sólo para el Pentateuco), uno y otro con traducciones latinas interlineales, y la Vulgata. Llena los cua- tro primeros tomos el Antiguo Testamento; el quinto (que fué el primero en el orden de la impresión) está dedicado al Testamento Nuevo (texto griego y latino de la Vulgata), y el sexto es de gra- máticas y vocabularios (hebreo, caldeo y griego). Los trabajos pre- paratorios duraron diez años. A los artífices de este monumento los hemos nombrado ya: la parte hebrea corrió á cargo de los tres judíos conversos, siendo de Alfonso de Zamora la gramática; en la parte griega trabajaron el cretense Ducas, Vergara, el Pinciano (Hernán Núñez), y algo Antonio de Nebrija, que más bien intervi- no en la corrección de la Vulgata. Códices hebreos, los había con abundancia en España, y de mucha antigüedad y buena nota, pro- cedentes de nuestras sinagogas, donde siempre se había conservado floreciente la tradición rabínica. Tampoco faltaban buenos ejempla- res latinos; pero no los había griegos, y hubo que pedirlos al Papa León X, que facilitó liberalmente los de la Vaticana, que fueron enviados en préstamo á Alcalá, como expresamente dice el Carde- nal en la dedicatoria, y no copiados en Roma, por más que así lo indique su biógrafo Quintanilla. Para fundir los caracteres griegos, hebreos y caldeos, nunca vistos en España, y hacer la impresión, vino Arnao Guillen de Brocar, y en menos de cinco años (¡celeridad inaudita, dadas las dificultades!) se imprimió toda la Biblia, cuyos gastos ascendieron, según Alvar Gómez, á cincuenta mil escudos de oro, cantidad enorme para entonces. La impresión estaba acabada en 1517, pocos meses antes de la muerte del Cardenal; pero no entró en circulación hasta 1520, de cuya fecha es el Breve apostó- lico de León X, autorizándola, «por juzgar indigno que tan excelen- te obra permanezca por más tiempo en la obscuridad». El texto griego del Nuevo Testamento, impreso desde 1 5 14, antes que otra cosa alguna de la obra, tiene la gloria de ser el primero que apare- ció en el mundo, anterior en dos años al de Erasmo, cuya primera

Menkndez y Pei.ato. Poesía castellana. III. ■>

34 HISTORIA DE LA POESÍA CASTELLANA

edición es de 1 516. Erasmo y los complutenses trabajaron con en- tera independencia, y el merecimiento de los unos en nada debe perjudicar al del otro. A decir verdad, ambos textos adolecen de no leves defectos, como fundados en códices relativamente moder- nos, y todos de la familia bizantina. ¿Quién ha de pedir á aquellas ediciones del siglo xvi, primeros vagidos de la ciencia filológica, la exactitud y el esmero que en nuestros días ha podido dar á las su- yas Tischendorf, sobre todo después del hallazgo del códice Sinaí- tico? Erasmo tuvo que valerse de algunos códices de Basilea muy medianos; muchas veces corrigió su texto por el de la Vulgata, y - en la cuarta, quinta y sexta de sus ediciones, introdujo algunas en- miendas tomadas de la Complutense.

Pocos príncipes han igualado á Cisneros en esplendidez como Me- cenas y como protector del arte tipográfico. Además de la Políglo- ta, publicó á sus expensas el Misal y el Breviario Mozárabes, res- taurando en parte aquella antigua liturgia; las Epístolas de Santa- Catalina de Sena, la Escala de San Juan Clímaco, las Meditaciones del Cartujano, y otros muchos libros de devoción, que repartió por los conventos de monjas; el Tostado sobre Ensebio, y luego las obras todas del Tostado; mucha parte de las de Raimundo Lulio, á cuya doctrina tenía especial afición, interviniendo en las ediciones los fa- mosos lulianos Nicolás de Paz y Alonso de Proaza; la Agricultura de Gabriel Alonso de Herrera, que repartió entre los labradores, y las obras de Medicina de Avicena. Tenía, finalmente, pensado hacer una edición greco-latina esmeradísima de todas las obras de Aristó- teles, empresa tan monumental en su género como la Políglota, pero murió antes de ver acabados los trabajos. Parte de ellos, en especial los de Juan de Vergara, todavía se conservan entre las pre- ciosas reliquias de la Biblioteca Complutense.

Pero no es del caso detenernos á tejer los anales de aquella famo- sa escuela, que además, por lo que toca á su período más brillante, fueron dignamente ilustrados por Alvar Gómez de Castro en su vida latina del Cardenal, y por Alfonso García Matamoros en su clásica oración Pro adserenda hispanorum eruditionc. Por otra parte, sería ya traspasar los límites cronológicos de este reinado el asistir á la formación del grupo erasmista, cuyo corifeo en Alcalá fué el

CAPITULO XXI 35

abad Pedro de Lerma; ni menos enumerar los elegantes escritos con que ya en prosa, ya en verso, comenzaban á renovar la facun- dia del antiguo Lacio Alvar Gómez, señor de Pioz, Juan Sobrarías, Juan Pérez, que latinizó su apellido llamándose Petreyo, Juan Mal- donado, y otros muchos humanistas, cuyos mejores trabajos perte- necen al reinado siguiente. Baste decir que, en el primer tercio del siglo xvi, la cultura greco-latina no se encerraba ya en los centros universitarios, sino que muchos profesores privados, algunos de ellos eminentes, la difundían por todas las ciudades y villas de alguna consideración de Castilla y Andalucía; en Segovia, Juan Oteo, maes- tro de Andrés Laguna; en Soria, el Bachiller Pedro de Rúa, ingenioso censor de las ficciones de Fr. Antonio de Guevara; en Valladolid y en Olmedo, Cristóbal de Villalón; en Toledo, Alfonso Cedillo, maestro de Alejo de Venegas; en Calahorra, el Bachiller de la Pra- dilla; en Santo Domingo de la Calzada, Pedro Lastra; en Sevilla, Diego de Lora y Cristóbal de Escobar, dignos precursores de los Malaras, Medinas y Girones; en Granada, Pedro Mota; en Écija, un cierto Andrés, á quien por excelencia llamaron el Griego. ¿Qué más? El estudio de las humanidades formó parte integrante de la cultura femenil más aristocrática y exquisita; y en las cartas de Lucio Ma- rineo, y en el Gynecaeiun Hispanae Miuervae, que compiló D. Ni- colás Antonio, viven, juntamente con el nombre de La Latina, los de Doña Juana Contreras, Isabel de Vergara, Antonia de Xebrija, la Condesa de Monteagudo, Doña María Pacheco, Doña Mencía de Mendoza, marquesa de Zenete, y otras doctas hembras, de una de las cuales, por lo menos (Doña Lucía de Medrano), consta, por re- lación de Marineo, el cual habla como testigo ocular, que tuvo cá- tedra pública en la Universidad de Salamanca, dedicándose á la ex- planación de los clásicos latinos. Y no hay duda que el grado de educación de la mujer, cuando es verdadero cultivo del espíritu y no pedantesca ostentación, suele ser el indicio más seguro del punto de civilización alcanzado por un pueblo.

A esta rápida difusión del saber contribuyó en gran manera la prodigiosa invención de la imprenta, que precisamente entró en Es- paña el mismo año en que comenzaron á imperar los Reyes Católi- -cos. De 1474 á 1475 datan las más antiguas impresiones de Valen-

36 HISTORIA DE LA POESÍA CASTELLANA

cia (el Certamen poetich, el Comprehensorintn, el Salustio...), ciudad que tiene la gloria de haber precedido á todas las de España, en ésta como en otras manifestaciones de la cultura (i). Siguiéronla inme- diatamente las otras dos capitales de la Corona de Aragón, Barce- lona y Zaragoza, y entre las ciudades de los dominios castellanos Sevilla, en 14/6; Salamanca, en I480; Zamora, en 1482; Toledo, en 1483; Burgos, en 1485; Murcia, en 1487. En Lisboa existía por lo menos tipografía hebrea, desde 1485. Durante el resto de aquel siglo, la imprenta se extiende, no sólo á las ciudades de Lérida, Ge- rona, Tarragona, Pamplona, Valladolid y Granada, sino á los mo- nasterios de Miramar en Mallorca (1485) y Monserraten Cataluña,, y á la villa de Monterrey en Galicia. Pasman el número y variedad de impresiones de estos veintiséis años, el primor y aun la esplen- didez de muchas de ellas, la abundancia relativa de obras en lengua vulgar, alternando con las latinas, así clásicas como escolásticas. Y son monumentos de la sabiduría legislativa y del generoso espíritu de este reinado, las varias disposiciones encaminadas á favorecer la publicación y venta de libros, comenzando por la memorable Carta-orden de 25 de Diciembre de 1477, dirigida á la ciudad de Murcia, mandando que Teodorico Alemán, impresor de libros de molde en estos reinos, sea franco de pagar alcabalas, almoja- rifazgo ni otros derechos, por ser uno de los principales invento- res y factores del arte de hacer libros de molde, y exponerse á muchos peligros de la mar, por traerlos á España y ennoblecer con ellos las librerías. En 24 de Diciembre de 1489 vemos otor- gada igual franquicia al librero Antón Cortés Florentín, y en 12 de

(1) El opúsculo barcelonés que lleva el título de Pro condenáis orationi- bus y la fecha de 1468, no es un libro apócrifo, pero es evidentemente un libro que tiene la fecha equivocada por lo menos en veinte años, como lo persuaden todas sus circunstancias tipográficas. Es lástima que un patriotis- mo local mal entendido, eternice este error y otros en la historia de nuestra Tipografía, como acontece con los libros impresos en Tolosa, que indisputa- blemente son de Tolosa de Francia, y no de la modesta villa guipuzcoana del mismo nombre.

[Según cierto documento hallado por D. M. Serrano y Sanz (Arte Español, revista, tomo 1, años 1914 19 15), los primeros libros españoles salieron de las prensas zaragozanas. (A. £.)].

CAPITULO XXI 37

Diciembre de 1502 á Melchor Garricio de Novara, librero de Toledo.

Merced á este desarrollo de la imprenta, se salvó en su mayor parte la producción literaria de este tiempo, que quizá por eso pa- rece más considerable que la de épocas anteriores. Abundan en -ella, como habían abundado en la corte literaria de D. Juan II, las traducciones de libros clásicos, predominando entre ellos los de his- toria: el Plutarco y el Josefo, de Alonso de Palencia; el Apiano, de Alonso Maldonado, y el de Juan de Molina; el Julio César, de Die- go López de Toledo; el Salustio, de Vidal de Noya; el Tito Livio, de Fr. Pedro de Vega; el Herodiano •, de Hernando de Flores; el Quinto Curdo, catalán, de Fenollet, y el castellano de Gabriel de Castañeda; el Frontino, de Diego Guillen de Avila. De poetas de la antigüedad, se tradujeron las Metamorfosis de Ovidio, al catalán, por Francisco Alegre, y al castellano por un anónimo, cuya versión es diversa de la del Cardenal Mendoza; las Bucólicas de Virgilio, por Juan del Enzina, que fué el primero en abandonar la prosa mala- mente usada hasta entonces para la interpretación de los poetas; algunas sátiras de Juvenal, por D. Jerónimo de Villegas, prior de Covarrubias. Y entre otras obras de pasatiempo y amenidad, pasó á nuestra lengua El asno de oro, de Apuleyo, castellanizado con mu- cho donaire y viveza de estilo por Diego López de Cortegana, ar- cediano de Sevilla. No hay para qué proseguir un catálogo que en este lugar resultaría indigesto. Pero no podemos omitir que el pre- dominio de la literatura italiana, tan vivo en todo aquel siglo y en el siguiente, se manifiesta en obras tales como el Infierno, de Dante, traducido en coplas de arte mayor por el arcediano de Burgos Pedro Fernández de Villegas; un Decamerone de intérprete anóni- mo, pero muy digno de que su nombre se supiera; y varias ver- siones totales ó parciales de los Triunfos del Petrarca, por Alvar Gómez de Ciudad Real, Antonio de Obregón y otros, aunque nin- guno de ellos se atreva todavía á remedar el metro del original, y prosigan fieles á la antigua versificación castellana.

También entre las producciones originales se aventajan en nú- mero, y por lo común en calidad, las históricas, que habían sido el nervio de nuestra literatura durante todo aquel siglo. Y á la vez que

38 HISTORIA DE LA POESÍA CASTELLANA

en algunos narradores oficiales de sucesos contemporáneos y bió- grafos de claros varones, como Hernando del Pulgar, formado en la escuela de Fernán Pérez de Guzmán y del Canciller Ayala, es pa- tente la tendencia á la observación moral, y junto con ella la apro- ximación á los modelos clásicos, que el autor procura remedar in- tercalando en el proceso de su relación largas epístolas y arengas, que indirectamente revelan su pensamiento político; en otros más apartados de esta dirección erudita, persiste en lo esencial el carác- ter de la historiografía de los tiempos medios, como es de ver en Andrés Bernáldez, cura de Los Palacios, el cual, así como fué el úl- timo de nuestros cronistas, propiamente tales, vino á resultar el más ameno y sabroso de todos ellos, tanto por la grandeza é inte- rés cuasi novelesco de las cosas que registra y que en parte viór cuanto por haber sabido unir á la amable ingenuidad y á la brillan- tez pintoresca de los antiguos narradores cierta lucidez, cierto mé- todo y espíritu de curiosa indagación y arte de distribuir y compo- ner la materia, que ellos no solían tener.

Con la historia de aquellos tiempos se dan la mano, y contribu- yen á ilustrarla en gran manera, ciertas manifestaciones, directas ó indirectas, de la elocuencia política, ya en razonamientos que á veces no tienen traza de invención retórica, como el de Gómez: Manrique al pueblo de Toledo, ó el de Alonso de Quintanilla pro- poniendo el establecimiento de las Hermandades; ya en opúsculos de circunstancias, escritos á veces con tan libre espíritu y sentido tan democrático como el llamado Libro de los pensamientos varia- bles., que viene á ser dura acusación contra las tiranías de la noble- za y la opresión de los labradores. Ni en otro género que en el ora- torio podremos incluir, aunque no conste que fuesen públicamente recitados nunca, la mayor parte de los tratados del Dr. Alonso Or- tiz, que en medio del aparato escolar y á veces pedantesco, tiene arranques sublimes de sentimiento patriótico en la oración gratula- toria dirigida á los Reyes Católicos después de la conquista de Gra- nada. De Fr. Hernando de Talavera, como de otros grandes orado- res sagrados, queda más bien el recuerdo de sus obras vivas que de sus palabras muertas; pero todavía sus libros de moral doméstica conservan algún reflejo del alma de aquel apostólico varón, al

CAPITULO XXI 39

mismo tiempo que aprovechan para el estudio de las costumbres de su tiempo.

En lo didáctico, la lengua comenzaba á ser aplicada á las mate- rias más diversas. Villalobos, inspirándose en el Cántico de Avice- na, exponía en romance trovado, llana y popularmente, el compen- dio de los conocimientos médicos de su edad, y abría nuevos rum- bos á la ciencia en la sección que trata de las pestíferas bubas, monografía ponderada como dechado de observación por los sifilió- grafos más recientes. Hernán Alonso de Herrera lanzaba en idioma vulgar el primer grito de rebelión contra Aristóteles, y un deudo suyo ennoblecía las labores del campo, exponiéndolas por modo tan elegantísimo, que hubiera puesto envidia al mismo Columela.

Las flores de la imaginación engalanaron este robusto tronco, y si no nació entonces la novela española, ni entonces llegó tampoco á su apogeo, todavía hay que contar entre los timbres literarios de este período la redacción definitiva del Amadís de Gaula; la con- cepción sentimental y casi wertheriana de la Cárcel de Amor, de Diego de San Pedro; la tentativa histórico-novelesca de la Cuestión de Amor; y allá á lo lejos, no como forma intermedia entre el dra- ma y la novela, sino como obra esencialmente dramática, que anun- cia y prepara un arte nuevo, la Tragicomedia de Calisto y Melibea, con su serenidad de mármol clásico, levantado como piedra milia- ria entre la Edad Media y el Renacimiento.

Antes de exponer lo que la poesía lírica fué en este reinado, for- zoso era dar razón del ambiente moral y literario en que los poetas vivieron. No pasan en vano tantas y tales cosas delante de los ojos de los hombres en tan corto número de años, ni es posible que la fibra poética deje de estremecerse al contacto de una realidad tan poderosa. Y aunque en general pueda decirse que los poetas de aquella generación, como deslumhrados por aquella misma efusión de luz que por todas partes les penetraba, no acertaron sino rara vez á expresar digna y adecuadamente lo que sentían, dejando re- servada esta tarea para sus inmediatos sucesores; todavía importa saber en qué grado y medida concurrieron al movimiento civiliza- dor que bajo el cetro de la Reina Católica se desarrolla, y que es la introducción necesaria á las grandezas del siglo xvi. Vivían aún

4-0 HISTORIA DE LA POESÍA CASTELLANA

en este reinado y durante él escribieron algunas de sus princi- pales composiciones, la may-or parte de los poetas del reinado an- terior, Antón de Montoro, Alvarez Gato, Pero Guillen de Se- govia, los dos Manriques, cuyas obras conocemos ya. Pertene- cen más peculiarmente á esta época los franciscanos Fr. Iñigo de Mendoza y Fr. Ambrosio Montesino, el cartujano D. Juan de Padilla, el músico y poeta Juan del Enzina, el procer aragonés don Pedro Manuel de Urrea, el panegirista de la Reina Católica Diego Guillen de Avila; innumerables versificadores del Cancionero Gene- ral, entre los cuales logran mayor nombradía Cartagena, Garci- Sánchez de Badajoz, Rodrigo de Cota y Diego de San Pedro; un grupo numeroso de ingenios portugueses del Cancionero de Reséñ- ele, que cultivan indiferentemente la lengua patria y la castellana, y algunos catalanes y valencianos que también comienzan á ser bilin- gües. En el examen analítico que vamos á hacer de toda esta varia y confusa producción poética, en la cual hay muy pocas cosas de primer orden, notaremos la persistencia de ciertos rasgos propios de la literatura del siglo xv: el imperio de la alegoría dantesca, la tendencia moral didáctica y sentenciosa; y advertiremos al propio tiempo síntomas de novedad y de transformación, si no en los me- tros, en el espíritu; maridaje frecuente de lo vulgar con lo erudito, desarrollo visible de los elementos musicales del lenguaje, y un lento infiltrarse de la canción popular en la lírica cortesana, que hasta entonces la había desdeñado.

CAPITULO XXII

[LA POESÍA RELIGIOSA EN TIEMPO DE LOS REYES CATÓLICOS. FRAY IÑIGO

DE MENDOZA: SU VIDA Y SUS OBRAS J LA Vita Ckristi\ ROMANCES Y

villancicos; escenas dramáticas del poema; COMPOSICIONES políticas

DE FRAY ÍÑIGO.- FRAY AMBROSIO MONTESINO; SUS OBRAS ; EL CdílCtO-

nero de montesino; influencia en él de la tradición franciscana y especialmente del beato jacopone de todi; transfusión de la poesía popular en la artística. el Cancionero de juan de luzón.

FRAY HERNANDO DE TALAYERA] .

La poesía religiosa, en tiempo de los Reyes Católicos, está repre- sentada especialmente por dos franciscanos, Fr. Iñigo de Mendoza y Fr. Ambrosio Montesino, y por un monje cartujo, Juan de Padi- lla. Los dos primeros conservan muchos rasgos de la poesía tradi- cional de su orden, y en el segundo, sobre todo, es visible la in- fluencia de los Cánticos Espirituales del Beato Jacopone de Todi, así en la expresión popular de los afectos místicos, como en lo can- doroso y enérgico de la sátira moral.

Poco sabemos de la vida de Fr. Iñigo de Mendoza (i), homónimo del Marqués de Santillana. Su apellido induce á creer que estaba unido con la casa del Infantado por algún género de parentesco le- gítimo ó ilegítimo, ó meramente por adopción en el bautismo, y deudo espiritual. Quizá fuera judío converso y habría tomado al bautizarse el nombre de su padrino, como era costumbre en aque- llos tiempos. Las noticias que tenemos de este fraile menor no le presentan como muy rígido observante, sino más bien como uno de

(i) López de Mendoza le llaman Amador de los Ríos y otros, pero no en- cuentro el López en ninguna de las ediciones antiguas de su Cancionero.

42 HISTORIA DE LA POESÍA CASTELLANA

aquellos conventuales aseglarados á quienes tuvo que reformar, con tanta contradicción y lucha, el gran Cisneros. Vemos al Fr. Iñigo muy introducido en palacio, festejado de los cortesanos por su ta- lento poético, y envuelto al parecer en galanteos, muy ocasionados y pecaminosos. Dos largas composiciones hay en el Cancionero Ge- neral (núms. 814 y 815)) destinadas únicamente á zaherirle por su gala y atildamiento, impropios de un religioso, y por su afición á los placeres mundanos. Un obscuro trovador, llamado Vázquez de Palencia, endereza ciertas coplas á su amiga porque le envió á pedir la obra de « Vita Christh, que era, como adelante veremos, el más sólido fundamento de la reputación poética de Fr. Iñigo; y aprove- cha la ocasión para decir del fray le revolvedor y afortunado en amo- res, las siguientes lindezas, y otras que por brevedad omito:

Este religioso santo, Metido en vanos plazeres, Es un lobo en pardo manto: ¿Cómo entiende y sabe tanto Del tracto de las mujeres?

Tiene los ojos por suelo Con muy falsa ypocresía, Y con esto haze vuelo: Que todo viene al señuelo De su gentil fantasía.

Que no penséys por las ramas, Mas antes dentro en el bayle, Vi de sus perversas ramas, En afeytes de las damas Quál el diablo puso al fraile.

Otro galán, descontento también del lindo frayle de palacio, le increpa en estos términos, con acusaciones todavía más graves y directas:

Discreto Frayle, señor, Ya callar esto no puedo, Porque amores dan dolor Á vos que serie mejor Cantar bajo vuestro Credo...

CAPITULO XXII 43

Que el amor del como vos, Frayle profeso y benigno, Todo deve estar con Dios, No querelle traer en pos De quien tuerce tal camino.

Amor de ser el primero A vuestras oras venir Mucho presto y muy ligero; Amor de ser postrimero Del monesterio sallir;

No el primero de los moles C071 damas que dan deseo, Envidar, tener sus cotes; Las razones sin dar botes Rechazarlas de boleo.

Amor de traer cilicio, Amor de gran abstinencia, Amor de hazer servicio Al señor del beneficio, Amor de buena conciencia.

Amor en siempre rezar Las horas devotamente; Amor de muy bien guardar Vuestra regla sin errar; Amor de ser obediente:

No guardar mirar por dónde Hablares la dama vuestra...

No por gracia el cecear Contrahaciendo el galán; No el reyr, no el burlar, No de muy contino estar Do amores vienen y van.

No pedir favor á damas, No servirlas con canciones, No encenderos en sus flamas, Que son peligrosas llamas Para sanar los perdones.

44 HISTORIA DE LA POESÍA CASTELLANA

No con risueño mirar, Viendo gracia en la mujer, Desealla festejar, Y dalle bien á mostrar Que cartas layrdn á ver.

Xo las monjas requsrir Alachas veces á mentido.

A. tal distancia de tiempo, es imposible determinar lo que pueda haber de cierto en estas detracciones, nacidas acaso de la envidia de los cortesanos contra el favor que disfrutaba Fr. Iñigo; y quizá todavía más de la libertad y franqueza de los rasgos satíricos en que abundan sus composiciones, sin exceptuar las ascéticas, y que de- bieron de granjearle más de un enemigo. Pero si sus costumbres hubiesen sido tan livianas como se da á entender en los versos trans- critos, jamás la severidad de la reina Isabel hubiera consentido en su corte á tan relajado fraile, aun antes de la reforma de los regu- lares, en que tanto empeño mostró aquella heroica hembra. Por otra parte, en los muchos versos que tenemos de Fr. Iñigo, no hay cosa alguna que desdiga de su profesión religiosa, y muchas que prueban la entereza de su carácter, la libertad cristiana de su espí- ritu y la ferviente piedad de su corazón.

Estas obras, hoy demasiado olvidadas, pero que fueron en su tiempo de las más populares, y de las primeras que merecieron los honores de la imprenta, son principalmente el poema de Vita Ch?'isti, compuesto á petición de Doña Juana de Cartagena; el Ser- món trovado sobre las armas del rey D. Fernando, el Dictado en vi- tuperio de las malas mujeres y alabanza de las buenas, las Coplas en loor de los Reyes Católicos, la Cena que Nuestro Señor fizo á sus discí- pulos, el Dechado de la reina Doña Isabel, la Justa de la razón contra la sensualidad, los Gozos de Nuestra Señora, la Pasión del Redentor, las Coplas al Espíritu Santo, y la Lamentación á la quinta angustia, guando Nuestra Señora tenía á Nuestro Señor en sus brazos (i).

(i) Las primitivas ediciones de las obras poéticas de Fr. Iñigo de Mendo- za se cuentan entre los libros más raros de la tipografía del siglo xv; y como algunas de ellas no llevan fecha, no es fácil determinar su orden cronológi-

CAPITULO XXII 45

La más extensa de estas obras, y la que en su tiempo fué más célebre, es el Vita Christi, que, con ser muy larga, no pasó nunca del estado de fragmento, pues no alcanza más que hasta la degolla-

co. De las más antiguas es, sin duda, la que posee la Biblioteca Escurialense, libro gótico, sin lugar ni año, ni foliatura ni reclamos; pero con signaturas de á ocho hojas. Contiene el Vita xpi fecho por coplas... dpetició de la muy virtuosa señora doña Juana de Cartagena; el Sermón trobado que fizo frey yñigo demédoza al muy alto y muy poderoso príncipe rey y señor el rey do femado rey de Castilla y de aragon sobre el yugo y coyundas que su alteza traite por devisa; el Dezir de D. Jorge Manrique por la muerte de su padre, y el Regimiento de Principes de Gómez Manrique, con la dedicatoria en prosa.

Las poesías de Fr. Iñigo de Mendoza fueron el fondo principal de varios cancioneros, que son indisputablemente los más antiguos que se publicaron en España. Hay uno sin lugar ni año, pero que á juzgar por los tipos, es de Antón de Centenera, impresor de Zamora. Comienza con el Vita Christi, al cual siguen el Sermón trobado, las Coplas en vituperio de las malas hembras y en loor de las buenas; otras en que declara cómo por el advenimiento de los Re- yes Católicos es reparada nuestra Castilla; el Dechado de la Reina Católica; la Justa de la razón contra la sensualidad; los Gozos; la Cena de Nuestro Señor; la Pasión de nuestro Redentor; coplas á la Verónica y al Espíritu Santo; Lamen- tación de la quinta angustia. Ocupan lo restante del tomo las coplas de Jorge Manrique, las de Juan de Mena sobre los pecados mortales, y una pregunta de Sancho de Rojas á un aragonés sobre el amor.

Centenera reimprimió en Zamora «á 25 de Enero, año de 1482» el Vita Chris- ti y el Sermón trobado, que se encuentran constantemente unidos al Regimiento de Príncipes de Gómez Manrique, en los pocos ejemplares que se conservan.

Amador de los Ríos menciona otra edición de Toledo, en casa de Juan Vázquez, sin año, que contiene todos los tratados incluidos en la primitiva de Centenera, y además la Pasión de Cristo del Comendador Román. Juan Váz- quez imprimía ya en 1486, y, por consiguiente, esta edición suya puede ser anterior á la de Zaragoza, «por industria y expensas de Paulo Hurtas de Cons- tancia alemán», 1492, que lleva por encabezamiento Coplas de Vita Chrislz\ de la Cena la pasió y de la Verónica la resurrecció de nuestro redentor. É las siete angustias ¿siete gozos de Nuestra Señora, con otras obras mucho pro- vechosas. Este rarísimo cancionero reproduce la mayor parte de las obras de Fr. Iñigo contenidas en los anteriores, y también las Coplas de Jorge Manri- que, y las de Juan de Mena sobre los pecados mortales, y añade otras varias de diversos trovadores, tales como las «Coplas de la pasión» y las «de las siete angustias de Nuestra Señora» por Diego de St. Pedro; unas «Coplas en loor de Nuestra Señora, fechas por Ervías»; la Hystoria de la Sacratissima Virgen María del Pilar de Zaragoza, fechas por Medina (que quizá sea la más antigua

46 HISTORIA DE LA POESÍA CASTELLANA

ción de los inocentes. Otras partes de la vida del Redentor trató Fr. Iñigo en las coplas de la Cena, en las de la Pasión, etc., pero no es seguro que estas composiciones, que tienen unidad propia, y

poesía sobre este argumento"; la Obra de la Resurrección de Nuestro Redentor, por Pero Ximénez; un Dezir gracioso y sotil de la muerte, por Fernán Pérez de Guzmán; la Obra de los diez mandamientos é de los siete pecados mortales con sus virtudes contrarias y las catorce obras de misericordia temporales y espirituales, por Fr. Juan de Ciudad Rodrigo.

El Cancionero de Ramón de Llavia, impreso también en Zaragoza, y al pare- cer algunos años antes de éste, trae de Fr. Iñigo dos composiciones no más: el Dechado y regimiento de prÍ7i:ipes y las Coplas á las mujeres en loor de las vir- tuosas y reprehensión de las que no son tales. Las demás poesías son de Fernán Pérez de Guzmán, Juan de Mena, Jorge Manrique, Juan Álvarez Gato, D. Gó- mez Manrique, Gonzalo Martínez de Medina, Fernán Sánchez Talavera y Fr. Gauberte Fabricio de Vagad: todas ellas más ó menos ascéticas.

D. Fernando Colón, en el Registrum de su biblioteca, anota otra edición de las Coplas de Vita Christi (al parecer solas), hecha en Sevilla, 1506, á dos co- lumnas y con láminas.

Los Cancioneros generales contienen muy pocas poesías de Fr. Iñigo. En el de Valencia, 1511, sólo hay dos brevísimas: una de ellas es un mote de cuatro líneas. La otra es una canción, que reproduzco, por ser la única poesía pro- fana y amatoria que nos queda de nuestro autor:

Para jamás olvidaros Ni jamás á olvidarme, Para yo desesperarme

Y vos nunca apiadaros,

¡Ay que mal hize en miraros! No pueden mis ojos veros Sin que me causen sospiros, Mi forzado requeriros, Mi nunca poder venceros. Para siempre conquistaros

Y vos siempre desdeñarme, Para yo desesperarme,

Y vos nunca apiadaros,

¡Ay qué mal hize en miraros!

En la Biblioteca del Escorial (III. K. 7) se conserva un cancionero manus- crito de las principales poesías de Fr. Iñigo, que ofrece muchas variantes respecto de los textos impresos.

Además de sus poesías, hay de Fr. Iñigo un libro rarísimo en prosa, que Gallardo describe en estos términos:

CAPITULO XXII 47

-que siempre se imprimieron como piezas distintas, fuesen destina- das por su autor á entrar en su obra capital; ni están tampoco en el mismo metro.

El Vita Christi resulta tan dilatado, merced á las digresiones morales y aun satíricas con que á cada momento interrumpe el autor su narración. La mayor parte del poema está en quintillas dobles, comenzando con esta cristiana invocación:

Aclara, sol divinal, La cerrada niebla oscura Que en el linaje humanal Por la culpa paternal Desde el comienzo nos dura; Despierta la voluntad, Endereza la memoria, Porque syn contrariedad A tu alta majestad Se cante divina gloria...

Vienen á continuación los loores de Nuestra Señora, entrevera- dos con una picante sátira sobre los devaneos y flaquezas de las da- mas del tiempo de Fr. Iñigo (y éste fué sin duda el pasaje que pro- vocó las iras de sus censores). El misterio de la Encarnación, la his- toria de la Natividad, la Circuncisión del Señor, la adoración de los Reyes Magos, la presentación de Jesús en el templo, llenan lo res- tante del libro, que bruscamente queda interrumpido, como ya se ha dicho, en el cuadro de la degollación de los inocentes.

En la narración hay mucha fluidez y gracia; notable desembarazo en la parte satírica; pero lo que principalmente recomienda el poema

sComietifa un tratado breve y muy bueno de las cerimonias de la missa sus contéplaciones compuesto por frav Iñigo de medoca.-»

(Al fin): « Acabóse este presente tratado... Impresso por tres alemanes cópañeros. En el año del nascimiento de nuestro señor de Mil CCCC y XCIX años, d VII días del mes de Junio.* Cuarto gótico, sin reclamos ni foliatura, pero con signaturas.

Este tratado, dividido en doce capítulos, está dedicado á Doña Juana de Mendoza, mujer de Gómez Manrique, y precedido de una carta al maestro en Teología Gómez de Santa Gadea, sometiendo á su juicio y corrección el libro.

48 HISTORIA DE LA POESÍA CASTELLANA

y le da carácter popular, es la presencia de elementos líricos, himnos, romances y villancicos. La aparición de los romances, sobre todo, es muy digna de tenerse en cuenta, y veremos que se repite en el Can- cionero de Fr. Ambrosio Montesino. Fr. Iñigo de Mendoza intercala en su Vita Christi uno que pone en boca de los serafines, y comienza:

Gozó muestran en la tierra, Y en el limbo alegría; Fiestas fagan en el cielo Por el parto de María...

Todavía es más característico del tiempo y de la escuela trovado- resca semi-popular en que no dudamos afiliar á nuestro franciscano, esta desfecha de un villancico que parece de Juan del Enzina, aun- que trovado á lo divino:

Eres niño y has amor: ¿Qué farás cuando mayor?

A la vez que estos accesorios líricos, encontramos en el Vita Christi una escena casi dramática, la aparición del Ángel á los pas- tores para anunciarles la Natividad: una especie de égloga, farsa ó representación, escrita en el mismo lenguaje villanesco «provocante á riso-» de que se había valido el autor de las Coplas de Mingo Re- vulgo, é iba á valerse el ilustre músico salmantino, patriarca de nues- tra escena. Fr. Iñigo prepara de este modo el episodio, disculpándo- se de mezclar cosas de donaire y honesta alegría en tema tan sagrado:

Porque non pueden estar En un rigor toda vía Los arcos para tirar, Suélenlos desempulgar Alguna pieza del día. Pues razón fué de mezclar Estas chufas de pastores Para poder recrear, Despertar y renovar La gana de los lectores.

Si se exceptúan algunos versos de relato en que habla el autor, todo lo demás es un diálogo perfectamente representable, entre los

CAPITULO XXII

49

pastores Juan y Mingo y el Ángel. Véase alguna muestra, ya que esta pieza ha sido enteramente olvidada por los que han tratado de los orígenes de nuestra escena:

Mingo. Cata, cata, Juan Pastor,

Yo juro á pecador

Un hombre vien volando. Juan. ¡Sí, para Sant Julián!

Y allega somo la peña. Purraca el zurrón del pan, Acogerme he á Sant Milián, Que se me eriza la greña...

Mingo. ¿Tú eres hi de Pascual,

El del huerte corazón? Torna, torna en ti, zagal; que no nos hará mal Tan adornado garzón. Pónteme aquí á la pareja,

Y venga lo que viniere; Que la mi perra Bermeja Le sobará la peleja

A quien algo nos quisiere. Juan. Y si nos habla bien luego

Faremos presto del fuego Para guisalle un tasajo; Que no puedo imaginar, Hablando, Mingo, de veras, Qué hombre sepa volar Si no es Johan escolar, Que sabe de encantaderas...

Ángel. ¡O pobrecillos pastores,

Todo el mundo alegre sea; Que el Señor de los Señores Por salvar los pecadores Es nacido en vuestra aldea!

Es ya vuestra humanidad Por este fijo de Dios Libre de catividad.

Y es fuera la enemistad De entre nosotros y vos:

Menéndez t Pelayo. Poesía castellana. III.

HISTORIA DE LA POESÍA CASTELLANA

Y vuestra muerte primera Con su muerte será muerta,

Y luego que aqueste muera, Sabe que el cielo os espera Á todos á puerta abierta.

No curéis de titubar

Y os daré cierta señal: Id á do suelen atar

Los que vienen á comprar Sus bestias en el portal; Do sin más pontifical, Ó varones sin engaños, Veréis en carne mortal La persona divinal Empañada en pobres paños. Juan. Minguillo, daca, levanta,

No me muestres más empacho, Que, según éste nos canta, Alguna cosa muy santa Debe ser este mochacho.

Mingo. Para sa-caso te digo

Que puedes asmar de tanto, Que si no fueses mi amigo, Allá no fuese contigo, Según que tengo el espanto: Que hoy á pocas estaba De caer muerto en el suelo, Cuando el hombre que volaba Oiste que nos cantaba Que era Dios este mozuelo.

Mas no quiero estorcijar De lo que tú, Juan, has gana; Pues que huiste á baylar Cuando te lo huy á rogar Para las bodas de Juana. Mas lleva allá el caramiello, Los albogues y el rabé, Con que hagas al chiquiello Un huerte son agudiello, Que quizá yo bailaré.

Pues luego de mañanilla

CAPÍTULO XXII 51

Tomemos nuestro endiliño,

Y lieva en la cestilla Puesta alguna mantequilla Para la madre del niño.

Y si están ahí garzones, Como es día de Domingo, Harás tú, Juan, de los sones Que sabes de saltajones:

Y verás cuál anda Mingo. Llamemos á Pascualejo,

El hi de Juan de Trascalle, Para que mire sobejo Aquel ciaron tan bermejo Que relumbra todo el valle. ¡Cuan claro que está el otero! Yo te juro á Sant Pelayo Para ser cabo el enero Nunca vi tal relumbrero, Ni aunque fuese por el mayo.

¡Ó, bien de mí, qué donzella Que canta cabo el chiquito! Mira qué voz delgadiella: Mal año para Juaniella, Aunque canta voz en grito. ¡Oh, hi de Dios, qué gasajo Habrás, Mingo, si lo escuchasl Ni aun comer sopas en ajo, Ni borregos en tasajo, Ni sopar huerte las puchas.

¿No sientes huerte pracer En oir aquel cantar? ¡Ó, cuerpo de su poder! No me puedo contener Que no vaya á lo mirar. Mira cuánto gran lucillo En Belén el aldeyuella: Llama, llama á Terrebillo: Tañerá su caramillo Y yo la mi churumbella.

Yo tañeré mi rabé Que tengo en la mi hatera,

52 HISTORIA DE LA POESÍA CASTELLANA

El que viste que labré, Después que me desposé Andando en el encinera...

La misma animación y regocijo, y el mismo alegre y saludable realismo, hay en la relación del pastor, que cuenta todo lo que había visto en el portal de Belén:

El uno dijo en concejo: ¡Ó, si vieras, hi de Mingo, Nieto de Pascual el viejo, En un pobre portalejo Lo que vimos el domingo!

Vi salir por el collado Claridad relampaguera, Aunque estaba enzamarrado, Durmiendo con mi ganado En esa verde pradera. Los zagales con la dueña Cantaban tan hnertemente, Que derramé la peña La leche de mi terrena, Por mejor para-llo miente.

Y más te digo de veras, Que aun antes rodeando Las ovejas parideras, De somo las conejeras Vi los Ángeles cantando.

El tempero ventiscaba De cabo de regañón, El cierzo asmo que helaba, El gallego lloveznaba Por todo mi zamarrón. Mas viendo cantar de vero Con la gayta los garzones, Desnuyé la piel de cuero, Por correr así ligero Á notar las sus canciones.

Vilos claros como el rayo, Y al ruedo de sus cantares, Á la dejé mi sayo,

CAPÍTULO XXII 53

Y baylé sin capisayo Por somo los escolares,

Y tomé tanta alegría Con su linda cantadera, Que á sobejo parecía Que panar se revertía Por la mi gargomillera...

Hemos indicado antes el parentesco literario que media entre el autor del Vita Ckristi y el de las Coplas de Mingo Revulgo. Esta derivación es principalmente visible, y aun el mismo Fr. Iñigo la declara y confiesa, en aquella parte del poema en que, al tratar de la Circuncisión del Señor, rompe bien inesperadamente en una sátira política, exhortando á los castellanos á que circunciden la mala guarda de la Justicia, el dormir de la Templanza, la ceguedad de la Prudencia y los cohechos de la Fortaleza:

Y circunscide Castilla El atreverse del vulgo Contra la Perra Jtistilla Que vistes en la trailla Del pastor Mingo Revulgo. Sino que si han barruntado Que no está la perra suelta, Los veréis como priado, Nunca medrará el ganado

Y el pastor con ella á vuelta.

Justillo, no sale íuera. ¡Ay que guay de nuestro hato, Porque mala muerte muera Duerme la otra tetnpera Perra de Gil Arr ib atol ¡Ó negligente pastor! Ve circuncidar el sueño; Que en el día del dolor Hasta el cordero menor Te hará pagar su dueño.

Y acaba remitiéndose, para el remedio de los males del reino, á jaquel pastoral escripto de las Coplas Aldeanas*.

54 HISTORIA DE LA POESÍA CASTELLANA

Estas alusiones políticas hacen creer que pertenezca el Vita Christi á los primeros días de este reinado, en que tanto el fraile Mendoza como Gómez Manrique, Antón de Montoro y otros trova- dores nobles y plebeyos, pusieron dignamente su musa al servicio de la causa de la justicia y del orden social contra el anárquico desconcierto de que, con mano durísima, iba triunfando la Reina Católica. Tres largas composiciones enteramente políticas nos quedan de Fr. Iñigo: el Dechado de la reina Doña Isabel (que suele también llamarse Regimiento de Príncipes, como el de Gómez Manrique), el Sermón trovado al entonces príncipe de Sicilia don Fernando «sobre el yugo y coyundas que su alteza trahe por divisa» (i) y las «coplas en que declara como por el adveni- miento destos muy altos señores es reparada nuestra Castilla» (2). El Dechado es la más ingeniosa y bien escrita, aunque el artificio alegórico peca de excesivamente sutil. ¡Pero cuánta sinceridad y valentía hay en los consejos del poeta, y cuan bien debieron de sonar en los oídos de la Reina Católica, por lo mismo que iban limpios de toda mancha de adulación é interés!

(r) Comienzan:

(2) Inc.

Príncipe muy soberano, Nuestro natural señor, Contraste de lo tirano, De lo sano castellano Mucho amado y amador, A quien de drecho y razón Vestieron ropa de estado De Castilla y de León Bordada con Aragón...

¡Oh divina Caridad, Quien limpia nuestras mancillas, que siguiendo verdad Con tu santa santidad Haces siempre maravillas: que vives, que duras, Sólo bien que no se daña; que en tus santas alturas Soldaste las quebraduras De nuestros reinos de España...!

capitulo xxn 55

Pues, reyna nuestra señora,

Lo que dora Los leales gobernalles, Es que ande por las calles

Fecha dalles Vuestra espada matadora; Que si la gente traydora,

Robadora, Anda suelta sin castigo, A Dios pongo por testigo,

Ved que os digo, Que veres el mal de agora Cómo siempre se empeora.

Pues si non queréys perder

Y ver caher, Más de quanto está caydo, Vuestro reyno dolorido,

Tan perdido, Que es dolor de lo ver, Emplead vuestro poder

En facer Justicias mucho complidas; Que matando pocas vidas

Corrompidas, Todo el reyno, á mi creer, Salvaréys de perecer.

En el real corazón

Nunca pasión Debe turbar la esperanza: Su real lanza y balanza

Sin mudanza Se muestre siempre en un son; Que, segund la presunción

Desta nación, Si le sienten cobardía, Vos veréis la tiranía,

Cada día Sembrará más destruyción En toda nuestra región.

56 HISTORIA DE LA POESÍA CASTELLANA

A los alanos crescidos

Los ladridos De los pequeños perrillos Non da temor el oillos

Ni el sentillos Alrededor tan ardidos, Pues así los alaridos

Desabridos A los reyes de vasallos Non deben nada mudallos

Nin turballos, Pues se fallan tan subidos Que deben de ser temidos.

En este sermón poético, que tiene trozos muy gentilmente versi- ficados (y puede leerse íntegro en el texto de nuestra Antología) compitió Fr. Iñigo de Mendoza con lo mejor de Gómez Manrique, mostrándose aventajado discípulo así en la substancia como en el modo, y convirtiendo, á imitación suya, la sátira política en severo magisterio y función social generosa, en vez del carácter agresivo é iracundo que había tenido en los afrentosos tiempos de Enri- que IV.

Para conocer por entero á este simpático y fecundo poeta, hay que leer además sus composiciones alegóricas, como la Justa y di- ferencia que hay entre la razón y la sensualidad sobre la felicidad y bienaventuranza humana, donde manifiestamente sigue las huellas de Juan de Mena en las Coplas de los siete pecados mortales; y las meramente didáctico-morales con punta satírica, especialmente el Dictado en vituperio de las malas hembras, que no pueden las tales ser dichas mujeres... y en loor de las buenas mujeres que mucho tritm- fo de honor merecen. Pero, en general, sus versos sagrados valen más que los profanos, á pesar de las malignas insinuaciones de sus ad- versarios.

Sólo en materias piadosas ejercitó la pluma otro fraile de la orden de Menores, en el convento de San Juan de los Reyes de Toledo, Fr. Ambrosio Montesino, natural de Huete, obispo de Cerdeña, pro- sista de grave, castizo y abundante estilo, poeta de rica vena, de mucha ingenuidad y sentimiento piadoso. Fué su principal trabajo,

CAPITULO XXII 57

emprendido por mandamiento de los Reyes Católicos, la traducción del Vita Christi del monje cartujo de Strasburgo Landulfo de Sajo- rna, comúnmente llamado el Cartujano; extensa vida del Redentor conforme al texto de los Evangelios, dilatado con meditaciones y comentarios, donde caudalosamente vierte su autor, famoso en los tiempos medios, lo más selecto de la doctrina de los Padres de la Iglesia. La traducción, que está hecha en noble y robusto lenguaje, y es una de las mejores muestras de la prosa de aquel tiempo, me- reció la honra de servir de lectura espiritual al Beato Juan de Avila y á Santa Teresa de Jesús, y durante todo el siglo xvi fué libro de uso frecuente entre los predicadores, para quienes había dispuesto el traductor una Tabla metódica á modo de repertorio (i). Retocó,

(i) Este Vita Christi del Cartujano fué magníficamente impreso á costa de Cisneros, que con él inauguró dignamente la tipografía de Alcalá. Consta de cuatro hermosos volúmenes en folio, de los cuales apenas existe juego completo en ninguna biblioteca. Al fin del primer tomo, se lee:

«Aquí se acaba el primero volutnen de la primera parte del vita xpi cartuxano, interpretado del latín en romáce por fray Ambrosio mótesino de la ordé del sanc- iissimo seraphico Frácisco \ por mádamiento de los xpristianissimos reyes de Es- paña el rey do Fernando y la rei?ia doña Isabel... ipmido por idusiria y arte del muy igenioso y horrado Stanislao dy Polonia varó precipuo del arle impssoria: e impremiose á costa ei expensas del virtuoso é muy noble varón garcía de rueda j en la muy noble villa de Alcalá d1 henares ¡ a XX J rij días del mes de Hebrero del año de nra reparación de mili y quinientos y tres.-»

El segundo y tercer tomo tienen la misma fecha, pero el cuarto lleva la de 1502 en algunos ejemplares, y como no es de suponer que se imprimiese antes que los otros, parece necesario admitir la existencia de dos ediciones del mismo impresor, una más lujosa que otra. (Vid. Catalina García, Ensayo de tina Tipografía Complutense, Madrid, 1889.)

De las notas finales de estos volúmenes, se infiere que Fr. Ambrosio «diose á la interpretación en la noble cibdad de Huepte cibdad de su nacimiento e' na- turaleza, XXIX días del mes de noviembre año de la natividad del señor de mil y quatrocientos y noventa y nueve años», y terminó la primera parte aquel mismo año en la villa de Cifuentes.

Ya en 1446 había sido traducida al portugués la misma obra por Fr. Ber- nardo de Alcobaza, cisterciense, por encargo de su abad D. Esteban de Aguiar. Creemos que esta traducción era diversa de la que cincuenta años después fué impresa también en cuatro tomos en folio, en Lisboa, 1495, Por Nicolás de Sajonia y Valentín de Moravia, compañeros, pues en ésta se dice

¿8 HISTORIA DE LA POESÍA CASTELLANA

además, Fr. Ambrosio, por orden del Rey Católico, una antigua versión de las Epístolas y Evangelios para todo el año con sus doc- trinas y sermones, mejorándola de tal suerte, que Mayans, en su Orador Ckristiano, la llama, con razón, «un monumento del len-

que fué mandada hacer por la infanta Doña Isabel, duquesa de Coimbra, y que el traductor fué el Abad del Monasterio de San Pablo, cuyo trabajo fué revisado y corregido por los padres franciscanos observantes de Enxobregas. También aquí se da la rareza de aparecer el cuarto tomo con fecha algo an- terior al tercero (éste en Noviembre, aquél en Marzo).

No menos apreciable que las traducciones castellana y portuguesa, bajo el aspecto del lenguaje, y todavía más rara que ninguna de ellas, es la catalana que hizo el famoso poeta valenciano Juan Roiz de Corella, maestro en Sagrada Teología; á ruegos del magnífico caballero Fr. Jayme del Bosch, de la orden de Montesa. Son también cuatro espléndidos volúmenes en folio, que es casi imposible ver juntos. El primer tomo (Lo primer del Cartoxa) aparece impreso en 1496, el segundo en 1500, el tercero no tiene lugar ni año, y el cuarto (Lo quart del Cartoxa), por una singularidad biblio- gráfica que se repite aquí por tercera vez en impresiones de este libro, llévala fecha de 1495, y fué reimpreso en 1513. Termina con la magnífica Oracio'ti de Corella, que es uno de los mejores trozos de la poesía catalana del siglo xv.

El Vita Christi del Cartujano no debe confundirse con otras obras del mis- mo título y asunto que por entonces estuvieron muy en boga, tales como la del catalán Fr. Francisco Eximenis, obispo de Elna, la cual hizo traducir al castellano, corrigiéndola y adicionándola, Fr. Hernando de Talavera, y pasa por el primer libro impreso en Granada, siendo por otra parte uno de los más bellos que en todo aquel siglo se imprimieron en cualquier parte de Europa. (Primer volumen de Vita Xpi de Fr. Francisco Xymenes, corregido y añadido por el arzobispo áe Granada: y hizole imprimir porque es muy provecho- so. Contiene quasi iodos los evangelios del año... Fué acabado y empresso... en la grande e nóbrada cibdad de Granada en el postrimero dia del mes de Abril. Año del Señor de mili CCCC XC Vj, por Afevnardo Vngut e Jhoánes de noréberga ale- manes); y el rarísimo Vita Christi de la abadesa de la Trinidad, Sor Isabel de Yillena (en el siglo Doña Leonor Manuel de Villena, hija natural del famoso marqués D. Enrique), dado á la estampa en Valencia, 1497, por Lope de Roca, alemán.

Los diversos volúmenes del Cartujano de Montesino fueron varias veces reimpresos, casi siempre en Sevilla ( 1 53 1 , por Juan Cromberger, 1537, 1543, •544. '55'--)¡ pero son raras todas estas ediciones, y las más veces se encuen- tran descabaladas, por el gran consumo que se hacía de ellas. La última que Nicolás Antonio cita es de 1627.

CAPITULO XXII 59

guaje castizo español». Por algún tiempo sufrió la suerte común á todas las versiones totales ó parciales de la Sagrada Escritura en lengua vulgar, siendo recogida según las reglas del expurgatorio, hasta que volvió á imprimirla en 1 585 Fr. Román de Vallecillo, que tuvo el mal acuerdo de modernizar el lenguaje (i). Otras versiones de obras de piedad hizo Fr. Ambrosio, entre ellas las Meditaciones

(1) La primera edición de las Epístolas y Evangelios se hizo en Toledo, 1512. No la hemos visto, pero la segunda, también de Toledo, que es de 1535: Epístolas i evágelios. / Por todo el año sus do trinas y ser /nones. ¡ Según la reformación ¿interpretación que / desta obra hizo fray Ambrosio mon- tesino. [ Por mandado del rey nuestro señor. Muy li / mada y reducida a la ver- dadera intelligencia de ¡ las sentencias: y a la propiedad de los vo- / cabios del ro- mdce de Castilla: obra muy catholicay de gran provecho y devoción para la sa- / lud de las animas de los fieles dejesu christo. lmpressas Año II. D.XXXV.

(Al fin): Aquí se da fin á la interpretación y declaración de las Epístolas y Evágelios de todo el año: según que la seta, madre yglesia los evágeliza por diver- sas partes del mudo: en iodos los domingos y fiestas: y en iodos los otros dias fe- riales: assi del santo advenimiento del señor como de la quaresma y de todos los otros dias q tiene eplas y evágelios propios. Y del comñ de los santos: y de los de fuñios: todos los sermones principales: catholicos: morales y muy devotos q a cada domingo y fiesta pertenecen... La qual interpretado fué reformada y restau- rada có grá diligencia y reduzida a la verdadera ppiedad del estilo, y de los voca- blos castellanos. E a la verdade? a y propia inlelligécia de las sentencias que en todo este libro se cótiene: q eslava muy corruptas y disformes. O por inadverten- cia del auctor o por vicio y defecto de los diversos impressores. La qual reformado y correcció y emieda hizo el reverendo señor padre fray Ambrosio montesino de la orden de los fraxles menores: en el moneslerio de sant Juan de los Reyes de la dicha orden en la imperial ciudad de Toledo. Por mandado del mas catholico e muy poderoso Rey don Fernando nuestro señor... Acabóse la presente obra a veynte y siete dias de Otubre. Año del señor de mil y quinientos y treyntay cinco años. Fue impressa en la imperial cibdad de Toledo en casa de Juan de Villaqui- rán y Juan de Ayala. Fol.

En la epístola prohemial dice Fr. Ambrosio: «La cual obra vuestra Alteza »mandó á su más leal y antiguo predicador y siervo reformar, restaurar y »reduzir á la verdadera interpretación é integridad della según el romance » de Castilla, porque estaba muy corrompida, confusa é disforme: así por la » impropiedad y torpedad de los vocablos que tenía, como por la confusión »y escuridad de las sentencias. La qual en algunos passos más parecía escrip- > tura de bárbaros que de fieles. Lo qual pudo ser parte por inadvertencia »del autor, y parte por la negligencia y error de los impressores... Yo he

6o HISTORIA DE U POESÍA CASTELLANA

de San Agustín, que quedaron inéditas; y compiló un Breviario de la Inmaculada Concepción, para uso de las religiosas de su orden, con lecciones para todos los días de la semana y algunos himnos.

Sus obras poéticas están recogidas en un Cancionero, de que hay por lo menos cuatro ediciones, todas ellas de Toledo, la primera de 1508 (i). La mayor parte de las obras incluidas en esta colección,

» mucho trabajado por la limar, quitándole todos los defectos que tenía, con »gran vigilancia y diligencia.»

Yerran, pues, Jos que con Mayans creen trabajo exclusivo y personal de Fr. Ambrosio esta versión, de la cual fué corrector y no autor, como bien claramente se infiere de lo transcrito.

Recogido el libro á consecuencia del índice Expurgatorio de Valdés de 1 559, no volvió á imprimirse hasta 1586, después de alzada la prohibición por el índice de Quiroga. (Epístolas y Evangelios... Compuesto por el muy R. P. fray Ambrosio Montesino... Agora nuevamente visto y corregido, y puesto conforme al orde?i y estilo del missal, y rezo Romano de nuestro muy S. P. Pío V. Por el muy R. P. fray Román de Vallezillo, de la orden de San Benito y conmissario del Sto. Officio en la villa de Medina del Campo y su partido... En Medina del Campo, por Francisco del Canto, folio.)

La traducción inédita de las Meditaciones de San Agustín, se conserva en la Biblioteca de la Historia (colección Salazar).

(1) Cancionero de diversas obras de nuevo trobadas: todas compuestas: hechas y corregidas por el pa / dre fray Ambrosio Montesino de / la orden de los menores.

(Al fin): Aquí acaba el cancionero de todas las coplas del rever édo padre fray Ambrosio montesino... Las guales él mismo reformé y corngié: estando ¡presente á esta impression que fué fecha en la imperial ciudad de Tole- ¡ do á XVJ del mes de junio del año de nuestra reparado de Mili v quinientos v ocho años.

Toledo, por Juan de Villaquirán, impressor de libros. Acabosse á veynte y cinco dias del mes de Mayo, ano de mil et quinientos y veinte años.

Toledo, en casa de Miguel de Eguia. Año de mily quinientos y veinte e siete años.

Toledo, por Juan de Ayala. Año de mil y quinientos y treyntay siete.

D. Justo Sancha hizo el buen servicio de reimprimir esta obra en la curiosa antología que con el título de Romancero y Cancionero Sagrados formó para la Biblioteca de Rivadeneyra (tomo 35).

En el Bulle tin du Bibliophile de Techener (Paris, 1844, pp. 1157a 1161) publicó A. Jubinal una noticia bibliográfica del Cancionero de Montesino (ed. de 1527) y de otros dos rarísimos libros españoles conservados en la Bi- blioteca-museo de Fabre (Montpellier). Notó acertadamente las reminiscen- cias de canciones populares, y íué el primero que transcribió íntegro el ro- mance de la muerte del príncipe de Portugal.

CAPÍTULO XXII 6 I

fueron compuestas á instancias de los príncipes y de los más en- cumbrados magnates de su tiempo, y ostentan en su principio los nombres de la Reina Católica, del rey D. Fernando, de la reina de Portugal, de la duquesa del Infantado, Doña María Pimentel, de la Condesa de Coruña, de Doña Guiomar de Castro, duquesa de Xá- jera, de los cardenales Mendoza y Jiménez, de la marquesa de Moya, de Doña Juana de Peralta, hija del Condestable de Navarra; de la condesa de Osorno, de Doña Mariana de Guevara, del prior de San Juan D. Alvaro de Zúñiga, de Doña Marina de Mendoza, y también de algunas personas más humildes, frailes, monjas y damas piado- sas. Todo ello prueba la general reputación que el autor alcanzaba como autor de versos devotos, no menos alta que la que tenía como predicador. Y en verdad que la merecía, aunque sus propósitos fueran más bien espirituales que literarios. Escribía en verso «por- » que muchas veces saben mejor las cosas divinas á los que no están »muy ejercitados en el gusto y dulzor dellas, cuando se les da » debajo de alguna elegancia de prosa ó de metro de suave estilo, »que cuando los participan por comunidad é llaneza de incompues- »tas palabras». Sus más extensos poemas son exposiciones casi teológicas, aunque en estilo muy liso y llano, de los misterios de la fe y de los pasos de mayor edificación en ambos Testamentos: tractado del Santísimo Sacramento de la hostia consagrada: coplas del misterio de la santa visitación que la Reina del Cielo hizo á Santa Isabel: de la columna del Señor: tractado de la vía y penas que Cristo llevó á la cumbre del Gólgota, que es el Monte Calvario: coplas del árbol de la Cruz. Fr. Antonio Montesino no es propiamente un poeta místico, sino un orador sagrado en forma poética, un exposi- tor popular del dogma y de la moral cristiana, un teólogo que pone su ciencia al alcance de las muchedumbres con un fin no escolás- tico, sino de edificación práctica, valiéndose de aquellos símiles y razonamientos que más derechamente podían herir la inteligencia y enfervorizar la voluntad de sus oyentes. Por eso cae muchas veces en prolijidad, y otras en familiaridad desmayada, y dejándose llevar de su fácil vena, olvida muchas veces dar color poético á sus versos, que corren con cierta fluidez insípida. Es indudable que esta poesía no tiene la elevación, el nervio y el decoro que mostró luego la

62 HISTORIA DE LA POESÍA CASTELLANA

musa religiosa en el siglo xvi; pero se recomienda por su propia simplicidad agradable y candorosa, por la ausencia de todo artificio y de toda reminiscencia literaria, por la absoluta y plena sinceridad de sentimiento que en ella rebosa. Aunque venido en época tan adelantada y culta, Fr. Ambrosio Montesino parece un eco de los franciscanos del siglo xm, y especialmente del Beato Jacopone de Todi, cuyos Cantos Espirituales conocía seguramente (i), y á quien se parece, sobre todo, en el enérgico realismo de sus pinturas satíri- cas. Así le vemos intercalar en las Coplas de la Visitación de Nuestra Señora una doctrina y reprehensión de las mujeres en sus tres estados de doncellas, casadas y viudas, donde se leen rasgos tan expresivos

como éstos:

E las negras devociones De misas, ermitas, velas, ¿Qué son más sino ocasiones De torpes delectaciones, Que es fruto de sus cautelas?

Si hablasen los rincones, Bien darían señas expresas, Por van las devociones; Y del fin de los perdones Y promesas.

Mas la viuda cejihecha Que por calles se derrama, A perderse va derecha, Porque á todos da sospecha De la muerte de su fama.

Traen guantes engrasados Y perfumes encendidos, Mas no cabellos mesados, A los maridos pasados Bien debidos.

Otras hay de torzalejos

(i) Sin duda en su original, puesto que no fueron traducidos al castellano hasta 1586:

Cantos Morales, Spirituales y Contemplativos. Compuestos por el Beato F. Ja- copone de Jode, Frayle menor. Traduzidos nuevamente de vulgar Italiano en //español (Lisboa, en casa de Francisco Correa, 1586).

CAPÍTULO XXII 63

Y de tocas azufradas, Que por libros leen espejos, Por curar defectos viejos De sus caras estragadas.

¡Qué deseos tan sobrados Dar color á los carrillos, Que, después de arrebolados, Parecen perros asados, Bermejuelos y amarillos!...

Versos que involuntariamente traen á la memoria el célebre ser- món del penitente de la Umbría:

O femine, guárdate A le mortal ferute, Nelle vostre vedute Basilisco pórtate..,

La misma semejanza se advierte en la reprehensión de las cos- tumbres de los eclesiásticos seculares y regulares, sin perdonar á las monjas lisonjeras, de entrincados apetitos, ni menos á los prelados que viven en el fausto y opulencia mundana, y á quienes increpa con toda la cristiana libertad propia de un fraile menor, desposado

con la pobreza:

Mas ¡ay! que algunos prelados

De la santa fe cristiana,

Tienen ya cuasi olvidados

Estos puntos señalados

De la cruz que mejor sana;

Miremos esta cadira Entre nuestras presunciones, Y al Señor que en ella expira, Sin rancores é sin ira, Entre los tristes ladrones.

No tienen guantes ni anillo Las manos que nos formaron, Mas clavos que con martillo, Que es lástima de decillo, En ti, árbol, se enclavaron.

6+

HISTORIA DE LA POESÍA CASTELLANA

Siguiendo, aunque de lejos, las huellas de su maestro en la bellí- sima canción,

Dolce amor di povertade,

Quanto ti deggiamo amare!...

hace Fr. Ambrosio la glorificación de la pobreza:

Pobreza es tesoro puro

Y gran bien no conocido; Es del Evangelio muro,

Y recambio muy seguro Que da el reino prometido.

Pero donde la imitación de Jacopone es más visible, y también más afortunada, es en los pequeños diálogos de Navidad, compues- tos probablemente para ser recitados ó cantados en conventos de monjas, como sabemos que lo fué alguno de Gómez Manrique. En estas sencillas y afectuosas representaciones del pesebre, Fr. Ambro- sio imita hasta los metros del poeta italiano, y á veces se confunde con él en la expresión infantil y pura del regocijo que inunda su alma:

María. ;Si dormís, esposo,

De más amado? Josef. No, que de tu gloria

Esto desvelado.

¿Quién puede dormir,

Oh Reina del cielo,

Viendo ya venir

Angeles en vuelo

¡Ay! á te servir

Tendidos por suelo?

María. Josef.

¿Qué habedes sentido En noche tan fría? Señora, sonido De dulce armonía, Y el aire vestido De tan claro día, Que hasta los abismos Se han alumbrado.

CAPÍTULO XXII 65

María. A mi parescer, Esposo leal, Ya quiere nascer El rey eternal; Así debe ser, Pues que este portal Claro paraíso Se nos ha tornado.

Fr. Ambrosio Montesino, no sólo participa mucho del carácter popular por las tradiciones de su orden y por la imitación delibera- da que hace de los poetas franciscanos de Italia, sino por el gran número de elementos, genuinamente españoles, que toma de la poesía y música de nuestro pueblo. Y ésta es precisamente la parte más curiosa de su Cancionero. Casi todas las poesías breves que en él se hallan, se escribieron para ser cantadas al son de otras profa- nas, que corrían entonces en boca de todo el mundo. Las coplas del Nacimiento, hechas por mandado de la marquesa de Moya, de- bían cantarse con el mismo tono de este villancico:

¿Quién os ha mal enojado,

Mi buen amor? ¿Quién os ha mal enojado?...

La lamentación sobre Cristo atado á la columna:

¡Oh coluna de Pilato! El dolor que en ti sentí Ha medio muerto á mi Madre, Que no tiene más de á mí...

es una trova ó parodia de este cantar, que también glosó Juan del

Encina: «.,.„*„

¡Oh castillo de Montanches,

Por mi mal te conocí!

¡Cuitada de la mi madre,

Que no tiene más de á mí!

Por encargo de la Reina Católica, compuso unas coplas de San Juan Evangelista, para cantar al son de « Aquel pastor rico, madre, que no viene». Las del nacimiento de Cristo, compuestas por man-

Mknbndkz t Pelayo. Poesía castellana. III. 5

66 HISTORIA DE LA POESÍA CASTELLANA

damiento del provincial de San Francisco en Castilla, Fr. Juan de To- losa, se cantaban al tono de la extravagante canción que principia:

La zorrilla con el gallo Zangorromango... (i)

y otras que fuera prolijo apuntar, repetían los sones de

A la puerta está Pelayo,

Y llora... Ya cantan los gallos, Buen Amor, y vete; Cata que amanece... (2)

Nuevas te traigo, Carillo, de tu mal. Dámelas hora, Pascual.

este último uno de los más celebrados de Juan del Encina.

Cumplíase, pues, en las obras de Fr. Ambrosio Montesino aquel fenómeno literario que ya hemos reconocido como uno de los prin- cipales caracteres de la lírica de este tiempo: la transfusión de la poesía popular en la artística. Y si más comprobación quisiéramos, nos la daría el hecho de figurar en el Cancionero del predicador

(1) Núm. 442 del Cancionero Musical de Barbieri.

(2) Esta linda canción se encuentra íntegra en el Cancionero Musical de Barbieri (núm. 413) con el nombre del músico Vilches, que armonizó á cua- tro voces el villancico popular:

Ya cantan los gallos, Buen Amor, y vete: Cata que amanece.

Que canten los gallos, Yo ¿cómo me iría, Pues tengo en mis brazos Lo que más querría? Antes moriría Que de aquí me fuese, Aunque amaneciese.

Deja tal porfía, Mi dulce amador, Que viene el albor, Esclarece el día; Pues el alegría

CAPÍTULO XXII 67

de los Reyes Católicos, hasta ocho romances impresos en líneas largas, como versos de diez y seis sílabas, que fué su primitiva forma: todos excepción de uno) de materia espiritual, como lo es el resto del Cancionero; pero llenos de reminiscencias de la poesía heroica y saturados todavía de su espíritu. Por la con- cisión enérgica, más parece romance caballeresco del ciclo bre- tón, ó carolingio, que romance de fraile, compuesto en loor del patriarca de su Orden, el que Fr. Ambrosio hizo á San Fran- cisco, por mandato del Cardenal Cisneros:

Andábase San Francisco Por los montes apartado.

Usaba de duras peñas Por blanda cama y estrado.

De espinas y duras guijas No le defendió calzado; Sayal áspero vestía Junto al cuerpo remendado. Su oratorio fué el sereno, El hielo más destemplado; Y sumirse por la nieve Desnudo y aprisionado.

Por poco fenece, Cata que amanece.

¿Qué mejor Vitoria Darme puede amor, Que el bien y la gloria Me llame al albor? ¡Dichoso amador Quien no se partiese Aunque amaneciese!

¿Piensas, mi señor, Que yo contenta? ¡Dios sabe el dolor Que se m'acrecienta! Pues la tal afrenta A se me ofrece, ¡Vete, que amanece!

68 HISTORIA DE LA POESÍA CASTELLANA

Silencio fué su lenguaje Y los yermos su poblado; Estregaba en los zarzales Su cuerpo muy delicado, Por tener dentro en la carne Espíritu libertado.

Hay, además, un romance de carácter no devoto, sino histó- rico, en este Cancionero: el de la muerte del príncipe de Por- tugal D. Alfonso, esposo de la hija primogénita de los Reyes Católicos, el cual sucumbió á los diez y seis años, en 1491, de una caída de caballo, cerca de Almeirín. Este romance, que si no es popular, merece serlo (y por eso le dio entrada Duran en su colección), es el que comienza:

Hablando estaba la Reina En cosas bien de notar...

La rúbrica de este romance dice expresamente que le hizo Fray Ambrosio Montesino; pero un descubrimiento de estos últimos años puede hacer dudar que sea enteramente suyo. El eminente Gastón París publicó en el número tercero de la Romanía, tomán- dola de un manuscrito francés de fin del siglo xv, una canción anó- nima sobre el mismo asunto, que difiere en ser mucho más breve é ir acompañada de estribillo; pero en la cual se conservan todos los rasgos poéticos y populares del romance de Fr. Ambrosio, en ge- neral con las mismas palabras. He aquí la canción:

¡Ay, ay, ay, qué fuertes penas!

¡Ay, ay, ay, qué fuerte mal! Hablando estaba la reina -en su palacio real Con la infanta de Castilla,— princesa de Portugal; Allí vino un caballero con grandes lloros llorar: «Nuevas te traigo, señora, dolorosas de contar. ¡Ay! no son de reino extraño;— de aquí son, de Portugal: Vuestro príncipe, señora,— vuestro príncipe real Es caído de un caballo,— y Taima quiere á Dios dar; Si lo queredes ver vivo— non querades de tardar. Allí está el rey su padre— que quiere desesperar; Lloran todas las mujeres— casadas y por casar.

CAPÍTULO XXII 69

Cotejando este romance con el de Fr. Ambrosio (que va en el cuerpo de nuestra Antología), puede creerse, como creyó Gastón París, que Montesino refundió y amplió la canción popular, aña- diendo ciertos pormenores históricos; ó bien preferir la opinión de Milá, que supone que algún juglar ó cantor del vulgo se apoderó del romance del fraile, abreviándole y conservando tan sólo lo que ofrecía carácter más popular. Para uno y otro sentir hay buenas ra- zones, si bien yo, salvo el respeto debido á mi maestro, encuentro más verisímil en este caso la opinión de Gastón París (i).

Ni sólo por razones arqueológicas y de genealogía literaria es recomendable el Cancionero de Montesino, sino también por su in- trínseco valor poético, el cual no se manifiesta, á la verdad, en nin- guna composición entera, como no sea de las más breves; pero reluce á cada momento en versos y expresiones y comparaciones felices que se hallan en muchas de ellas. Se aparece el ángel á Za- carías, y el poeta escribe con íntima delicadeza:

Fué su voz tan pavorida, Que turbaba los oídos, Tan delgada y recogida, Cual no oyeron en su vida Los nacidos...

(1) En el Cancionero de Resende hay varias poesías sobre este mismo ar- gumento, entre ellas una de Alvaro de Brito. También se han conservado vestigios de él en la tradición popular portuguesa, como lo prueban estos versos de un romance de las Islas Azores, publicados por Th. Braga:

Vosso marido e morto | caiu no areal, Rebentou o fel no corpo | en duvida de escapar,

que corresponden á los del romance:

Que cayó de un mal caballo, Corriendo en un arenal, Do yace casi defunto Sin remedio de sanar.

(Vid. Cantos Populares do Archipelago Aforiano, publicados e annotados por Theophilo Braga, Porto, 1869, pp. 328-331.)

Jorge Ferreira de Vasconcellos compuso un romance erudito sobre el mismo asunto, que está en su Memorial das Proesas da Segunda Tavola Re- donda, cap. xlvi, y reproducido en la Pío/ esta de varios romances de T. Braga (1869), págs. 49 á 53.

JO HISTORIA DE LA POESÍA CASTELLANA

Xo intentaré ciertamente comparar el himno de I\Ianzoni, Tacita un giorno á no qual pendice...

con las coplas de San Juan Bautista que hizo nuestro Fr. Ambrosio,

Con pasos acelerados Iba la Virgen preciosa Por los valles y collados...

Pero á falta del arte exquisito y del admirable poder de conden- sación lírica que tiene el poeta moderno, no puede negarse al anti- guo cierto candoroso sentimiento de la situación, fielmente tradu- cido por su lenguaje, que aquí no sólo es puro y terso, sino regoci- jado y lozano:

La luz eterna más clara

La esforzaba por de dentro.

¡Oh, bendito el que hallara,

Si en tal hora caminara, Tal encuentro! ¡Oh, quién fuera pastorcico,

Que te viera y preguntara:

-;Dónde vas, tesoro rico?

Dímelo, yo te suplico.

Con tan gloriosa cara!

¡Oh, si la vieras cuál iba, mi alma, esta princesa Por aquel recuesto arriba!...

Vieras en ella colores Diversas en fermosura, Y del mucho andar sudores, Más que bálsamo ni flores De frescura...

Hacíala Dios un viento Que entre los cedros rugía, Que le puso pensamiento No ser aire de elemento, Según su dulce armonía.

CAPITULO XXII 71

Fué Fr. Ambrosio Montesino el poeta favorito de la Reina Cató- lica, y por encargo suyo escribió los últimos versos que ella pudo leer en su vida (i). Esta razón, sin tantas otras, bastaría para hacer simpático su nombre en la historia de la literatura castellana. Fué de los primeros en infundir el sentimiento místico en la poesía po- pular; y si pecó á veces por excesiva llaneza familiar, y muchos le aventajaron luego en perfección técnica, pocos le ganaron en senti- miento fresco y en ingenuidad primitiva (2). Ni dejó de poner en sus versos, con ser de materia tan ascética, algún recuerdo de la vida de su tiempo, que interesa más por lo inesperado. No sólo

(1) Estas coplas hizo fray Ambrosio Montesino, por mandado de la reina Isa- bel, estando su Alteza en el fin de su enfermedad.

(2) Véase esta risueña tabla del Nacimiento, que levemente me permito restaurar, suprimiendo muchos versos inútiles para el sentido:

Su velo le puso encima Al Niño por ornamento,

Y á los pechos se le arrima, Abrigándose del viento,

Y quedó el cabello exento De la Virgen muy dorado...

Al sereno está la Reina

Con aire todo real;

No se lava ni se peina,

Mas no hizo Dios otra tal:

Como perla oriental

Dios en ella es engastado- Mas de verlo diferente,

Y de otros niños mudable, La Virgen, madre prudente, No sabe cómo le hable,

Si como á Dios perdurable, O como á niño empañado.

A los mares embravece,

Y turbaba todo Kgipto,

Y está aquí que no parece Sino armiño ó corderilo, La teta mirando en hito, Mas tal leche había probado- De coronas muda sillas,

Mil reinos tiene en su seno,

Y apenas tiene mantillas,

72 HISTORIA DE LA POESÍA CASTELLANA

menciona, como era justo, la fundación del glorioso monasterio de San Juan de los Reyes, «.obra decora», en que él fué uno de los prime- ros claustrales, sino que alude con cierta vaguedad y misterio lírico á los que comenzaban á volver de las tierras incógnitas halladas en Indias, y nos da razón de la curiosidad con que se recibía álos descu- bridores. los hombres que navegando

Hallan tierras muy remotas,

Cuando vuelven, que es ya cuando

Los estamos esperando

En el puerto con sus flotas, Que nos digan les pedimos

Las novedades que vieron;

Y si algo nuevo oímos,

Más velamos que dormimos

Por saber lo que supieron...

No fueron éstos los únicos cultivadores de la poesía religiosa en aquel reinado (i). Al mismo género pertenece el Cancionero de Juan

Y por oro viste heno:

Yo quisiera, Infante bueno,

Ser el barro de tu estrado.

Con cien mil greñas aliña Cuando despierta del sueño; Jaspe ni dorada pina Con él son valor pequeño, Según que lindo y risueño Está en los pechos turbado...

Ya los toma, ya los deja Los pechos con gestos bellos; Ya se ase á la madeja Que su madre ha de cabellos; Gorjea y estira dellos Como ruiseñor en prado- Como recrea el abeja En frutal bordado en flores, Que de mil formas volteja Por hacer miel y dulzores, El Niño destos temores Con la teta está ocupado...

(i) Por el nombre de su autor, que fué uno de los más insignes hebrai- zantes del siglo xvi, y uno de los principales colaboradores de la Poliglo-

CAPITULO XXII 73

de Luzón, impreso en Zaragoza, 1 508. Era su autor criado de Doña Juana de Aragón, duquesa de Frías y condesa de Haro: es cuanto sabemos de su persona. Su apellido induce á tenerle por madrileño; pero Gallardo nota en sus versos algunos galicismos, que más bien parecen catalanismos, por ejemplo realme. Ocupa la mayor parte del volumen un largo poema didáctico, en coplas de arte mayor, que el autor llama Epilogación de la Moral Philosophía sobre las virtudes cardinales, contra los vicios y pecados, dividido en cinco partes: la primera trata de la virtud en general, la segunda de la Justicia, la tercera de la Prudencia, la cuarta de la Fortaleza, la quinta de la Temperancia ó Templanza. Ca'da copla va seguida de un difuso comentario en prosa que nada de particular enseña, aun- que algunas veces alude á personajes y sucesos contemporáneos, como la conquista de Ñapóles por el Gran Capitán. Completan el volumen varias coplas de arte menor, en que están trovadas las contemplaciones de San Bernardo sobre la Pasión: paráfrasis de los salmos Miserere y De profundis, conforme á la glosa que sobre ellos hizo el Obispo de Valencia; el cántico ¡Oh gloriosa domina! y otros versos de devoción, entre ellos los Gozos del nacimiento de San Juan Bautista: en todo 397 coplas de arte mayor, y 225 de arte menor. En el Miserere y el De Profundis, va engastado en la glosa castellana el texto latino del Salmo, en esta forma:

ta, debe hacerse mención del Tratado de loor de virtudes en metro castellano, compuesto por Alfonso de Zamora, regente en la Universidad de Alcalá (Alcalá de Henares, por Miguel de Eguía, á XXIII días de Enero de mil y quinientos y XXV), un tomito en 12.0, de 83 hojas sin foliar. Hay también una edición del año anterior, la cual se describe en el Registrum de D. Fernando Colón.

Está escrito en versos cortos, y dividido en tres partes, de las cuales la primera trata de la brevedad de la vida y desús trabajos, y de los provechos de la ciencia; la segunda de los siete pecados mortales, y la tercera de doc- trinas generales.

A este libro (que recuerda mucho los Consejos del Rabí Don Sem Tob) se refiere Gonzalo Fernández de Oviedo en sus Quincuagenas, cuando dice: «Un »librico anda por ese mundo impreso de sentencias y doctrinas de la Sagrada «escritura, breve y que cuesta pocos dineros, y de mucho provecho y utilidad »cathólica, el qual está en versos castellanos, y le compuso el docto maestro » Alouso de Zamora, rigente en la Universidad de Alcalá de Henares.»

74 HISTORIA DE LA POESÍA CASTELLANA

Miserere mel, Dios mío, Pues me criaste por tuyo,

Y aunque lejos de ti huyo, Perdona mi desvarío, Perdona mi gran pecado, Perdona mis malas obras, Perdona en males mis sobras,

Y en bienes lo que he faltado... De pro fundís anegado

En el hondo de los males, De los pecados mortales

Y no de los veniales, Porque se pasan á nado, Clamavi he suplicado,

Ad te sólo en quien espero...

Luzón era ingenio de poca ó ninguna fantasía, y escribió más por ejercicio de piedad que de literatura. Sus propósitos de moralista cristiano los declara él mismo en la dedicatoria: «Por- »que más se lea, conozca y use (la moral filosofía) quise su »marla en romance castellano... y trobarla por metro, porque » mejor se guarde en la memoria, como quier quel arte de tro- »bar está ya tan disfamado por la mala intención de los que » mal usan della, que no solamente todos los trovadores son te- » nidos por locos, pero también la misma arte por la culpa sdellos es ya profanada, siendo de suyo de mucho ingenio y » viveza» (i).

(i) Cancionero de ¡ Iuá de Luzon. \ Epilogación de la Moral Philosophia: \ sobre las virtudes cardinales: contra los vicios y pecados mortales: proveída razones y auctoridades divinas y humanas y exemplos anli- guosy psentes: glosada en lo necessario: aprovada por muchos theologos: j las cóteplaciones de ¡ san Bernardo so- / bre la pasión: el Salmo Mise- ' rere, de profun- dis, o glo~ riosa do- / mina...

(Al fin): Acabada fue toda la psente obra el postrero día d'l mes ¡ de Julio: de mil quinientos y seys años: en la ciudad de Bur- \ gos cabe c a de Castilla. Estando ende los muy altos muy poderosos y esclarecidos Principes, reyes y / señores el / señor rey don Felipe y la señora rey na doña Juana nuestros seño- / res. Y fué hecha y glosada por luán de luzón, criado d-1 la muy ¡ excelcte y muy catholica señora la señora doña Juana Daragon, duquesa de Frías, condesa de hato... Y fue imprimida ¡ por industria de Jorge Cocí Alemán en la muy noble ciu-

CAPITULO XXII 75

Quizá debamos añadir al catálogo de poetas espirituales de este tiempo el nombre venerable del primer arzobispo de Granada, va- rón verdaderamente apostólico, Fr. Hernando de Talavera, si es suya, como afirma Fr. Juan de Pineda en su libro de la Agricultu- ra Cristiana (2.a parte, diálogo trigésimoprimo, Salamanca, 1589)» cierta obra docta y devota sobre la salutación angélica, que allí se inserta, y también en otro libro del mismo P. Pineda, titulado Vida y excelencias maravillosas del glorioso San Juan Baptista (Barce- lona, 1596). El estilo de este piadoso fragmento no difiere mucho del de Fr. Ambrosio Montesino, y pertenece manifiestamente á la época de Talavera, del cual sabemos, por su más antiguo biógra- fo (i), que «en lugar de responsos, hazia cantar algunas coplas de- »votissimas, correspondientes á las liciones. De esta manera atraía el »santo varón á la gente á los maytines como á la misa. Otras veces »fazia hazer algunas devotas representaciones, tan devotas, que eran »más duros que piedras los que no echavan lágrimas de devoción.» No faltó quien dijese que esto era «mudar la universal costumbre de »la Iglesia, y que era cosa nueva decirse én la iglesia cosa en lengua ^castellana; y murmuraban dello fasta decir que era cosa supersti- ciosa»; pero aquel santo varón, que veía el fruto que por tales me- dios iba logrando cada día en la conversión de judíos y moros, «tuvo estos ladridos por picaduras de moscas y por saetas echadas »por manos de niños» (2).

dad i de Carago ca: y acabóse á xij días del mes de Octubre del ¡ año d' mili qui- ntetos y ocho. 4.0 gótico con signaturas a-n, todas de ocho hojas, menos la última, que tiene cuatro.

(1) El autor de la Breve suma de la santa vida del reverendísimo y bienaven- turado don Fr. Hernando de Talavera, contenida en el mismo códice de la Academia de la Historia donde están los versos de Álvarez Gato.

(2) ¿Tendrá algo que ver con estas coplas y representaciones devotas, compuestas ó mandadas componer por Fr. Hernando de Talavera, el rarísi- mo libro siguiente, que sólo conocemos por las sucintas noticias que dan de él Salva y los traductores de Ticknor?

Cancionero Espiritual, en el qual se tratan muchas y muy excelentes obras sobre la concepción de la glorio sis sima Virgen nuestra señora Sánela A/aria y de ¿as tetras de su nombre, con un passo del nascimiento, y otras muchas cosas en su loor. y assi mesmo se tratan muy excelentes maravillas de la pasión de xpto.y del com-

j6 HISTORIA DE LA POESÍA CASTELLANA

bale del corazón espiritual y del ansia del amor de Dios. Y oíros muy mara- villosos dichos y canciones del mundo vueltas á lo divino, todo en metros diferentes. Hecho por u?i religioso de la orden del bienaventurado Satit Hieronimo.

(Al fin): Fué impressa la presente obra intitulada Cancionero espiritual, en la muy noble villa de Valladolid, en casa del honrrado varón Juan de Villaquirán, impressor d costa y tnissió?i del auctor. Acabóse d quatro días de hebrero de mil y quinientos y XLIX años. 4.0 gótico, á dos columnas, 56 hojas.

Parece que la composición más larga del tomo es una disputa alegórica, en quintillas dobles, con este título: Obra llamada combate del corazón, en que se introduzen seys capitanes que le guerrean y fatigan, que son Ansia, Tristeza, Cui- dado, Te?nor, Dolor y Passion. Hay también villancicos, y un paso ó égloga al Nacimiento, todo ello en el gusto de fines del siglo xv ó de los primeros años del xvi, más bien que de la fecha bastante adelantada en que se imprimió el li- bro. El autor ocultó su nombre por esta consideración que en el prólogo expo- ne: «Porque casi los más de los que han cursado este arte se han encaminado motivos profanos y amores no castos, y aun también porque viendo las per- »sonas nobles y de calidad (que tan aficionadas fueron antes á metrificar) que >cada persona baxa se ponia á hacer coplas, y muchas de ellas torpes, las de- »xaron ellos de hacer, paresciéndoles derogarse su autoridad; y assi les ha »acaescido á este exercicio lo que algún tiempo acaesció á los trajes, que » viendo los señores ataviarse de sedas los muy baxos populares, comenzaron sellos á se vestir de paños viles y de poco precio.»

No afirmaré que este monje Jerónimo, de quien nada dice Fr. José de Si- güenza en la Historia de su orden, sea el mismo Fr. Hernando de Talavera, pero á lo menos debe tenérsele por imitador suyo.

capitulo xxm

[los poemas dantescos y alegóricos durante el reinado de los

REYES CATÓLICOS. JUAN DE PADILLA (n. I468); SUS OBRAS; EL Reta- blo de la Vida de Cristo; Los doce triunfos de los doce apóstoles;

COMPLICADA URDIMBRE DE ESTE POEMA) LA IMITACIÓN DE DANTE; CA- RÁCTER NACIONAL DE LA OBRA ; LA DICCIÓN POÉTICA DE PADILLA; IMI- TADORES de éste (el autor del Libro de la Celestial Jerarquía).

DIEGO GUILLEN DE ÁVILA. JUAN DE- NARVÁEZ. LA Historia Pat'tke-

nopea del sevillano alonso Hernández; su interés histórico. otros versificadores de asuntos históricos].

Continuaron en este reinado escribiéndose largos poemas dantes- cos y alegóricos, ya de materia sagrada, ya de tema historial pro- fano, en el metro y estilo de las Trescientas, de Juan de Mena. El poeta que á todos se aventajó en este orden, llegando á colocarse entre los más felices imitadores de Dante, fué el sevillano Juan de Padilla, nacido en 1468, monje profeso en la Cartuja de Santa Ma- ría de las Cuevas (i), y generalmente conocido por el sobrenombre

^ ' Yo me sentía tan embebecido

Mirando sus cosas de gran maravilla, Como en el templo de nuestra Sevilla El rústico simple que nunca la vido; O como cualquiera de Francia venido Mirando en Las Cuevas la nave ya surta, De sobre las torres y mesa de murta, Donde yo hice primero mi nido.

(Retablo de la vida de Cristo, cántico .•.";

¿No sabes, Señor, lo que tengo ofrecido A Christo de quien la su vida preciosa

78 HISTORIA DE LA POESÍA CASTELLANA

del Cartujano, único que usa en sus escritos, si bien, al fin del Retablo de la vida de Cristo, pone en un acróstico su nombre y apellido en esta forma:

Don religioso la regla rae puso, Jurado con voto canónico puro; ^4«te su vista me hallo seguro De la tormenta del mundo confuso. Carece por ende mi nombre recluso, Digno lector, si lo vas inquiriendo; Llama, si quieres, mi nombre diciendo: Monje Cartujo la obra compuso.

En sus mocedades, y antes de entrar en religión tan austera, ha- bía cultivado el trato de las musas profanas, de lo cual más tarde mostró arrepentirse en estos versos del Retablo:

Deja por ende las falsas ficciones De los antiguos gentiles selvajes, Las quales son unos mortales potajes Cubiertos con altos y dulces sermones: Sus fábulas falsas y sus opiniones Pintamos en tiempo de la juventud; Agora mirando la suma virtud Conozco que matan á los corazones.

Consta, en efecto, que en 1493 había dado á luz en Sevilla un poema de ciento cincuenta coplas de arte mayor, con el título del Laberinto del Marqués de Cádiz (seguramente á imitación del Labe- rinto de Juan de Mena), obra que, dados los alientos poéticos del autor y el interés histórico de su héroe, en quien se cifra la mayor gloria de la caballería española durante la guerra de Granada, pudo ser de grande importancia. Pero este poema parece irrevocable- mente perdido, pues aunque se conocen la fecha y el impresor, y queda una pequeña descripción de lo material del libro, todo el es- fuerzo de los más doctos bibliófilos para llegar á ver un ejemplar, ha

Canté con mi lengua mortal y penosa En una gran Cueva feroz escondido, Aunque de afuera se muestra graciosa?

(Los Dcce Triunfos, triunfo primero, cap. II.)

CAPITULO XXIII 79

resultado hasta ahora infructuoso (i). Sólo podemos juzgar al Car- tujano por dos poemas religiosos, de muy desigual mérito, el Reta- blo de la vida de Cristo (2) y Los doce triunfos de los doce apóstoles.

(1) Miguel Denis, en el suplemento á Maitaire, hace de este libro la si- guiente descripción, que copia el P. Méndez en su Tipografía Española:

El Laberinto del Duque de Cádiz D. Rodrigo Po7ice de León.

Pág. 2, dice: La? ciento y cincuenta del Laberinto, compuestas por fray Juan de Padilla, cartuxo, antes que religioso fuese.

Dedicado á Doña Beatriz Pacheco, duquesa de Arcos.

(Al fin): Aquí se acaban las ciento y cincuenta coplas por fray Jua?i de Padilla, carluxo profeso de las Cuebas de Sevilla. Impresas en Sevilla en el año de mili e quatrocientos e noventa y tres, por Meinardo Ungtd e Lanzalao Polono.

4.°, á dos columnas, 16 hojas en letra de tortis.

(2) Del Retablo de la vida de Cristo hay, por lo menos, las siguientes edi- ciones:

Retablo d' l cartuxo sobre la vida d' nró redéptór jesu xpó.

(Al fin): Acabo se d' componer el retablo... jueves a xxiiij dias de deziebre: vigi- lia d' la natividad de nró Señor: cóplidos los años de mili e qnientos. Año del ju- bileo de roma. Fue empmido en la muy noble e muy leal cibdad de Sevilla, por Cromberger alemán, a iiij dias del ?nes de margo. Año de nr salvador jesuxpo deó mili y qniétos y dezisexs. Folio, á dos columnas, letra de tortis, con grabados intercalados en el texto, y una lámina grande después del colofón.

Esta es indisputablemente la primera edición, y está descrita en la Tipo- grafía Hispalense de D. Francisco Escudero y Perosso (Madrid, 1894), nú- mero 188, con presencia de un ejemplar que existía en la biblioteca de Uclés.

Una de Sevilla, 15 18, citada por Nicolás Antonio.

Retablo d1 la vida de christo fecho en metro por ten devoto frayle de la Car- tuxa, 1529.

(Al fin): Acabosse la presente obra... en Alcalá de Henares a ocho dias d' no- vicbre, año d' mili v Quietos y XXIX. Folio gótico, á dos columnas, con figu- ras. 76 fojas. (Edición descrita por Brunet como existente en la Biblioteca Nacional de París. Falta en la Tipografía Complutense del Sr. Catalina y García.)

Toledo, por Juan de Ayala, 1565. (Al fin, 1559.) Descrita por Gallardo.

Sevilla, por Juan Várela, 1530. Citada por N. Antonio y Brunet.

Retablo de la vida de Christo hecha en metro por el devoto padre don Juan de Padilla monje Cartuxo. Impresso con licencia en Toledo. Por Francisco Guzmán, año de 1570. Tiene, como todas las restantes, grabados en madera. El ejem- plar visto por Salva tenía al fin la fecha de 1567, que será la verdadera de la impresión, aunque el libro no circulase hasta después de 1569, que es la fe- cha del privilegio. (Sigue la nota.)

8o HISTORIA DE LA POESÍA CASTELLANA

La fortuna de cada uno de estos poemas ha estado en razón inversa de su valor intrínseco; y mientras el Retablo, por la mayor excelen- cia de su asunto, llegaba á ser libro popular y era reproducido en

Alcalá de Henares, por Sebastián Martínez, 1577. La tuvo Salva, y está descrita minuciosamente en su Catálogo.

Valladolid, 1582, en casa de Diego Fernández de Córdoba.

—Toledo, por Pedro López de Haro, 1585. Citada por D. Justo Sancha en su Romancero y Cancionero Sagrados.

Toledo, por Pedro Rodríguez, 1593.

Alcalá, por Sebastián Martínez, 1593.

Alcalá de Henares, en casa de Juan Gradan, q?¿e sea en gloria. Año 1605. Edición de aspecto popular, y en muy mal papel, con toscas viñetas graba- das en madera.

Retrato (sic¡ de la vida de Cristo. Edición popular del siglo pasado, en Valladolid, casa de la viuda é hijos de Santander; unida auna Pasión en quin- tillas, que es la de Diego de San Pedro, adicionada por el Bachiller Burgos.

Edición fragmentaria de Londres, 1841, por el canónigo Riego, al fin de Los Doce Triunfos, que citaré después.

Salva describe un rarísimo librito que lleva por título La Vida de Nuestra Bendita Señora María Virgen, emperatriz de los cielos, en la qual también se con- tienen el Nascimievto, Passion y muerte de Nuestro Dios y Salvador Jesu Chris- to... Obra de Julio Pontana, pintor y vezino de la muy noble ciudad de Verona. Con algunos versos, hechos parte por un devoto cartuxano, y parte por Jusepede los Cerros de Trenio. Sin lugar (¿Venecia?) apud Lucam Guarino, 1569. Son 40 láminas muy bien grabadas al agua fuerte, que llevan en la parte inferior ver- sos explicativos, tomados la mayor parte de ellos del Retablo de nuestro autor.

Con esta abundancia de ediciones del Retablo, contrasta la escasez de las de Los Doce Triunfos, pues sólo se pueden citar tres; y aun una de ellas es dudosa.

Los doze triüphos de los doze Apostóles: fechos por el cartuxaiio: ffesso en sed María a" las Cuevas en Sevilla. previlegio. El frontis figura un retablo, donde en doce nichos están los doce apóstoles con sus nombres en letra co- lorada, lo mismo que el título. Al dorso la cabeza de San Juan Bautista. Hay entre las hojas de principios otras dos láminas, una del cielo estrellado y otra del signo de Aries. La obra comienza en la séptima hoja.

(Al fin): Aquí se acaba el iriüpho de Sant Mathias apóstol: y postrero de los doze triüfos. Acabóse la obra de cdponer domingo en xiiij de Febrero de mili y qui- nientos xviij años d:a de sant Valentino martyr. Fue impremida en la muy noble y muy leal cibdad de Sevilla, por Juan Várela a V días d' l mes de Octubre: año de nró. Salvador de mili y quintetos y XXI años. Folio gótico, 6 hojas prelimi-

CAPITULO XXIII 81

numerosas ediciones hasta el siglo xvn, y aun en tiempos próximos á nosotros; Los doce triunfos, que son incomparablemente superio- res, quizá no fueron reimpresos ni una vez sola en más de trescien- tos años, y eran una de las mayores rarezas bibliográficas de la lite- ratura española, hasta que el canónigo Riego los sacó del olvido en 1842, abrumando al autor con los disparatados calificativos de Homero y Dante español, que le han perjudicado más que favore- cido en la estimación de la crítica desapasionada. Con más acierto y templanza D. Luis Usoz y Río se limitó á decir (i) que «ninguna

nares y 62 folios. Al fin se advierte que cesta divina y apostólica obra fué muy ¡>diligentemente vista y aprobada por los reverendos señores Martín Nava- rro, canónigo en la Sancta iglesia de Sevilla, y Sebastian Monzón, racionero >en la misma Sancta iglesia, dignísimos maestros en artes y sacra theologia, en »presencia del autor de la obra.»

Edición de 1529, citada por La Serna Santander, pero no vista por nin- gún otro bibliógrafo.

Los doze triumphos de los doze Apostóles, fechos por el Cartuxano: professo en Slá. María de las Cuevas en Sevilla. Poema heroico cristiano (del Homero y Dante español). Lo saca á luz de las tinieblas del olvido en que estaba sepultado por más de trescientos años, fiel y cuidadosamente trasladado de un Exemplar que hoy existe en la Librería del Museo Británico: y que antes perteneció y aun ahora, debiera pertenecer, á no habérsele privado de él malamente, al Editor de esta Di- vina y Apostólica obra Don Miguel del Riego: canónigo de Oviedo. Londres, im- preso por D. Carlos Wood, JS41 .

El bibliófilo que dirigió esta curiosa reimpresión, y cuyo extraño gusto bien puede comprenderse po. la portada, fué el canónigo asturiano D. Miguel del Riego, emigrado en Londres, hermano del célebre D. Rafael, y muy co- nocido él mismo por la grande amistad que tuvo con Hugo Foseólo, que mu- rió en su casa y le legó sus manuscritos.

Al fin de Los Doce Triunfos puso extractos considerables del Retablo de la vida de Cristo.

Entre los pocos críticos españoles que han tratado del Cartujano, dándole la estimación debida, figura en primer termino Amador de los Ríos, que ya en su juventud iniciaba el estudio de este poeta en varios artículos publicados en la Floresta Andaluza, revista de Sevilla (i 84 1 á 1842), en El Tiempo, de Ma- drid (1844), y en la Revista Literaria del Español (1845).

[Véanse también Los doze Triumphos en el tomo 1 del Cancionero castella- no del siglo XV de R. Foulché-Delbosc (tomo xix de la Nueva Biblioteca de Autores Españoles). [A. /?.)].

(1) En el prólogo al Cancionero de Burlas.

Men£ndkz y PbIiAyo.— Poesía castellana. I tí. 6

82 HISTORIA DE LA POESÍA CASTELLANA

nación en 1 52 1 puede presentar tan buen discípulo de Dante como es el Cartujanos] y á nuestro juicio, esta es la verdad, y no es pe- queña gloria para Juan de Padilla el que esto pueda decirse.

Ambos poemas están compuestos en estancias de arte mayor como las de Juan de Mena; pero todos los versos son rigurosamen- te dodecasílabos, sin que se advierta en ellos la irregularidad métri- ca, al parecer sistemática, que hay en las Trescientas. Pero, fuera de esta semejanza de forma, el Retablo y Los doce triunfos difieren profundamente entre en todo lo que pertenece al plan y artificio de la composición. El del Retablo, obra más piadosa que literaria, es sencillo por todo extremo, rigurosamente narrativo, sin mezcla de alegoría, ni simbolismo. El autor, aludiendo claramente á Juan de Mena, manifiesta su propósito de no imitarle, sobre todo en el empleo de la mitología y de la historia profana:

Aquí no pintamos las vueltas humanas, Ni cómo las vuelve la triste fortuna, Ni cómo se mueven los cielos y luna, Ni sus influencias enfermas y sanas: Callo las cosas del mundo livianas, Dejo los hechos romanos aparte, Repruebo los hechos de Palas y Marte Y las opiniones de gentes profanas.

Huyan, por ende, las musas dañadas Á las Estigias do reina Plutón; En nuestro divino muy alto sermón Las tienen los santos por muy reprobadas. Aquí celebramos las cosas sagradas, La vida de Cristo con su nacimiento, Sus llagas y muerte, pasión y tormento, Con todas sus cosas muy bien memoradas.

El asunto del poema es la vida de Cristo, conforme al texto de los cuatro Evangelios, sin ninguna especie de adición apócrifa ni circunstancia que no esté contenida en el Sagrado Texto. Así lo anuncia el preámbulo y así se cumple en el libro: «Comienza la »vida de Cristo, compuesta por un religioso monje de la orden de »la Cartuja en versos castellanos, ó coplas de arte mayor, á causa

CAPÍTULO XXHI 83

»que mejor sea leída; porque, según la sentencia de Aristóteles, na- turalmente se deleita el hombre en el verso y música. El qual di- »vide toda la obra en quatro Tablas, porque su intención es, según aparece en el segundo cántico de la primera tabla, hacer un Reta- »blo de la vida de Cristo nuestro Redentor. Las quales quatro ta- ablas corresponden á los quatro Evangelios. Y así por orden po- smiendo las historias no apócrifas ni falsas, salvo como la santa ma- jare Iglesia las tiene, y los santos profetas y doctores, que van por alas márgenes puestos. Van divididas las Tablas, no por capítulos, «salvo por cánticos... La primera tabla comienza del principio has- »ta el bautismo de Cristo. La segunda, de allí hasta el domingo "de »Lázaro, que se llama Dominica in Passione. La tercera hasta que »subió á los Cielos, y ha de venir á juzgar á los vivos y los muertos. «Los lectores paren mientes, quando vieren el evangelista, ó pro- afeta, ó doctor, señalado en la margen, porque en derecho del ver- aso do está señalado, comienza á decir su dicho, hasta que viene el aotro siguiente; así van todos por orden. Quando quiera que algu- anos doctores no tuvieren señalados sus originales ó libros, hase de ^entender que lo dicen sobre el texto Evangélico, en exposiciones, ^homilías, sermones ó postillas; así hace Santo Thomás en su Cate- aría áurea, y Lodulpho Cartujano, el qual más que otro ninguno «compiló muy altamente la vida de Cristo, según fué aprobado en ael Concilio de Basilea. Estos doctores han sido muy familiares al »autor en esta obra; quando él pusiese con ellos el cornadillo de su apobreza, no pone su nombre, salvo este nombre: autor... Y pro- testa de no poner historias de gentiles paganos, salvo algunas que amucho hiciesen al caso y fuesen verdaderas. Cosa temorizada es aponer entre las historias de Cristo historias reprobadas y falsas, asalvo las verdaderas y aprobadas que tiene el Testamento viejo y «nuevo. Y nota que no tan solamente aquí se describe la vida de «Cristo, pero la de Nuestra Señora y de San Juan Bautista, padre agracioso de los Cartujos.»

Esta clarísima exposición hecha por el autor mismo nos excusa de insistir sobre el contenido de la obra, que es uno más en la lar- ga serie de poemas sobre la vida del Redentor, iniciada en el siglo iv por nuestro español Juvenco, á quien se parece el autor del

84 - HISTORIA' DE LA POESÍA CASTELLANA

Retablo hasta en haber dividido su obra en cuatro libros, aunque ni en Juvenco ni en Padilla corresponda cada uno de ellos á un Evangelio, puesto que la narración va seguida y hecha siem- pre con presencia de los cuatro:

Así como salen del huerto primero Y ele su fontana de gran perfección, Los quatro conductos Phisón y Gion, Eufrates y Tigris, de curso ligero; Así de la fuente de Dios verdadero Saco mis tablas por cuatro canales, Que son los conductos evangelicales, Según adelante mejor lo profiero.

La parte original del autor, que él cuida de advertir siempre con la nota indicada, es muy pequeña: se reduce á algunas comparacio- nes y á tal cual sentencia. Al fin de cada uno de los cánticos, hay una oración en versos octosílabos, y á veces, en los momentos más solemnes y dolorosos de la Pasión, intercala lamentaciones en pro- sa, á manera de sermón. El lenguaje es mucho más llano y popular que el de Los Doce Triunfos; son raros en él los neologismos enfá- ticos que dan tan especial color al estilo del segundo de estos poe- mas, y en cambio se recomienda por la patética sencillez y la fuer- za expresiva en muchos pasajes, de que pueden dar muestra estas octavas, tomadas del cuadro de la Crucifixión:

Ya comenzaba el Señor dolorido Hacer las señales del último punto; Mostraba su cara color de difunto, La carne moría, moría el sentido; El pecho sonaba con ronco latido, Los ojos abiertos, la vista turbada, Llena de sangre la boca sagrada, Fríos los pies, y su pulso perdido.

Luego por medio se rompe aquel velo, Que estaba en el templo delante el altar; Comienza muy recio la tierra á temblar, Por medio se quiebran las piedras del suelo Pierden su lumbre los signos del cielo, El sol y la luna también la perdieron,

CAPÍTULO XXIII 85.

Los cuerpos de santos allí resurgieron, Cree el Centurio con grave recelo.

El agua salía, la sangre brotaba, La sangre por precio de nuestros pecados. Y para que fuesen del todo lavados, El agua muy santa perfecta manaba...

Literariamente valen mucho más Los doce triunfos de los doce Apóstoles, poema enteramente dantesco en el conjunto y en los por- menores, aunque el título recuerde desde luego los Triunfos del Pe- trarca, de los cuales también tiene alguna reminiscencia. Este se- gundo poema del Cartujano no es ya historial, sino alegórico; la historia sólo aparece en los episodios, como en la Divina Comedia y en el Laberinto. Un argumento en prosa declara previamente el artificio de esta sotil é divina obra: «La intención del autor es com- »poner doce triunfos, en que describe los hechos maravillosos de >los doce Apóstoles; los quales van divididos por los doce signos »del Zodíaco que ciñe toda la Esfera... por los quales el Sol y los ^Planetas hacen su curso. Por el Sol se entiende Cristo... y todos >los otros Planetas y señales del Cielo, allende del seso literal é his- torial, los trae sutilmente al seso moral y alegórico... Y por quan- >to el año va dividido por sus meses, el autor ha tomado esta in- tención de poner cada un Apóstol sobre el signo que viene: así jcomo á Santiago sobre el signo de León, el qual entra mediado Ju- »lio y va hasta mediado Agosto, que entra el signo de Virgo, enci- sma del qual se pone San Bartholomé... E describe en diversos lu- »gares, discurriendo por la obra, mucho de la Cosmografía, convie- ne á saber las partidas, provincias, rey nos y ciudades por donde ¿los Apóstoles predicaron y de la idolatría triunfaron. Esto mismo >hace de la Astrología, á causa de representar la gloria que los Sari- »tos tienen en el Cielo. Y por semejante, representa en la tierra >doce bocas infernales en un hondo valle; las quales dice que salen >del profundo del infierno; y cada qual de ellas corresponde A un asigno del Zodíaco, y no menos á cada triunfo de los Apóstoles Por las quales doce bocas, se tragan y atormentan doce géneros >de pecados... que son las transgresiones contrarias <1 la observan-

86 HISTORIA DE LA POESÍA CASTELLANA

»cia de los mandamientos... Sobre la haz de la tierra representa el ^Purgatorio en algunos triunfos por diversas penas derramadas; y >finge que habla con algunas ánimas, y les demanda la causa de sus apenas, y de otros que penan en el inñerno... Grandes historias cía- aras y obscuras, é intrincadas materias van por esta contemplativa »obra...»

Hay que distinguir, pues, en la complicada urdimbre de este poe- ma varios hilos; en primer lugar un simbolismo astrológico, en que el Sol representa á Cristo, y los signos del Zodíaco á los Apósto- les (i); en segundo, una Cosmografía ó descripción de todas las tierras en que predicaron los Apóstoles; y finalmente, un viaje al In: fiemo y al Purgatorio, en que San Pablo sirve de guía al poeta, como Virgilio había servido á Dante. Todo lo anuncia y abarca la invocación del poeta:

Yo canto las armas de los Palestinos (2) Príncipes doce del Omnipotente, Sus doce triunfos de don excelente, Triunfos de gloria seranea dinos:

Y pongo la tierra debajo los sinos Del cinto dorado de los animales,

Y junto las altas celestes señales,

Y los fortunados y casos indinos De los pasados é vivos mortales...

(1) Recuérdese, como extraña y curiosa coincidencia, aquella obra á prin- cipios de nuestro siglo tan ruidosa, y hoy tan olvidada, de Dupuis, sobre el Origen de los Cultos, en que el mismo símbolo zodiacal se ve empleado contra el cristianismo y aun contra toda religión.

(2) Reminiscencia evidente del Arma virunque cano... Hay otras imitacio- nes de la Eneida, especialmente de la descripción de la tempestad en el

Triunfo 4°, cap. ni.

Así navegando los golfos tirrenos

Meptuno se leva con ínvido dolo,

Rogando que suelte sus vientos Eolo._

Esta descripción virgiliana estaba entonces muy de moda: ya la había imi- tado Juan de Mena; y simultáneamente con el Cartujano lo hizo el autor de la Historia parthenopea, pero con todo el mal suceso que podía esperarse de su nulidad poética.

CAPÍTULO XXIII 87

Estos materiales se mezclan de un modo bastante confuso, y son de muy desigual valor. Toda la parte astrológica y cosmográfica es en extremo cansada y pedantesca. Por el contrario, la visita á las mansiones infernales es la parte mejor de la obra: aquí el Cartujano 'sigue paso a paso las huellas de Dante, y calca sus episodios, y unas veces le imita y otras le traduce, pero siempre con desembarazo, nervio y estilo propio. Su dicción es escabrosa y desigual, á veces enfática y altisonante, á veces desmayada y pedestre, pero en las comparaciones (i) y en las descripciones suele mostrar mucha sa- via poética. De las cualidades de Dante acertó á asimilarse una de

(1) Juzgamos conveniente transcribir algunas, no sólo por la extraña ori- ginalidad de varias de ellas, sino por tratarse de un poeta tan olvidado, y cuyas obras, aun en la edición de Londres, son de difícil acceso:

Alzaba la cara con altos bramidos Que retronaban aquella montaña, Bien como toros bramando con saña, Huyendo de otros después de vencidos...

Y como quien tuerce los hilos pendientes Entre las palmas con fuerza de dedos; Como los sastres sentados y quedos Los tuercen colgados de solos dos dientes: Así las dañadas y pérfidas gentes Tuercen sus lenguas del todo sacadas, Para que sean sotil enhiladas Con las agujas de fuego pungentes, Puesto que sean muy más abrasadas.

Como los toros, en tales lugares *, Tienen á fuertes colunas ligados: Así vide cuerpos de bestias atados Por las gargantas y los paladares. Tenían las caras con sus aladares, Bien como unos humanos mortales: Los miembros de cuerpos no poco bestiales, En parte conformes, y en parte dispares De asnos sardescos que son desiguales.

Como los brutos galápagos suelen Tener sus cabezas y cuello de fuera

El matadero ó carnicería de que habla antes.

88 HISTORIA DE LA POESÍA CASTELLANA

las más características: el poder de representación eficaz y viva de las realidades concretas; el arte de transformar lo fantástico en icás- tico, y de producir con elementos del mundo invisible la visión de cosa presente y palpable. En la expresión el Cartujano es más dan-

Por los remansos de alguna ribera, Si no les dan causa que hondo se cuelen: Tal se mostraban, y mucho se duelen Las tristes cabezas por esta laguna...

En lo más hondo del valle penoso Oímos sonar unas ciertas cuadrillas: Así como suenan algunas tablillas,

Y roncas gargantas del pueblo leproso, Que pide limosna de fuera las villas.

Como de noche corusca del cielo Súbita lumbre relampagueando, Hace su rayo sotil radiando Que súbitamente veamos el suelo; Pero tornando la noche su velo Quedan los ojos así como muertos:

Y tanto se monta tenellos abiertos, Cuanto cerrados á luz de señuelo

Que suelen de noche poner á los puertos.

Y como delante de los caminantes Traviesan corriendo los ciervos ligeros, Heridos á veces de los ballesteros Con yerbas peores que pasavolantes: Así nos pasaron delante bramantes Unas amargas personas, heridas

Con armas de fuego cruel encendidas; Sus trancos y pasos así festinantes Como las cebras por llano corridas.

Y bien como vemos que muchas vegadas, Aunque corridas, se paran mirando

A los cazadores, que van ya callando A causa que sean más presto cazadas, Así nos giraron sus caras cuitadas, Y se detuvieron en razonantes...

Y como en la Isla de Hierro la gente Bebe del agua que el árbol destila,

La qual por las hojas pendientes ahila

CAPÍTULO XXIII 89

tesco que Juan de Mena, aunque éste tenga más partes de poeta épico. La cruda familiaridad del estilo del monje Padilla, en los tro- zos en que se olvida de la afectación retórica y se deja llevar no menos de su natural instinto que del gran modelo que tenía

Hasta que hinche la húmeda fuente; Así destilaba la sangre reciente Por todos los miembros de los cativados: Que todos los charcos de agua menguados Llenos quedaban de sangre rubente, La qual no pudieran beber los ganados.

Y como los peces los cuervos marinos, Las almas amargas con ansia tragaban.

Asi nos llegamos á poco de rato A la ribera, do vi que penaba Uno que cieno hediondo tragaba Como quien traga la miel de Cerrato. Su mano traía cruel garabato, El suelo rasgaba con él abarrisco;

Y como quien anda buscando marisco Tal rebuscaba con férvido flato

El cieno muy negro cubierto de cisco.

Véase, en contraposición á tan hórridas pinturas, esta dulce entrada del 'l?runfo cuarto^ que recuerda análogos principios de algunos cantos de Dante:

Como la dulce calandra volando Entona su canto, subiendo su vuelo Facia la parte más alta del cielo, Con sus alillas sutil aleando: Pero después de sobida callando Contempla la forma de aquella su vida,

Y con alegría mezclada sobida, Muy vagorosa se viene calando Kacia la propia terrena manida.

o es rara la suavidad y ternura de expresión en el Cartujano^ v. gr.

Así rastreando la triste plañía, Como los niños que van gateando; Que dejan la cuna, la madre buscando, Puestos en esta continua porfía, Hasta que callan, la teta mamando.

gO HISTORIA DE LA POESÍA CASTELLANA

á la vista, va bien con la entonación sombría de los cuadros en que principalmente se complace. Veamos algunos trozos, eligien- do precisamente aquellos en que es más visible la imitación de Dante, y en que, por consiguiente, el arte del imitador tiene que luchar con más desventaja. Sea el primero la aparición de Satanás, imitada del último canto del Infierno:

Lo' mperador del doloroso regno

Da mezzo '1 petto uscia fuor della ghiaccia...

En medio del pozo según parecía, Vimos de bruzas estar aleando Una muy fea visión, trabajando Por levantarse maguer no podía. Las manos y cola de grado tenía,

Y más las espaldas atan escamadas Como las sierpes de Libia conchadas;

Y como la Hidra su cuello tendía Con siete gargantas y lenguas sacadas.

Las alas, mayores que velas latinas,

Y de las morciélagas no diferían: Dos vientos las alas batiendo hacían, Helantes las partes del pozo vecinas. Por agujeros, resquicios y minas Brotaban helados y negros vapores: Helaban las carnes de los pecadores, Doblando sus males y penas continas,

Y otros secretos tormentos mayores.

Suena de dentro muy grande zombido Como colmenas después de castradas; Ó como las aguas que van despeñadas Á dar en el pozo que tieuen seguido...

Nadie dejará de recordar las capas de plomo con que Dante (canto XXIII) revistió á los hipócritas:

Egli avean cappe con cappucci bassi Dinanzi agli occhi, fatte della taglia Che'n Cologna per li monaci fassi.

CAPITULO xxiii gi

Di fuor dórate son si ch' egli abbagiia; Ma dentro tutte piombo e gravi tanto, Che Federigo le mettea di paglia...

Véase cómo Juan de Padilla imita libremente, pero con mucho vigor, este pasaje, sustituyendo con unas máscaras de plomo las capas de Dante:

Y vi que por ásperos riscos sobía Una gran parte de gente gimiendo: Como cargado que gime subiendo Ásperos puertos, sin senda ni guía. Cada qual de ellos, yo vi que tenía Cubierta su cara con otra fingida, Hecha de plomo muy más que bruñida, Y blanca su ropa, según parecía. De pelos de lobo sutil retejida.

Llevaban las cíiras y cuerpos corvados, Así como hace cualquier ganapán, Que lleva gran peso con pena y afán Á los navios en Cádiz fletados. El plomo hacía sus rostros pesados. Siendo las máscaras deste metal Por ir adelante por el pedregal: Atrás se tornaban con pasos trabados, Hacia lo hondo del valle mortal.

Las máscaras graves, de plomo talladas,

Y todas sus ropas y trajes fengidos, Allí se derriten después de heridos, Quedando sus caras muy más inflamadas.

Y como de alto las peñas lanzadas Vienen con furia la cuesta rodando, Tal se mostraban allí despeñando, Hacia lo hondo de aquellas quebradas, Estos blasfemos de Dios reclamando.

En este gran trato de cuerda penaban Otros semblantes de mitras y togas; Eran sus lenguas las ásperas sogas Que los sobían y los abajaban. Todos sus miembros se descoyuntaban,

Y más rebotaban los huesos quebrados:

92 HISTORIA DE LA POESÍA CASTELLANA

Y como los cuellos de los ahorcados, Muy estiradas sus lenguas mostraban. Venas y cuerdas, los bezos inflados...

Y que el Cartujano había llegado á conquistar los más terribles secretos de la fiera penalidad dantesca, lo muestra bien aquel epi- sodio en que nos describe los canes que devoraban las carnes y lenguas heladas y duras de los apóstatas, cuyos miembros, después de tragados, volvían á rehacerse en forma de demonios, los cuales atormentaban el cuerpo de que procedían, y á los mismos canes del Infierno que se habían cebado en su madre.

Mostraban aquellos ministros cruentos, Como verdugos y bravos leones. Manos y garfios de mil condiciones,

Y otras maneras de nuevos tormentos. Despedazaban los cuartos sangrientos

Y lenguas babosas de aquellas quimeras; Las cuales colgaban de las espeteras, Allí do picaban los buytres hambrientos, Bien como cuervos de cuencas enteras.

Y como los gatos de las asaduras Afierran con uñas, no poco gruñendo: Tal se mostraban los canes, comiendo Las carnes y lenguas heladas y duras. A rehacerse por las coyunturas

Tornaban sus miembros, después de tragados, Pero después que los vi revesados Tornaban en otras más feas figuras. Hechos del todo diablos formados.

Los viboreznos con dientes crueles Royen la madre después de parida: Tal se mostraban con rabia crecida Estos nóvelos diablos rebeles. Contra los canes muy más infieles Volvían sus uñas crueles y dientes, Despedazando sus carnes dolientes; Para vengarse muy más que lebreles En los de caza venados mordientes.

No hay en los Doze triunfos episodios de carácter épico que com- pitan con la heroica muerte del Conde de Niebla, y con otros que

CAPITULO XXIII 93

en las Trescientas se admiran. En los versos del hijo de San Bruno, forjados en el silencioso retiro del claustro más austero, el mundo sobrenatural, aunque visto é interpretado de un modo tan realista, tenía que ocupar mucho más espacio que el mundo de la historia. Pero en el curso de su peregrinación por el infernal laberinto, no deja el poeta de encontrar semblantes conocidos de gentes de su patria, y acierta á veces á retratarlos con el toque vigoroso y som- brío que cuadra á un tan fiel discípulo de Dante. Así, en el círculo de los apóstatas, pena el arzobispo Don Opas: así en la obscura y helada laguna, llena de juncos silvestres y de espíritus roncos, don- de son castigadas las almas frías y tibias, levanta la cabeza el caba- llero de la Banda Dorada, menospreciador de las fiestas, que él em- pleaba en correr el monte, «tratando ¿os sacres y vivos halcones-» y en hollar y destruir los panes de los labradores; y no lejos de allí, azotado por el turbio viento y por los espesos copos de nieve, pena su codicia el avariento y usurario mercader

Que en todos los bancos de Flandes cambiando, Hizo muy llena la bolsa vacía...

el cual, extendiendo su trato á Florencia, Venecia y Genova, Lyon, Sevilla y Valencia, tuvo en Medina y en Valladolid rica tienda de brocados. Así en la negra caldera de los simoníacos hierve un papa (cuyo nombre no quiere declarar el autor, pero se infiere que ha de ser Alejandro VI), pregonando en altas voces su condenación eterna:

Yo de la silla muy santa romana Hice las cosas que nunca debiera; Multiplicando por mala manera La triste ganancia que pierde y no gana. La sangre propincua, mortal y muy vana, Fuera la causa de tantos errores, Haciendo á mis hijos muy grandes señores, Y dando manera por donde renueva Esta dolencia por otros menores.

Verás la caldera por forma de ara Donde se funde la dulce pecuña i ),

(i) Pecunia.

94 HISTORIA DE LA POESÍA CASTELLANA

Y donde se ofrece después que se cuña Con impresión de la falsa Tiara...

Luego reguardo con tales razones La negra caldera hervir á meriudo,

Y lo que la mente notar aquí pudo, En ella hervían muy ricos bolsones. Brotaban por cima de los borbollones Revueltos en forma de gruesos gusanos: Como perdiendo los cibos livianos, Saltan y tocan los vivos tizones

No socorridos de fuerza de manos.

Varios episodios, de mucha curiosidad histórica, nos transportan á la época de anarquía que precedió inmediatamente á los Reyes Católicos. Uno es el del comendador de Extremadura, en quien parece vislumbrarse la terrible figura del clavero D. Alonso de Mon- roy (i); otro el del montañés homicida, del bando de los Negretes (como si dijéramos, un héroe de los de Lope García de Salazar), condenado con un tropel de malhechores de su especie á correr in-

(0

Yo só, me dijo, del Estremadura; Donde las rayas reales ya juntas, Hacen la tierra no mucho segura.

Tuvo mi pecho la cruz colorada; Pero con odio que tuve de uno, El qual aquí viene también de consuno, Fué mucha sangre por nos derramada. La cruz que traía de fuera bordada, Dentro no tovo mi mal corazón Por ella perdida semblante pasión; Pero mi alma salió condenada Súbitamente sin más confesión.

Este con grave coraje de presto, Como quien rabia con férvida basca, Con uñas crueles su pecho se rasca, Después de rascado su lánguido gesto. Y súbitamente yo vide, con esto, Salir de su pecho cruel horadado Un drago con su corazón travesado: Bien como perro que saca del cesto El pan que la moza no tiene guardado

capitulo xxin 95

cesantemente, *.como los ciervos en tiempo de brama», bajo una llu- via de saetas enherboladas y encendidas (i).

El carácter nacional de este poema se acentúa más y más en la visión del candido lirio de Calahorra, es decir, de Santo Do- mingo de Guzmán: en cuya boca pone el Cartujano los loores de España, la descripción de las armas de Castilla y de los es- tandartes de las doce principales casas del Reino, que rodeaban en manera de pabellón el trono de Santiago; y los triunfantes

(0

¡Oh ánimas (dije) que tan fatigadas Vais caminando, de fuego llagadas, Decidme, si sois de la nuestra Castilla, O de las provincias en torno pobladas!

Uno responde con alto gemido, Sentido que hobo mi lengua materna: Porque mímente mejor te dicierna, Dime primero, fueste nacido? Yo le repuse, sin ser prevenido: ¿Y cómo no sientes que castellano? No hablo tudesco ni menos toscano: Basta que sepas haber yo bebido Las aguas del río sotil sevillano.

Mas dime, quien eres ¡oh ánima triste!

Y quien son aquestos que van á tu lado?

Y qué fué la causa de tanto pecado, Por donde tu cuerpo tal hábito viste? montañés de la brava montaña,

Y más gamboyno, llorando me dice: Tales excesos mortales yo hice, Por donde padezco la pena tamaña. Los unigueses * con férvida saña Maté con mis manos, sin lo merecer,

Y más en Bilbao queriendo valer Hice no menos semblante fazaña Por donde la villa se quiso perder.

Por ende con armas de fuego llagado caminando sin agua ni cibo; Cual muerte yo daba, tal pena recibo Con estas saetas que travesado. Otros de aqueste convento penado Hicieron lo mismo, que fueron Giletes, Sin causa matando los nobles Negretes.

Oñacinos.

g6 HISTORIA DE LA POESÍA CASTELLANA

esfuerzos de los reyes y batalladores de la Reconquista, de los cuales dice enérgicamente:

Que muestran sangrientos los brazos y codos;

y entre los cuales se levanta la sombra del campeón burgalés, con- fortado por el aliento de San Lázaro:

Mostróse Laines, cruel batallando Con el resuello del Santo llagado.

Tenía debajo su fuerte persona, Por pavimento de su rica silla, A Búcar y toda su grande cuadrilla, Los quales domara su hoja tizona.

Bajo el hábito del cartujo late briosamente el corazón del patrio- ta, y no puede contener el Salve, magna parens frugum, que acude á sus labios, aunque le ponga súbito correctivo San Pablo, retrayén- dole á la memoria de la patria eterna:

La grande excelencia de nuestras Españas Excede la pluma de los oradores.

Fértiles tiene sus grandes montañas,

Y más los collados y vegas amenas; De todos metales abundan sus venas,

Y dellos reparte por tierras extrañas, Haciéndose rica con doblas ajenas.

Basta, me dijo mi Santo precioso, Lo contemplado del suelo materno: Duro lo halla muy más que no tierno Aquel que lo deja por Dios poderoso: El hábito hace muy más virtuoso La mente que ama la patria superna: Esta la vida segura gobierna Aquí en este suelo mortal y penoso, Que muchas vegadas las almas enfierna.

La tradición épica, que con las maravillas de fines del siglo xv parecía haber cobrado una segunda juventud, la cual iba á conti- nuar potente y gloriosa durante una centuria entera, tiene en el

CAPITULO XXIII 97

i

poema de Juan de Padilla inesperadas manifestaciones: ya cuando el autor interroga al banderizo montañés sobre la suerte de Bellido Dolfos, y él malignamente contesta, según la voz popular:

Urraca lo sabe mejor á anda;

ya cuando, en medio del fiero y hediondo tremedal, comienza á le- vantar la cabeza, del légamo donde yace atollado, el espectro del rey D. Rodrigo, vestido de tosco sayal de paño pardo. El poeta se apiada de tan inmensa desventura, quiere excusar á D. Rodrigo la acerba confesión de sus culpas, y por un rasgo que bien puede lla- marse de genio dramático, hace surgir un rutilante real caballero, que se anuncia en estos términos:

Yo Pelayo: mi padre, Favila.

El restaurador de España es el que más ejemplarmente puede contar la pérdida de ella, y, en efecto, empieza á referirla desde el quebrantamiento de los candados de la mágica cueva de Toledo:

Abrió de Toledo la gran cerradura, Do vido la tela con bultos pintados...

Y cuando la visión gloriosa del vengador se va alejando, diríase que toda la Naturaleza se alegra á su paso:

Luego de súbito desaparece, Dejando las auras olientes y netas: Como las rosas y las violetas Heridas del ayre después que amanece...

No hemos pretendido apurar todo lo que hay digno de estudiar- se en este raro poema, tan desigual á la verdad, y de tan inamena lectura en mucha parte de su contexto, pero sembrado por donde quiera de rasgos de talento descriptivo, nacidos de una fantasía plástica y viva. Tiene Juan de Padilla la robustez y alteza de versi- ficación que en todo tiempo ha sido gala y timbre de los poetas an- daluces: tiene además el instinto de la dicción poética noble y so- nora, que él procura enriquecer, á imitación de Juan de Mena (segundo maestro suyo después de Dante), con gran número de la- tinismos é italianismos más ó menos felices, por lo cual, no sin cier-

Mesbndez y Pelayo. Poesía castellana. III. 7

98 HISTORIA DE LA POESÍA CASTELLANA

ta verisimilitud, se le ha contado entre los precursores de la escuela sevillana. Es frecuente en él el empleo de los participios latinos (semblante nitente, selva manante, piélago rubente), no menos que la introducción de algunos adjetivos del mismo origen, que luego quedaron en el dialecto poético (aurora lúcida, clarífico fuego, lira dulcísona), sin contar otros que no han prevalecido, como serénico cielo, noche corusca é divido dolo. Pero mucho nos engañaríamos si creyésemos que estas innovaciones constituyen el fondo del esti- lo del Cartujano, que lejos de sostenerse en esta cuerda enfática, desciende á cada momento á los idiotismos más populares y llanos, no sin gran ventaja de la fuerza expresiva en" que principalmente consiste su mérito. Uno de los secretos que robó al excelso poeta florentino, fué el de mantener despierta la atención del lector con alusiones á lo que debía de serle más familiar, á los negocios, tráfa- gos y solaces de cada día, con indicaciones topográficas precisas: la feria de Medina; la tabla de Barcelona; el potro de Córdoba; la sima de Cabra; el aquelarre de las hechiceras de Durango (i); la lonja de los Ginoveses de Sevilla; la calle de Armas, donde se hurtaban los arneses antes que se abriese la puerta de Goles; las Gradas del tem- plo sevillano por donde el autor, cuando pequeño, se paseaba con

(1) Es muy curioso lo que se refiere á artes mágicas en el cap. vn del primer Triunfo, que debe cotejarse con pasajes análogos de Juan de Mena. Además de los nigrománticos, hechiceros y mathemáticos (es decir, astrólogos judiciarios) pone Padilla en su registro á

Los que las uñas del muerto cercenan, Para mezclarlas con otra malicia...

y recogen los ojos y dientes de los ahorcados; á los que hacen cercos dañados; á los que se guían por los puntos pitagóricos, ó por augurio de constelacio- nes, ó por cualquier otro de los signos que recopila en esta última octava:

Y callo no menos la loca manera Del que reguarda con ojo malino," Quando la liebre traviesa camino

Y el ciervo bramando sin su compañera; O si del encina, del bosque somera, Canta la triste siniestra corneja;

Y cómo conjura la trémula vieja

Los cuerpos compuestos de líquida cera Con su profana prolixa conseja.

CAPITULO XXIII 99

un libro abierto; la venta de Zarzuela y el coto de Guadalherce, donde «-la bolsa pesada recela», hasta que se ve «verdeguear la vara del quadrillón»; la cuesta de la Plata de Valladolid, frecuentada de tratantes y logreros; la aldehuela de tierra de Zafra, famosa por el gigante Juanico; «las hornillas del hierro labrado de Lipuzca (Gui- púzcoa)»; la piedra horadada del puerto de San Adrián; la Torre del Oro «cabe el Bético río»; la Atalaya de las Almadrabas; el páramo frío de la Palomera de Avila; el monte de Torozos y la puente de Guadiato, familiares á los salteadores, en especial á aquel Cristóbal de Salmerón, que había sepultado á veintidós hombres en un pozo; el brasero de Tablada, funesto á los judaizantes; el árbol maravilloso de la isla de Hierro; las «ondas iamás navegadas-» por donde Colón halló las perlas con el oro... Leyendo atentamente el poema, se ve que el Cartujano aspira constantemente al cielo, pero que tiene to- davía puestos los ojos en la tierra.

Fué de todas suertes uno de los mayores poetas del siglo xv, aunque brillase más en los pormenores que en el conjunto, y aunque no tuviese la fortuna de ligar su nombre á una composición impe- recedera, como las Coplas de Jorge Manrique ó el Diálogo entre el amor y un viejo. Llegó demasiado pronto para unas cosas y dema- siado tarde para otras: encerró sus mejores pensamientos en la for- ma alegórica que ya empezaba á caducar; en el molde de una versi- ficación monótona de suyo y condenada á próxima muerte: vivió en una época de transición (que en arte las hay ciertamente, aunque tanto se abuse del nombre): fué de los que tocaron en las puertas del Renacimiento sin llegar á penetrar en él, y sin ser tampoco ver- daderos poetas de la Edad Media: su erudición tuvo que ser pedan- tesca, torcido y violento su estilo. Pero sus fuerzas nativas eran grandes, quizá superiores á las de cualquier otro poeta del tiempo de los Reyes Católicos; y si en absoluto no se le puede dar la palma entre los imitadores castellanos de Dante, sólo Juan de Mena puede compartirla con él, viniendo á ser uno y otro medios Menandros respecto del altísimo poeta á quien tomaron por modelo.

Tuvo Juan de Padilla algunos imitadores, entre los cuales puede contarse á un anónimo religioso de la orden de los Mínimos, y pro- bablemente andaluz, que dedicó al duque de Medinaceli, D.Juan de

IOO HISTORIA DE LA POESÍA CASTELLANA

la Cerda, un nuevo poema dantesco hasta en el título: Libro de la Celestial Jerarquía y Infernal Laberinto, metrificado en verso heroico grave (i). El autor había oído leer en casa de su Mecenas las coplas de Garci Sánchez de Badajoz (de quien da muy peregrinas noticias, que aprovecharemos después) y doliéndose de ver empleado tan buen ingenio en materias profanas y aun escandalosas, deliberó apli- car por su parte la poesía á temas espirituales, como antídoto con-

( i ) Comienga el libro de la celestial j erarchia y inffernal labirintho, metriffi- cado en metro castellano eri verso heroyco grave por un religioso de la orden de los mínimos, dirigido al illustrey muy magnifico señor donjuán de la cerda, duque de Medina celi, conde del puerto de Sánela 1 'aria. Sin lugar ni año, folio gótico, 2 hojas preliminares y xxu foliadas, con una más para las erratas. Es libro de extraordinaria rareza.

Comienza imitando la invocación de Juan de Mena:

Al muy prepotente supremo monarcha, Aquel que los cielos y tierra esclarece.

A la misma escuela pertenece, aunque fué impreso antes que las obras del Cartujano, el Triumpho de Maria, de Martín Martínez de Ampies, que más que obra literaria fué el cumplimiento de una penitencia que impuso al poe- ta su confesor, como en el frontis se expresa: «Por alabanza de la preciosa Virgen y madre de christo ihesu: comiéca el libro intitulado triñpho de mar ia: por martin martinez de ampies, compuesto; y en emienda de sus delictos á él otorgada por el reverendo doctor fray gonfalo de rebolledo, frayle menor, como por padre de su cófessió.y

Es un poema en octavas de arte mayor, con glosas á estilo de las de Juan de Mena, seguido de varias canciones de los coros celestes, de los justos, de los santos y del linaje femenino de la gloria, en alabanza de Nuestra Señora.

En la signatura g comienza su nuevo poema De los Amores de la Madre de Dios, que vienen á ser unos gozos en versos de arte menor.

Al fin del tomo se leen las señas de la impresión en estos términos:

<lEI triñpho y los amores d' la preciosa madre de dios aqui se acaban: y emprc- tados con las expensas de Paulo Hurus alemán de Constancia en la noble ciudad de Caragoca:» en el año de nuestra salud Mil cccclxxxxv (.1495)- 4-° gót. sin foliatura.

En el título ya se trasluce la imitación de los Triunfos del Petrarca, que también en Padilla y en los demás poetas de este tiempo se mezclaba más ó menos con la de Dante.

Martínez de Ampies es más conocido como traductor del Viaje de la Tierra Santa, de I'ernardo de Breidembach, deán de Maguncia, bellamente estam-

CAPITULO XXIII IOI

tra los devaneos y liviandades en que se complacían los trovadores cortesanos. En tal empresa tomó por modelo al Cartujano, según lo manifiesta en el proemio que hace veces de dedicatoria:

«Pues como yo conociese quanta fuerza tenga este metrificado » escrebir en los nobles y sabios corazones, y allí se me manifestó » vuestra señoría serle aficionado, determíneme escrebir este libro »en este estilo; aunque en la verdad de él fué muy poco acos- tumbrado. Y esto para que así como en esos otros (libros) profa- » nos con la dulce cadencia del metro se traga el ponzoñoso veneno, » que es verdadera muerte del alma, así en este nuestro con la dulce » cadencia cayese el amor de las cosas celestiales, adonde está su » vida verdadera... Aun en nuestros tiempos vive un devoto religio- »so cartujano, D.Juan de Padilla, autor del Retablo de la vida de » Cristo, que no con infructuoso trabajo ni falta de elegancia caste-

pado en Zaragoza por el alemán Paulo Hurus, en 1498, con muchas curio- sas estampas en madera, que representan ya animales exóticos, ya trajes de diversas naciones peregrinas (griegos, surianos [sirios], abisinios, etc.), y muestras de los alfabetos árabe, caldeo, armenio, etc., todo lo cual acre- cienta el valor bibliográfico de este rarísimo libro. El traductor pone de su cosecha al principio un breve Tractado de Rotna, ó sea compendiosa des- cripción é historia de esta ciudad; y suele añadir algunas notas muy curio- sas, especialmente la que se refiere á los gitanos, que él llama bohemianos ó egipcianos.

De este mismo autor es El Libro del Aniicristo (Zaragoza, 1496, por Paulo Hurus, y Burgos, 1497, por Fadrique Alemán, de Basilea, con grabados en madera).

Lo escribió ó compiló su autor estando en la campaña de Perpiñán; y se divide en 45 partes ó capítulos, seguidos de un nuevo Tratado del judicio pos- trimero, y de una Declaración de Martin Martínez Dampiés en el traslado del Sermón de Sant Vicente. Cierra el volumen la muy sabida carta de Rabí Sa- muel á Rabí Isaac, trasladada del arábigo al latín, en 1338, por Fray Alonso de Buen hombre, y del latín al castellano por Dampiés.

Tradujo del catalán el libro de menescalia, ó albeitería, de Manuel Diez, ma- yordomo del Rey Alfonso V (Zaragoza, 1499; Valladolid, por Juan de Burgos, 1500; Barcelona, 1523; Burgos, 1530; Zaragoza, 1545...).

En el Opus Paschale, de Sedulio, comentado por Juan Sobrarías (Zara- goza, 151 1), se lee un carmen elegiacum, de Martín Martínez Dampiés, que fué natural de la villa de Sos, y murió en Uncastillo. (Véase su artículo en Latassa.)

102 HISTORIA DE LA POESÍA CASTELLANA

» llana escribió el Vita Christi, en verso heroico grave difuso, el »qual Landulfo, monje de su Orden, con orden divinal había copi- nado latino.»

No haciéndose aquí mención de Los Doce Triunfos, parece que hemos de suponer que el Libro de la Celestial Jerarquía, cuya edi- ción no tiene fecha, fué impreso antes de 152 1; presunción que sus señas tipográficas tampoco contradicen.

La Celestial Jerarquía es una imitación bastante endeble de la Divina Comedia, sin nada que particularmente la distinga de las innumerables visiones alegóricas de su género. Del escaso mérito de su versificación y estilo puede juzgarse por las siguientes coplas del principio:

En unas montañas muy altas estaba,

D' escuras tinieblas del todo cercado,

De sueño pesado así sujetado,

Que asi como muerte la vida prisaba:

Cuando el aurora corriendo buscaba

Aquel claro Febo, luziente dorado,

Con sus crines de oro, así muy pagado,

Que alegre y riendo los mundos miraba. Yo que dormía con tanto reposo,

Una voz alta hablóme diciendo:

Despierta, despierta, ¿qué haces durmiendo

En tiempo tan dulce, alegre y gracioso?

Abrí, pues, mis ojos asaz temeroso,

Para mirar á quien me hablaba,

Y vi claridad tan grande, que estaba

Todo aquel monte con rayos lumbroso. Era aquel tiempo alegre y temprano,

Cuando los campos se visten de flores,

Cantan calandrias, cient mil ruiseñores,

Aquel mucho dulce del lindo verano;

El toro potente, valiente, lozano,

Abría las puertas del todo patentes,

Para que alegres mirasen las gentes,

Con gran hermosura el mundo galano...

Otros aplicaron la forma alegórica y el metro de Juan de Mena á asuntos de historia contemporánea. Fué de los primeros y más afor- tunados un hijo del trovador Pero Guillen de Segovia, de quien ya

CAPITULO XXIII IO3

tenemos noticia, llamado Diego Guillen de Ávila, seguramente por haber nacido en aquella ciudad. Crióse en el palacio del Arzobispo de Toledo D. Alonso Carrillo, de quien su padre era contador ma- yor, y dedicándose desde su primera juventud á la carrera de la iglesia, pasó á Roma en compañía de un sobrino de aquel prelado, que llegó á ser obispo de Pamplona. De aquel género de domesti- cidad pasó á otras «siguiendo siempre ajenas voluntades», según él dice, hasta que, protegido por el Cardenal Ursino, obtuvo un cano- nicato de Palencia, donde apenas residió, como era uso corriente en la relajadísima disciplina de aquel siglo. La estancia en Roma favo- reció sus aficiones clásicas, de que dio muestras en varias traduc- ciones estimables, como la de las Estratagemas de Frontino, y la de los libros teosóficos atribuidos á Hermes Trimegistro, que trasladó de la versión latina de Marsilio Ficino (i). En verso compuso el Pa- negírico de la Reina Católica y el Panegírico de D. Alonso Carrillo. El primero de estos poemas, terminado en Roma el 23 de Julio de 1499, y dedicado á la misma princesa en 28 de Abril del año si- guiente, empieza con la acostumbrada visión de obscura selva, por donde el poeta va peregrinando hasta que llega á «una casa fatídi- ca, donde estaban figuradas todas las estorias passadas, presentes y futuras-». En aquel palacio habitaban las tres facías ó Parcas: Átro- pos, Cloto y Láquesis, que son las que guían al poeta en las tres partes de la obra, explicándole la primera el origen de los godos y la genealogía de los Reyes de España, hasta llegar al infante Don Alonso; comenzando á referir la segunda los principales hechos del reinado de Doña Isabel (guerra con Portugal, formación de las Her-

(1) Los cuatro libros de Sexto Julio Frontino, Cónsul Romano. De los enjem- plos, consejos y avisos de la guerra: obra muy provechosa, nuevamente trasladada del latín en nuestro romance castellano, e mievamente impresa.

Al fin: La presente obra fué impresa en la muy noble y muy leal cibdad de Sala- manca por el muy honrado varón Lorenzo de Lion dedei. Acabóse el primero dia de abril del año 1516, 4.0 gótico, 59 hoj. Eu la carta dedicatoria al Conde de Haro D. Pedro de Velasco, se firma el autor Canónigo de Palencia.

La traducción de los libros del seudo Hermes Trimegistro, hecha en Febrero de 1487, fué remitida por el traductor á Juan de Segura, en No- viembre d,el mismo año. Hay ejemplar manuscrito en la Biblioteca Escu- rialense.

104 HISTORIA DE LA POESÍA CASTELLANA

mandades, establecimiento de la Inquisición, conquista de Granada), y anunciando la tercera, como en profecía, otros sucesos posteriores, tales como la expulsión de los judíos, la herida del Rey Fernando en Barcelona, la guerra del Rosellón, las hazañas del Gran Capitán en Italia, la muerte del príncipe D.Juan; terminando todo con el va- ticinio de la conquista de África y de Jerusalén, pero sin decir una palabra del descubrimiento, entonces tan reciente, del Xuevo Mundo. Sin ser Diego Guillen poeta de altas dotes, es por lo menos un versificador muy afluente, y no carece de brillantez y gracia en las descripciones, á pesar de los resabios pedantescos con que suele echarlas á perder, verbigracia:

Era en el tiempo que muestran las flores De sus escondidas potencias señales, Y los terrestres aquosos vapores Al ayre los suben los rayos febales: Thiton con sus carros luzientes triumphales Ocupa los cuernos del candido toro, Habiendo partido en la piel de oro El justo equinoccio en partes iguales.

Entonces, vencido de mi fantasía, Me vi caminando por una floresta, Tan alta y espessa, que me parecía Que naturaleza la hubiese compuesta...

Por donde yo siento tumulto sonante De címbalos, flautas y otros sonidos, Que ya por las faldas del claro Athalante, De sátiros fueron y faunos oidos. Allí las Driádes con passos debidos con más ninfas que en coro danzaban, Y en rústicas voces cantando loaban Las vidas silvestres en que eran nascidos.

Atónito iba conmigo y turbado En verme entre gentes que ver no podía; Congojas me llevan así congojado, Que el alma temores secretos sentía. Cada una planta de cuantas veía Ser cosa sensible se me figuraba, Los blandos cabellos alzados levaba, Mis miembros temblaban, no qué tenía..

CAPITULO XXIII 105

En la enumeración de los claros varones de España, no olvida á los héroes de la tradición épica: por ejemplo, dice del Cid, harto débilmente, salvo un solo verso:

Y aquel caballero que allí ves armado De armas tan claras, lucidas, fulgentes, El Cid es Ruy Diaz, aquel esforzado Que reyes venció tan grandes potentes. Por este Valencia, si pones bien mientes, De los africanos fué bien defendida; Aqueste en la muerte venció y en la vida, E hizo más cosas que saben las gentes.

Lo mejor y lo más pintoresco del poema es lo que propiamente se refiere á la Reina Isabel. Hay color poético y muy agradable sa- bor clásico en el cuadro de su nacimiento, que viene á constituir una especie de oda genetliaca:

Cuando los aires gustó de la vida, La clara Lucina estaba presente: Hilaba yo alegre, de blanco vestida, El candido hilo muy resplandeciente. En mi blando gremio la puse placiente; Por suerte infalible la he prometido Memoria perpetua, gran vida y marido, Riquezas y reinos, progenie excelente.

Estaba conmigo la Naturaleza; Su gesto con mano sotil adornaba De tan radiante y clara belleza, Que todos los gestos humanos sobraba. Sus miembros ebúrneos assí conformaba En tal proporción, grandeza y mensura, Que, quien las contempla, verá en su figura Beldades que ver jamás no pensaba.

Las Gracias le dieron preciosa guirnalda De ramos fragantes, mezclados con flores; De lirios, de rosas hinchieron mi falda, De timbra, que daba suaves olores. Espíranle, envueltos en dulces liquores, Sus nombres, sus fuerzas assí verdaderas, Que se le infundieron tan grandes y enteras, Que consigo mismas no quedan mayores.

Volaban en torno alegres, ornados,

IOÓ HISTORIA DE LA POESÍA CASTELLANA

Los dulces amores que á verla venían; Las viras sabrosas, los arcos dorados Tendidos, ientados y floxos traían. Después que la vieron, conmigo decían: «Pues que esta princesa por fuerza nos pisa, »Las flechas le demos, que sean su divisa: »Podrán más con ella que con nos podían.»

La Virgen Astrea descendió del cielo, De sus compañeras en torno-cercada; Perdido del todo el viejo recelo, Nascida esta reyna, do hagan morada. Después que le dieron corona almenada, Obraron conmigo sotil vestidura, Con que la vistieron de tal hermosura, Que siempre le tiene el alma adornada.

La misma floridez y lozanía, aunque con más igualdad de estilo, campean en otras partes del poema, especialmente en la descripción de la entrada triunfal de los Reyes en Granada. Consta toda la obra de ciento ochenta y cuatro coplas de arte mayor, y aun esta breve- dad relativa, que no es frecuente en los poemas de su clase, hace que éste se lea sin fastidio.

Por méritos análogos se recomienda el Panegírico de D. Alonso Carrillo, antiguo Mecenas del autor y de su padre: tarea que em- prendió á ruegos del Obispo de Pamplona, sobrino del Arzobispo y del mismo nombre que él. Esta nueva visión no puede ser más dantesca, puesto que el poeta toma por guía de su viaje al propio Dante, como ya lo habían hecho Micer Francisco Imperial en el Dezyr de las siete virtudes, y Diego de Burgos en el Triunfo del Marqués de Santillana. En compañía del poeta florentino recorre el infierno y el purgatorio, aprovechando la ocasión para poner tra- ducidos en boca de Dante gran copia de versos de la Divina Co- media; y á la entrada de los Campos Elíseos encuentra al Arzobispo, con cuyos loores y subida al Empíreo termina este Panegírico, que en su última parte no deja de tener alguna curiosidad para la historia (i).

( i ) Panegírico compuesto por Diego Guillen de Avila en alabanza de la más cathólica Princesa y mas gloriosa reyna de iodos las rey ñas, la reyna doña Isabel, nuestra señora que santa gloria aya, é á su alteza dirigida. E otra obra compues-

CAPITULO XXIII IO7

Atribuyese también á Diego Guillen, aunque bien pudiera ser de otro Diego de Avila, una Égloga interlocutor ia, graciosa y por gen- til estilo nuevamente trovada, dirigida al Gran Capitán, pero en la cual para nada se habla de su persona (i).

Otra obra poética hay dedicada al mismo invicto caudillo, y en la cual se hace, aunque de paso, alguna conmemoración de sus ha-

tapor el mismo Diego Guillen, en loor del reverendissimo señor don Alo7iso Carri- llo, arzobispo de Toledo, que aya sania gloria.

Hay dos ediciones, entrambas rarísimas, de estos poemas: una de Salaman- ca, 1507, y otra de Valladolid, por Diego Gumiel, 1509, ambas en folio y en letra de tortis.

(1) Véase el argumento de esta rarísima pieza, perteneciente á la escue- la dramática de Juan del Enzina, y omitida, como tantas otras, en el catálogo de Moratín:

«Un pastor llamado Hoiitoya va en busca de un su hijo llamado Tenorio, »con el qual riñendo le envía á guardar el ganado, y él quedando solo, llega »ua aldeano llamado Alonso Benito, el qual, después de haberle saludado se- »gún su pastoril manera, le habla un casamiento para su hijo Tenorio con una »zagala llamada Teresa Turpina, el qual rehusando el tal casamiento, por ra- »zon de no tener quien guarde el ganado, y otras justas razones que allí mues- tra, el dicho Alonso Benito le atrae á que lo haya de hacer. Ansi que del pa- »dre concedido, Alonso Benito fué á llamar á Tenorio, al qual hallando dur- »miendo, habla con él y entre sueños dice cosas de mucha risa. Y visto Alonso ^Benito su sueño tan pesado, le hace un conjuro, al qual despierta, y vienen »entramos adonde está el padre; y allí con gran dificultad de las partes se con- »cierta el casamiento. Luego entra otro pastor, llamado Alonso Gaitero, de »parte de la madre de la novia á decirles que vayan al aldea; al qual envían adelante á aparejar la novia. E ido, dice el padre que está cansado, que no »puede ir allá. Dícele Alonso Benito que qué quiere, y responde, que ven- »gan acá. E Alonso Benito los va á llamar; y quedan el padre y el hijo. El pa- »dre manda al hijo que se vaya á mudar el vestido all'aldea, y desde el cami- no envía un sobrino suyo, llamado Toribnelo, por la llave de un cillero, y »vuelto con la llave, viene el novio cansado: y en llegando, amonéstales el «clérigo; y no hallando ningún impedimento los desposa, y después de des- iposados, viene otro pastor llamado Gonzalo Ramón, de parte del cura á es- torbar el casamiento, con el qual pasan muchas palabras. En fin, vienen á »ser amigos, y salen á luchar, y échanse de las pullas. Después ruegan á tres »de las madrinas que canten un poco, las quales dicen un villancico

En el número 8.° (postumo) de El Criticón de Gallardo, está reimpresa esta égloga, copiada del ejemplar que de ella poseía D. Aureliano Fernán-

Io8 HISTORIA DE LA POESÍA CASTELLANA

zanas. Tal es el libro que lleva el título, á primera vista enigmático, de Las Valencianas Lamentaciones y tratado de la partida del áni- ma. De su autor, que era cordobés, y se llamaba Juan de Narváez, no tenemos más noticias que las que él mismo da en los prelimina- res de su obra: «Desde mi pequeña edad dime á la composición de »los versos, según Juan de Mena hizo. Y como el tiempo cause mu- »danza, apartado de mi patria, Córdoba, vagando por otras algunas »partes, vine a residir en Valencia, en la cual substentándome ense- bando algunas de las artes liberales, después de haber cognoscido »esta ciudad doze años, el Conde de Oliva me envió á llamar, et s>después de me hazer algún offr escimiento, según su magnificencia, » preguntóme de mi doctrina: haziéndose admirado como tantos »años había en Valencia estado sin quél supiesse de mí, et assi de- snotó querer servirse de alguna de mis escripturas, á causa de lo »cual yo le hize un presente de un libro que de la partida del ánima »hobe compuesto, y él recibiéndolo muy alegremente y por treinta »días continuos leyéndolo á muchos cavalleros, en el fin del dicho

dez Guerra ('8 hojas en 4.0, sin foliatura, Alcalá de Henares). Está en octavas de arte mayor, pero que no parecen de la misma mano que las del Panegírico de la Reina Católica, si bien la diferencia puede consistir en el carácter rústico y villanesco del asunto, y en el zafio lenguaje de los interlocutores, que el poeta remeda con el mismo desenfado realista que Rodrigo de Reinosa. El conjuro del pastor es curioso para la historia de las supersticiones:

Yo te conjuro con San Julián, Aquel que pintado está en nuestra hermita, Con todas las voces que dan y la grita Al toro que lidian allá por San Juan; También te conjuro con el rabadán Toribio Hernández y Juan de Morena, Que me digas si andas en pena, O que es el quillotro de todo tu afán.

Mas te conjuro y te reconjuro, Y te torno y retorno á reconjurar, Con agua, con fuego, con viento seguro, Con yerbas, con piedras, con tierra, con mar; Con todos los lobos de en torno el lugar, Con la Marota y sus Maroticos, Con puercos, con perros, con cabras, cabritos; Que digas lo que has, sin más dilatar...

CAPITULO XXIII IO9

^tiempo demostró no querer servirse del. A cuya causa yo cobré »el dicho libro, et como el Conde dexarlo et yo cobrarlo fuese tan ¿grande novedad (que para en tal caso mayor no pudo ser), delibe- s>ré sobre ello hazer un libro de Lamentaciones.»

Dos son, pues, los libros de Juan de Xarváez que han llegado á nosotros: el libro de la Partida del Anima y el de las Lamentacio- nes Valencianas, así llamadas por haber sido compuestas en Valen- cia. Uno y otro son poemas de filosofía moral, en el género del Bías contra fortuna, del Marqués de Santillana, escritos con gran fluidez, naturalidad y soltura, en octavillas de versos cortos. La Partida del Anima está en forma de diálogo entre el A nima y la Razón, y puede considerarse como una exposición popular y senci- lla de los principales temas de la psicología escolástica, insistiendo principalmente en la demostración de la espiritualidad é inmortali- dad del alma racional. La suavidad de la versificación y la tersura del estilo hacen muy apacible la lectura de este tratadillo, que con más substancia filosófica, pertenece todavía á la larga familia de las disputaciones entre el alma y el cuerpo, tan frecuentes en la litera- tura de la Edad Media. Acaba con algunas oraciones para ayudar á bien morir, y una Canción de la Razón á la Partida del Anima (i).

Este simpático y cristiano poeta se muestra con carácter más personal en Las Valencianas Lamentaciones, que son también un diálogo entre el autor dolorido y quejumbroso por la desestimación

(i) El estribillo la da carácter popular. Empieza:

¡A. y de ti, ánima mía! ¿Qué harás cuando viniere Aquel temeroso día, Si Jesu Christo dixere: «Vete de mi compañía?» Vivirás et morirás: La vida para morir; La muerte, para sentir Las penas que sufrirás. Nunca ternas alearía, Ni podrás estar do fuere; Escura será tu vía Si Jesu Christo dixere: «Vete de mi compañi

IIO HISTORIA DE LA POESÍA CASTELLANA

que de su libro había hecho el Conde de Oliva; y la Razón que le conforta, trayéndole á la memoria los infinitos trabajos y sinsabores que cercan y atribulan al hombre en todos los estados de la vida, sin perdonar á los poderosos monarcas, ni á los caudillos invenci- bles, ni á los magnates opulentos, ni á los que están constituidos en los más altos grados de la jerarquía eclesiástica. De este modo la obra se convierte en un largo sermón que en algún modo recuerda el Rimado de Palacio, y que va, como él, entreverado de rasgos de sátira más amarga que festiva, si bien el efecto total de la obra es de resignación y conformidad con los decretos de la Providencia (i).

(i) El manuscrito de Las Valencianas Lamentaciones y de la Partida del Anima, perteneció á la biblioteca del Conde del Águila, y se conserva ahora en la del Cabildo de Sevilla (vulgarmente llamada Colombina). Ha sido mag- níficamente impreso por generosa solicitud de una ilustre señora, en edición de muy corto número de ejemplares:

Las Valencianas Z a mentaciones y el tratado de la Partida del Anima, por Juan de Narváez, con